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sábado, 31 de agosto de 2013

Es una canción para decir adiós

  Bueno, entonces... Si debo hablar a alguien de Sendi Cade, supongo que debo recordar aquellos días lejanos ya, hacia el inicio de mi adolescencia. Fue entonces cuando la conocí. Ella se envolvió firmemente a mi brazo derecho, pasando a formar una parte más de mi vida desde entonces. Sí, creo que este es un buen comienzo.

miércoles, 15 de mayo de 2013

UN AMOR DE PELÍCULA (continuación de Canciones) (III)


Como no quería perderme la reconciliación la seguí. Por el camino me dijo lo que quería decirle como disculpa, con unas palabras de lo más bonitas y emotivas, casi me hizo llorar. Sin embargo, cuando Johnny abrió la puerta, pues había hablado yo por el porterillo para darle una mayor sorpresa, se encontró frente a Celeste y ella empezó a hablar no dejó que dijera más de dos palabras. Johnny tenía los ojos rojos de llorar, la cara llena de lágrimas y se apreciaba en él un aura de tristeza profunda, pero todo eso cambió cuando se encontró frente a ella. En sus ojos volvió a destacar sobre el rojo el verde natural de su iris, verde esperanza, las lágrimas que bañaban sus mejillas apenas se apreciaban ya y su aura taciturna se tornó en un aura de infinita felicidad. No le dejó decir ni dos palabras porque la calló con un beso, cada vez que intentaba decir algo la volvía a besar. Lo que yo decía, como una película. Tras cinco o seis besos que tornaron la desgracia en júbilo Celeste decidió apartarlo y volver a intentar hablar.

- Johnny, entiendo por estos besos que me perdonas, pero aun así mereces una disculpa y te la daré...

- No, no es para nada necesario. El hecho de que hayas vuelto me vale más que de sobra como disculpa, es más, soy yo el que te debe una explicación. Esas chicas venían buscando a mi compañero de piso, no te dije nada de él porque no es una persona que quieras presentarle a tu novia. Es un tío algo promiscuo, que odia el compromiso y que no quiere que sus amigos tengan novia, porque eso fastidiaría su ritmo fiestero. Por eso ellas estaban allí.

- Vaya, me siento como una idiota.

- No tienes por qué, soy yo el que debería haberte dejado claro lo que pasa con mi compañero antes de dejarte entrar a casa. Es un milagro que no hayamos encontrado “situaciones incomodas” al entrar.

- Bueno, pues si me perdonas olvidaremos este episodio de nuestra vida. ¿Me perdonas?

- Por supuesto, ¿cómo iba a denegarte mi perdón? Tú me has devuelto la esperanza en el amor, eres mi “alguien especial”. Por cierto, ¿qué te ha hecho cambiar de opinión?

- Esto-  señaló el colgante, lo tomó en sus dedos y jugueteó con él mientras sonreía-. Elisa me contó lo que le dijiste sobre el colgante, justo cuando me lo dijo vinieron a mi mente imágenes de cómo mirabas el colgante, de cómo lo tratabas. Sentí que algo que primero me pareció un simple detalle, simple pero bueno y simbólico, claro,  se convertía en el mayor gesto que nadie había tenido conmigo, porque tenías que estar muy seguro para darme así tu corazón, y aun  así te tuvo que costar hacerlo.

- No me costó nada. Nunca me he arriesgado ni teniendo un 99% de posibilidades de acertar, por ese posible 1%, pero esta vez tenía un 100% de seguridad, no he estado más seguro de nada en mi vida. Estoy más seguro de que he acertado que de que me llamo Johnn Park.

Y así se consolidó su relación, siguieron saliendo y, tras algo más de un año siendo pareja, aquí estoy, en una iglesia viendo entrar a Celeste con un vestido blanco avanzando lentamente hacia el altar del brazo del hippie de su padre, que por primera vez en su vida se ha puesto traje, y allí esperando esta Johnny, vestido con un precioso traje y una corbata azul, azul celeste. No suena la marcha nupcial. Por deseo de los novios, mientras Celeste avanza por el pasillo, suena el “Canon de Pachelbell”. Me he prometido a mí misma no llorar, pero me está costando. Empieza la ceremonia. Yo estoy sentada tras la novia, pues soy una dama de honor. Las damas de honor estamos mezcladas con los amigos de Johnny, ya que los hombres no tienen “damos” de honor, al menos tiene allí a sus colegas. Llega el momento de los votos y empieza Johnny.

- Celeste, nunca olvidaré el día que nos conocimos. Sin ni siquiera conocerme confiaste en mí y me permitiste abrir mi corazón, ese que ahora es tuyo. Cada gesto, cada palabra que hiciste ese primer día caló en mí y me hizo creer en el amor, en nuestro amor. Y aunque alguna vez has tenido la duda de si te quería, mira alrededor de tu cuello, ya sabes que esa es mi respuesta.

Mi esfuerzo para aguantar las lágrimas es titánico. Es el turno de Celeste y, para mi sorpresa, dice, entre otras cosas, algo que debía haber escuchado antes Johnny. Palabra por palabra, coma por coma, igual que cuando me lo dijo a mí en su día, Celeste pronunció su disculpa a Johnny por su falta de confianza en él.

- John, sé que en su momento no quisiste oír esto. No te importaba lo que dijera, mi simple presencia en tu puerta te convenció de mi arrepentimiento, pero esto que te voy a decir es mi disculpa, la que pensé en el momento. No es la que querías, es la que te mereces: “siento haber dudado de ti, sé que por esto no debería ser perdonada. Dudé de ti aun habiéndome abierto de par en par las puertas de tu corazón, y no sólo me abriste las puertas, me diste la llave y el corazón completo. Por eso te digo que si de algo en esta vida me arrepiento es de no confiar en el hombre que me devolvió la sonrisa y que me hizo sentir especial, tú.”

Las lágrimas ganan la batalla, todos mis esfuerzos tirados por tierra. Lloro de emoción, como viendo el final de una típica comedia romántica. No tengo nada con qué secarme, pero a mi izquierda aparece un pañuelo en una mano, tras ese pañuelo, un amigo de Johnny que me sonríe y que también tiene cierto rastro de alguna lagrima fugaz. “Toma, has aguantado bien, pero hay que admitir que con eso que han dicho no hay quien no se le escape una lagrimilla”. Se lo agradezco y el resto de la ceremonia lo pasamos comentándola. Creo que es un buen chaval. Algo me empuja a pensar en nosotros en la misma situación que Johnny y Celeste, es algo fugaz pero ahí está. Me sonrojo pero él no se da cuenta, menos mal. ¿Será esto el inicio de una secuela de la película que tanto había disfrutado viendo y actuado de secundaria, siendo en esta secuela la protagonista?

UN AMOR DE PELÍCULA (continuación de Canciones) (II)


Pasaron un par de días y volvieron a quedar. Yo esperaba que no lo trajera a casa, para no ser descubierta. Tuve suerte, ese día fueron a casa de Johnny, pero él la trajo a casa y se despidieron en la puerta. Yo lo vi todo desde la ventana, así que esta vez puede ver el beso. Parecía que estaba viendo una película romántica. Fue así: él bajó del coche, le abrió la puerta a ella y la acompañó hasta la puerta. Tras un rato charlando un momento de silencio y una mirada entre ambos, Celeste se gira para entrar pero Johnny la coge por el brazo, la gira y la besa. Después los dos sonríen y Celeste entra. Puedo ver cómo Johnny se gira para verla entrar a nuestro edificio, sonríe y vuelve al coche. Poco rato después veo entrar a Celeste, que cierra la puerta a su espalda y se queda apoyada sobre ella un rato, sonriendo y algo sonrojada. Realmente parecían dos adolescentes enamorados.

Pasaron más días, ya salían oficialmente juntos, alguna vez vinieron a casa y la primera vez Johnny dijo que le sonaba y yo me hice un poco la loca, argumentando que fue una gran casualidad y que no me acordaba bien. No sé si coló para Johnny, pero para Celeste sí, así que con eso me valía.

Pasaban ya un par de meses desde que se conocieron cuando sucedió algo que temía y algo que deseaba, ambas cosas al mismo tiempo, pero separadas. Llegó casi llorando y muy enfadada. Se tiró de cara al sofá y abrazada a un cojín empezó a llorar. Preocupada, le pregunté qué había pasado. Ella me contó que Johnny había quedado con ella el día de antes y que habían estado juntos durmiendo en su casa, después ella se había ido a trabajar pero en el camino vio a un par de chicas dirigirse a su casa y, al volver, vio salir a esas mismas chicas. Celeste pensaba que esas chicas habían estado con él, porque había escuchado su voz por el porterillo, pero se añadía algo a la ecuación, lo celosísima que era Celeste. Entró a casa de Johnny hecha una furia, le gritó y no le dejó explicarse, tras esto corrió a casa.

Al poco de esto sonó el timbre y fui a abrir. Era Johnny. Se podía ver el nerviosismo y el miedo en su cara. Quiso hablar con ella, pero celeste corrió a su cuarto y se encerró. No quería saber nada de él. A pesar de que ella era mi amiga, también me había hecho amiga de él y sabía por cómo hablaba de Celeste mientras él la esperaba en el salón y hablábamos un poco que era incapaz de hacerle eso.
Seguimos hablando un rato, él seguía muy preocupado, y reparé en algo. El colgante no estaba en el cuello de Johnny. No dije nada.  Le convencí para que se fuera y así intentar tranquilizar a Celeste. De paso quería comprobar algo. Él se fue y yo intenté hablar con la sollozante celosa.

Llamé a la puerta y entré a la habitación. Celeste estaba bocabajo en la cama, llorando como una niña. Trate de tranquilizarla un poco hablando lo más cuidadosamente que pude sobre el tema.

- Celeste, ¿quieres hablar sobre el tema?

- No...

- ¿Por qué?

- Porque ahora sólo quiero llorar. No paro de equivocarme.

- A ver, diré esto con todo el tacto que pueda, ¿estás totalmente segura de que fue como tú crees?

- ¿Me estás llamando mentirosa?

- Sólo digo que ambos sabemos lo celosa que puedes llegar a ser. Además, Johnny no es como tus ex, ya lo hemos hablado, siempre decías que era diferente a los demás.

- Pero también me puedo equivocar, sabes que me pasa muy a menudo, sobre todo en estos asuntos.

- Vale, pues no hagas caso de ti misma, hazme caso a mí. Te advertí en todas las ocasiones anteriores que esos chicos te harían daño y no me hiciste caso, hazme caso esta vez, porque es la vez que más segura he estado de decir lo que digo.

- No sé, Elisa. Sabes que confío en ti tanto como si fueras mi hermana, pero ahora preferiría dejar el tema, ya hemos hablado mucho, y lo que de veras necesito es un abrazo.

- Pues levanta la cabeza de la almohada y ve a mis brazos.
Nos abrazamos y algo se me clavó en el pecho. Al retirarse lo vi: el colgante de Johnny ahora colgaba del cuello de Celeste. Sé que no quería hablar del tema pero desde que Johnny me dijo en qué condiciones le regalaría el colgante a alguien no pude contenerme. Se lo señalé, sonriendo.

- Anda, ¿y esto?

- Ah...- estaba taciturna, pero algo en el fondo de ella sacó en sus labios una leve sonrisa. Ojos de pena, sonrisa melancólica.- me lo dio Johnny ayer.

- ¿Te dijo por qué?

- Porque gracias a él nos conocimos y quería que lo tuviera yo.

- ¿Nada más?

- No.

- Celeste, esto que te voy a decir te aseguro que fue lo que me hizo creer en  que Johnny era perfecto para ti. ¿Recuerdas ese día que te dije que me habían llamado del trabajo? Pues ese día cogí un taxi y resultó ser el suyo, así que decidí interrogarle anónimamente sobre ti, lo más discretamente que pude. He de decir que no sospechó nada. Tras preguntarle algo sobre ti y decirme lo maravillosa que eras le pregunté por el colgante, para ver si me contaba lo mismo que a ti y no se lo había inventado sólo para impresionarte o darte lástima. A grandes rasgos me contó lo mismo que a ti pero hay algo que no te contó. Me dijo que se había prometido a sí mismo que si encontraba alguien por quien de verdad sintiera amor, la chica que le hiciera sentir bien tal y como es y por la que se olvidara del resto de mujeres del mundo, se lo regalaría sin pensar, como muestra de que su corazón es enteramente suyo. Y créeme, sus ojos se llenaron de veracidad e ilusión al decirlo, le salía del alma, del corazón. Ese corazón que tú ahora llevas colgado. Así que, dime, ¿qué harás? ¿Seguirás enfadada con él y le devolverás su corazón, para que se rompa de nuevo y nunca más confíe en el amor? ¿O, por el contrario, irás a su casa y cuando abra la puerta le darás una disculpa sincera que le haga olvidar tu numerito y que os haga lo que deberíais ser, la mejor pareja que jamás veré?

- ¿De verdad dijo eso?

- ¿Cuándo te he mentido yo con estos temas?

Se secó las lágrimas, dibujó una enorme sonrisa, se arregló un poco el pelo, porque lo tenía enmarañado de tanto estar llorando en la cama, y puso camino a casa de Johnny. 

lunes, 13 de mayo de 2013

UN AMOR DE PELÍCULA (continuación de Canciones) (I)


Eran las 3 de la mañana. Me levanté a beber un poco de agua y me encontré a Celeste, mi compañera de piso entrando a casa sonriendo como una colegiala, colorada y con los ojos llenos de  alegría. Lo normal sería preguntar el porqué de su júbilo, pero, como ya he dicho, eran las tres de la mañana. Lo máximo que conseguí decir fue “mañana me cuentas”, bebí mi vaso de agua y me volví a tirar a la cama, como si fuera un tronco recién talado. Tras unas cuantas horas de sueño, Celeste me despertó. Intenté hacerle caso omiso, pero insistía. Sólo eran las diez de la mañana pero Celeste se moría por hablar del motivo de su sonrisa.

Me levanté como pude y me arrastré hasta la cafetera, sin el café de la mañana no soy persona. Una vez despierta y consciente de mí misma, fuimos al salón y nos sentamos una frente a la otra y Celeste comenzó a relatarme su cita con el taxista. Ya me había contado cómo se conocieron  y la verdad es que ya entonces se veía que estaba ilusionada, aunque ella siempre es muy efusiva. Me contó de lo que hablaron, qué comieron y el cómo le hacía sentir con cada gesto y con sus historias. Realmente estaba más eufórica que nunca, desprendía alegría, te contagiaba de su dicha. Luego me contó cuando vinieron a casa. Cómo no, yo estaba en un profundo sueño y no noté nada de nada. Me contó que estuvieron hasta casi las tres en el salón, escuchando música, tomando una copita y hablando un rato más, tras esto me dijo que se despidieron en lo alto de la escalera con un besito en la mejilla, pero cuando lo vio al final de las escaleras algo le dijo que lo detuviera, así que le dijo algo y bajó a despedirse de él con un gran beso, el más sincero que había dado, según ella. Me dijo que cuando subió sentía que estaba muy sonrojada, que una enorme sonrisa se había dibujado en su boca y que algo en su corazón había hecho un click. Ese click que se siente junto con las mariposas en el estómago.

Celeste era como una niña en estos aspectos. Esperaba que no pasara lo mismo que con su ex. Quería conocer al chaval antes de que ella se volviera a estrellar, así que decidí hacer un tour en taxi por el pueblo. Pro de este plan: él no me conocía porque yo estaba durmiendo. Contras de este plan: primero, como estaba durmiendo yo tampoco le vi a él, y segundo, tenía pocas posibilidades de coger su taxi a la primera, así que era muy posible que me gastara mucho dinero sólo para conocerle pero, al fin y al cabo, ¿para qué si no están los amigos?

Pedí un taxi a la puerta de mi casa. Tenía un nombre, Johnny. Dudaba que hubiera muchos en la compañía que se llamaran así. Además disponía de otro detalle, el colgante de delfín.

Cuando llegó el taxi miré la licencia que estaba en el salpicadero. El taxista se llamaba Manuel, así que no era mi objetivo. Ni corta ni perezosa fui de frente y le pregunté al taxista por Johnny. Me dijo que era amigo suyo así que le pedí que le llamara por radio para que me recogiera, pero le dije que intentara ser discreto, como si yo no estuviera allí y fuera alguna clienta ajena. Pagué la carrera y me dejó en un sitio en el que ni tardaría mucho en recogerme ni sospecharía por haberle visto por la zona. Dos minutos más tarde estaba en el taxi de Johnny.
Era un chico alto y con los ojos claros, sin mucho vello y con el pelo castaño, realmente se notaba su ascendencia británica. A diferencia del viaje con Celeste, Johnny estaba feliz y hasta estaba silbando. Le dije la calle más lejana que conocía y comencé mi interrogatorio.

- Te llamas Johnny, ¿no?

- Sí, mis padres eran ingleses.

- Se nota, tienes muchos rasgos británicos. Yo soy Elisa, encantada.

- Lo mismo digo, Elisa.

- Por cierto, si no es mucho preguntar, ¿por qué estás tan contento?

- Ayer tuve una buena noche.

- Vaya, ¿y eso? ¿Alguna chica?

- Sí. Se llama Celeste y la conocí aquí, en el trabajo. Es un encanto.

- Pareces muy ilusionado.

- Me ha devuelto la alegría y me ha hecho creer de nuevo en el amor.

- Pues suerte, pareces simpático. Trátala bien y seguro que no tienes problemas.

- Eso haré, aunque la conocí ayer haría lo que fuera por mantenerla a mi lado. Sacó lo mejor de mí y sólo estuvimos hablando un par de horas.

- Pues ya sabes, a las mujeres nos gusta que nos traten como princesas.

- Ella no merece menos.

Me caía bien. Se notaba que era un buen chaval. Era mil veces mejor que el ex de Celeste. Su apariencia llamaba la atención, quizá por su “britanismo”. Además, su voz daba confianza. Me alegraba mucho por Celeste, por fin parecía haber refinado su gusto por los hombres. Estuvimos un rato en silencio y reparé en el colgante, así que quise preguntarle, para ver qué me decía sobre él.

- Bonito colgante. ¿Te lo regaló tu novia, ya sabes, esa chica que conociste ayer?

- No, aparte de que no es mi novia aún, espero que sí lo sea en breve, este colgante lo tengo desde hace tiempo. Tiene un gran significado para mí, y más ahora que, gracias a él, conocí a Celeste.

- ¿Sería mucho preguntar ese significado?

- No, te haré un resumen, tras ciertos eventos este colgante se convirtió en una bonita metáfora de mi corazón y por ello lo llevo. - Esto ya lo sabía, pero quería ver que era real esa historia, que delante de una extraña contaría lo mismo y eso significaba que no era inventado, aparte de que se le notaba en la cara al decirlo.- Además, - continuó- me prometí a mí mismo que si encontraba alguien por quien de verdad sintiera amor, la chica que me hiciera sentir bien tal y como soy y por la que me olvidaría del resto de mujeres del mundo, se lo regalaría sin pensar, como muestra de que mi corazón es enteramente suyo.

- Vaya, ¿y si te equivocaras?

- No me precipitaría, intentaría estar totalmente seguro de que ella es la chica. Además, eso se sabe, suele ser un cúmulo de pequeños detalles que te van haciendo quererla más y más hasta que uno de esos pequeños detalles desencadena en ti una exacerbación de todos esos detalles y eso te confirma que es ella y no otra.

- Pareces muy seguro, y dime, ¿crees que esa chica será la afortunada?

- Aún es pronto para saberlo, ya te he dicho que no me gusta precipitarme.

- Bueno, espero que algún día encuentres a esa chica, sea o no esa tal Celeste.

- Gracias, por cierto, ya hemos llegado a tu destino.

Me bajé del taxi y dibujé una sonrisa en mi rostro. Esperaba ver a Celeste algún día con ese colgante. Johnny era perfecto para ella, y viceversa. Estuve todo el camino a casa pensando sobre el asunto y seguía feliz, feliz por mi amiga. Aunque también tuve que pensar una excusa para la hora que había estado fuera, pero eso fue sencillo, me inventé una llamada del trabajo que resultó ser algo sin importancia. Celeste se lo creyó y no hubo pregunta alguna. Ella seguía en su nube y era ajena al resto del mundo.


martes, 2 de abril de 2013

Canciones (II)


Mis manos tiemblan, me siento extraño, hacía mucho tiempo que no me sentía nervioso por hablar con una mujer, no sé qué decir cuando Celeste coge el teléfono, sólo balbuceo hasta que ella pronuncia mi nombre:
- ¿Johnny? ¿Eres tú?

- Sí,- me digno a decir- soy yo. -escucho una pequeña risa.

- ¿Por qué no hablabas?

- La verdad, no se me da muy bien hablar con mujeres…

- Pues lo estás haciendo ahora mismo, y entiendo lo que dices, creo que tan mal no se te da.- noto cómo intenta quitarle hierro al asunto, me parece un bonito gesto.

- Bueno, a ver, la historia de mi colgante viene de…

- ¡Espera, espera!- me interrumpe, gritando- Esto es muy impersonal, mejor quedamos y hablamos cara a cara y dar un paseo, será más divertido.

- Vale, me parece algo repentino, pero honestamente, me parece necesario darte una explicación después de comportarme así contigo.

- Tampoco has sido tan borde.

- Da igual, es que no puedo parar de pensar en que por un mal día te habrás llevado una mala opinión de mí. Por eso te quiero invitar a cenar.

- Te digo que por mi parte no hay ningún problema con tu actitud y no veo necesario que me invites, pero si te hace sentir mejor, adelante.

Quedamos en un lugar a una hora, pero yo me presento allí antes, no me gusta llegar tarde, pero no me importa esperar. Es cuestión de tiempo que Celeste aparezca y, tras algunas idas y vueltas a lo largo de la plaza mientras espero, aparece por la esquina hacia la que estoy mirando.  Nos saludamos y le pido que me siga. Hablamos un poco mientras ella está caminando tras de mí, pero de nada importante, aunque estaba impaciente quería esperar a estar en el restaurante para escuchar mis secretos. Yo siempre huía de esas pequeñas conversaciones sobre mi vida, para mí los recuerdos eran como una feria antigua y olvidada, una feria de óxido.  En cambio, Celeste es del tipo de mujer a la que no te importa contarle tu vida, emanaba simpatía, era capaz de cualquier cosa con tal de verte reír, y lo mejor es que lo conseguía. Me inspira confianza.

Llegamos al restaurante, pido la mesa que reservé, le aparto la silla a Celeste para que se siente y yo hago lo propio. El camarero nos da la carta y se retira. Celeste parece de lo más contenta de estar cenando allí, algo en su mirada decía que se esperaba algo menos formal. No es que sea un restaurante pijo, pero tampoco es un antro.  

Ella me sonríe tras la carta y me comunica lo que quiere tomar, no es nada del otro mundo pero sus ojos me dicen que eso es lo que más quiere en ese momento.  Yo pido carne de cerdo y habas. Una vez pedido todo, Celeste se deja de rodeos y va al grano.

- ¿Por dónde quieres que empiece?

- Por el principio, no estaría mal.

- Vale, en el principio todo ser vivo estaba en el agua hasta que uno salió y poco a poco fue evolucionando…

- Me refería al principio de tu historia, no de la historia en general.- Ambos reímos.

- Bueno, todo empezó en un viaje que hice de pequeño y en el que compré este colgante. Sólo lo compré porque me pareció llamativo, pero poco a poco fue cobrando un gran sentido para mí. Retén esto en tu mente porque te lo explicaré después.

Yo estaba enamorado de una chica, que era a la vez mi mejor amiga y mi primer amor. Esto duró años y, cuando reuní el valor suficiente, me declaré a ella, pero me contestó con evasivas, yo insistí, a la tercera o cuarta proposición ya me dio una respuesta definitiva, un no. La verdad es que me lo esperaba, no es que estuviera alegre y contento con la respuesta, pero sí estaba resignado, al fin y al cabo no podía hacer nada. Aun así seguimos siendo amigos y le tengo mucho cariño, además el año siguiente a esto fue el primer año que estábamos en clases separadas y algo dentro de mí me dice que sólo quería que nunca se alejara de mí porque era una gran amiga, otra parte de mí me dice que no es así, que lo primero es algo que me conté a mí mismo para no sentirme mal por el rechazo. Sea como sea lo importante es que saqué una gran amistad de ahí, el pasado ya es historia y no creo que me deba preocupar de él, así pues continuaré por donde iba. Ese mismo día, el día del rechazo, al volver a casa abrí la puerta de mi cuarto para entrar y algo que había en mi corcho se calló y se rompió: el colgante.  No le di mayor importancia, lo pegué y lo puse de nuevo en el corcho de mi habitación. No me lo ponía porque ya no me parecía tan guay como cuando lo compré. Pasaron los años y sobrevinieron un par de desengaños amorosos más. El segundo no fue tan grande como el primero y el tercero, fue más bien un capricho tonto llevado a un extremo del que yo mismo salí sin necesidad de ayuda. Tras esto, otra vez se rompió el delfín, pero esta vez fue de menos magnitud la rotura. Igual que  la primera vez, lo arreglé y lo dejé de nuevo en el olvido.

Llegando al tercero he de decir que este fue el de mayor repercusión en mí mismo. Tardé casi dos años en darme cuenta de que este tercer enamoramiento no llegaría a buen puerto por ningún lado, pero fue una revelación paulatina. De este también me di cuenta casi por mí mismo, aunque con ayuda indirecta de otras personas, dejémoslo ahí. Tras este desengaño otra vez que se rompió el colgante y lo pegué, mas esta vez no quedó en el olvido.  Tres roturas en el colgante, tres roturas en mi corazón. Mientras pegaba las partes rotas me percaté de esa coincidencia entre las roturas y pensé: “si cada vez que se rompe este colgante lo pego y, aunque algo más ajado y fisurado, sigue luciendo igual (o casi) ¿por qué no hacer lo mismo con mi corazón?”. En este momento, coincidiendo con las vacaciones de verano tras 4º de la E.S.O., tomé una decisión, decidí dejar de buscar a una chica y adecuarme a ella, aunque tuviéramos cosas en común, y me prometí que ni dejaría que el amor me nublara el pensamiento ni iría tras una chica que apenas conocía. Cambié mucho esas vacaciones, en muchos aspectos, tanto para bien como para mal.  Y así a grandes rasgos termina mi historia, quizás me ha quedado muy larga pero al menos está aquí la explicación que te debía.

Celeste escucha mi parrafada atenta y puedo ver su curiosidad floreciendo con cada palabra que digo.  Al terminar, me mira fijamente a los  ojos, sonriendo, me coge la mano y me dice:

- Johnny, tu historia me ha conmovido, nunca pensé que alguien que parece tan reservado y serio hubiera vivido algo así. Si te hace sentir mejor te diré que, al menos por lo que he visto hasta ahora de ti y por lo que me has contado, has salido ganando con ese cambio de personalidad. Además, sobrevivir no a uno, sino a tres desengaños amorosos me parece más que digno de alabanza.

- Tampoco es para tanto, seguro que tú también has pasado algún mal trago en el amor. Cuenta que tú no eres la única curiosa.

- Pues sólo uno, el único, espero. Fue hace poco, ya sabes, por el cual cogí tu taxi, para huir de allí. Al principio de la relación todo era muy bonito y muy dulce como una nana o una fotografía en una góndola veneciana al atardecer. Después, me propuso vivir juntos y acepté. A la semana de convivencia se empezó a dejar por completo y ya no era ni la sombra del hombre que me enamoró al instante mismo en el que nuestras miradas se cruzaron. En estos días ya sólo se dignaba a dirigirme la palabra para decirme desde el sofá “hey guapa, pásame una cerveza ya que estás de pie”. Así pues, hice las maletas, me despedí de él, cogí la puerta pero no literalmente y me fui de allí.

- Dime, tras vivir eso, ¿qué has aprendido? ¿Vas a seguir buscando a ese alguien especial o vas a dejar de lado eso un tiempo?

- Quién sabe, a ver, no digo que lo vaya a buscar en cada rincón del mundo pero, si aparece alguien que merezca la pena no opondré resistencia a conocerlo.

Dicho esto, terminamos nuestros platos, que había traído el camarero mientras hablábamos, y pedimos un postre. Los dos, al mismo tiempo, sin haberlo hablado ni nada, decimos lo mismo al verlo en la carta “una mousse de chocolate, por favor”, nos miramos y nos reímos.

Cuando nos traen el postre lo devoramos como dos niños que adornan el chocolate. Un silencioso momento sobreviene mientras comemos nuestro postre y, al terminarlo, nos miramos. Ambos estamos algo manchados de chocolate, en la comisura de los labios, pero ella además en la nariz y yo también en la barbilla, nos reímos. Definitivamente somos desastrosos, pero no nos importa, quizá parezca una locura desde fuera, pero es nuestra locura.

Pago la cuenta y nos vamos del restaurante. Continuamos teniendo pequeñas conversaciones, para conocernos un poco más. Celeste escucha siempre con atención todo lo que digo, me mira y sonríe, cuando habla lo hace con un énfasis especial que, junto con su dulcísima voz, me hacen olvidar mis problemas, es un encanto de mujer. Es una chica alta, rubia, con el pelo liso y va casi sin maquillar. Viste unos vaqueros, una camisa a juego y, asomando un poco más debajo de su clavícula, un curioso colgante circular: un mantra que le regalaron los hippies de sus padres. Tiene los ojos verdes azulados, una tez clara, una naricilla muy mona, unos labios carnosos y rojos como las manzanas y, sobre todo lo demás en lo que más me fijé, una sonrisa preciosa.

Parecía mentira que sólo la conociera desde hacía unas doce horas. Si ayer me hubieran dicho que conocería a una chica así mi primer día de trabajo le hubiera dicho que quiero saber qué se fuma para imaginar algo así. Sin embargo ahora me resisto a pensar qué hubiera pasado si a mi coche no le hubieran fallado las ruedas y hubiera tenido que hacer otros viajes en lugar del de Celeste. En momentos como estos  me planteo si es verdad eso que se dice de que todo está decidido, como si la vida fuera un plan maestro que dirigiera nuestro sino. Tengo ya el cerebro cocido de tanto pensar en esto así que decido dejarlo y simplemente disfrutar de la compañía de Celeste.

Tras más de dos horas paseando y charlando, acabamos conociéndonos muy bien, Celeste quiere ir ya a casa. Le ofrezco acompañarla y ella acepta. En el camino entre charla y charla puedo apreciar el sonido del silencio, de su silencio. El instante en el que nos callamos momentáneamente puedo oír cómo ríe entre dientes justo antes de volver a abordarme con otro tema, luciendo una sonrisa y clavando sus dulces ojos en los míos. Llegamos a su casa. Según me dice es donde vivía con una amiga antes de lo de su ya exnovio. Es un piso en una urbanización muy grande, el 2º D del 2º bloque de pisos.
Justo en la puerta, cuando me voy a despedir, Celeste me invita a subir para que escuche un disco del que habíamos hablado antes. Sé que es tarde y que al día siguiente he de trabajar, pero subo sin pensarlo. El piso es pequeño, sólo tiene lo esencial, así que me lo enseña un poco y vamos al salón. Allí ponemos el disco a un volumen moderado, ya que su amiga estaba durmiendo.

Como era de esperar, entre unas cosas y otras, ya son casi las tres de la mañana y seguimos allí escuchando el disco y hablando un poco más, la había conocido esa tarde y ya casi lo sabíamos todo el uno del otro. Le digo que me tengo que ir pero ella insiste en que escuchemos de nuevo la última canción. Acepto. En realidad es lo que más deseo en ese momento. La canción acaba y nos miramos, hay que decir adiós.
Me acompaña hasta la escalera y allí se despide de mí, no sin antes asegurarme que nos volveríamos a ver, eso esperaba, tenía toda mi esperanza en ello. Me da un beso en la mejilla, me dice “hasta pronto”, me guiña un ojo y bajo por la escalera. Cuando llego al final me giro y allí continua Celeste, con la luz a su espalda me parece un espejismo y los peldaños me parecen una escalera hacia el paraíso, sonrío e intento retomar mi camino, pero su voz me llama y hace que lo pare (mi camino). Escucho sus pasos escalera abajo y me giro de nuevo hacia ella que está ya justo detrás de mí y me sorprende con un beso, pero no tan casto como el de antes. Todo a nuestro alrededor se para, escucho a tres pequeños pájaros cantar en mi cabeza, en algún lugar ahí fuera el tiempo se detiene para contemplarnos, todo es como un sueño.

Cuando este sueño termina, el mundo vuelve a girar, pero los pajarillos siguen cantando para mí. Lo último que veo antes de emprender definitivamente mi camino a casa son los ojos de Celeste clavarse en los míos rebosantes de ternura, su sonrisa inocente y su clara tez sonrojándose poco a poco tras retirarse de mis brazos. En ese momento aprendo a volar, aprendo a soñar, aprendo de nuevo a amar.

jueves, 14 de febrero de 2013

Reflexiones de febrero



Ya está aquí el 14 de febrero, el día de San Valentín. Ese día que la gente juzga como extremadamente comercial, al igual que se piensa de la Navidad. No les quito la razón. En parte pienso lo mismo, pero no todo en ese día es simplemente consumismo puro y duro, o en el caso de la Navidad varios días. En un mundo cansado, huraño e individualista incluso hasta en las relaciones familiares y amorosas no viene mal un día en el que demostrar que tu pareja o tu familia, si la tienes, realmente te importa. Puede que se aprovechen de esas fechas para vender más, pero la gente no se queda con el hijo que se pide unos días y vuelve a casa desde su trabajo en Sidney o la pareja que por algún motivo no puede pasar mucho tiempo juntos y aprovechan este día como excusa para poder estar juntos y disfrutar el uno del otro.  Puede que al día siguiente no puedan ni pasar cinco minutos juntos, pero nadie podrá quitarles ese día. O el joven que prepara durante meses una velada inolvidable para su pareja. Eso es con lo que me quedo yo de estos días, el consumismo es secundario, no se debería hablar tanto de él, sino que se debería pasar de él, no hacerle caso a tanto anuncio succiona-cerebros. Es un día en el que el protagonista debería ser el amor por otra persona, no por el regalo que recibes, que parece ser lo que sucede. Mejor dejemos este asunto, no tiene tanta importancia como para seguir dándole protagonismo aquí, el protagonista es el amor y punto. Volvamos pues al meollo, el día de los enamorados.

También, aunque no tengas pareja, este día te marca. Te hace plantear muchas cosas, sobre ti, sobre tu entorno. Si ya estás enamorado, te hace reflexionar sobre cómo poder dar el paso, dejar atrás todo miedo y lanzarte a la piscina, haya o no haya agua. Admiro a esa gente, yo soy incapaz. Aunque me digan que es seguro que hay agua, aunque el trampolín sea bajo, no me tiraría, mi miedo es mayor que yo en ese asunto. Sé que lo soy, pero no puedo poner remedio a ello, sólo saltaría si me empujaran,  e incluso mientras caigo y veo el agua, dudaría de caer a salvo. Algunos me llaman precavido,pero esos son los menos, todos los demás me califican con una palabra que empieza por "g-" y acaba por "-ollas", sé que no es un reto mental completar la palabra. Pero mi cobardía extrema no es el objeto de mi escrito, sólo es un condicionante. Con la llegada de este día me he planteado muchas cosas. Puede que en todas ellas me equivoque, pero de momento son lo único que tengo.

En los últimos días he llegado a la conclusión de que estar enamorado puede ser bueno, pero es tóxico. Hace que no duermas, que no te centres, que descuides tus obligaciones y que te pases el día soñando despierto pero, con suerte, el resultado puede ser muy positivo. También puede ser negativo, pero mejor no deprimirnos e imaginar que esa opción no existe, ya que si piensas en esto nunca darás el paso, hablo desde la experiencia. Sueñas despierto, todo el día, mientras lees, mientras intentas estudiar. Sueñas con esa chica, con poder abrazarla, con poder pasear junto a ella, hablar hasta altas horas de la noche, mirar sus dulces ojos y no cansarte nunca de mirarlos, hacer desaparecer todo mientras estás con ella y que todo el mundo se pare para ambos, discutir agradablemente sobre algo, que te diga cualquier cosa y, tras callarla con un beso, lo repita sólo para que la vuelvas a callar de igual forma, sueñas muchas cosas.

 Puede que este asunto en otro momento no tenga tanta repercusión en mí, pero llevaba muchas horas de desvelo pensando sobre esto y creo que escribir esto es la única manera que tengo de sosegarme, al menos un tiempo, hasta que este fantasma vuelva a mí para despertarme y hacerme descuidar todo lo que debo hacer. Es más, este escrito tiene como misión librarme de estos problemas y no sé si alguien llegará a leerlo alguna vez, aún lo estoy decidiendo. Si alguien está leyendo esto, le pido disculpas  por soltarle este rollo sobre mi vida y mis sentimientos. En fin, al menos tras escribir esto podré volver a ser eso que habitúo ser, aunque tanto eso que  se ve como esto que reflejo en mi escrito y que suelo ocultar son sendas caras de una moneda, la moneda de mi vida.


miércoles, 6 de febrero de 2013

Eterno ciclo de cambio


Continúa el cruce de acusaciones entre  los dos grandes, o más bien, únicos poderes políticos de España. Mientras uno vive por encima de sus posibilidades, sin rubor culpa al otro de ser más descarado y crapuloso. En la democracia del capital los votantes no eligen, no gobiernan; delegan en una candidatura que ha avanzado  con favores de las altas esferas. Convencen gracias a los fondos que estos les entregan.  No es creíble llamarlo triunfo del pueblo, cuando quien dispone y juega con sus propias reglas es la corporatocracia.

Tal como el filósofo que aún divaga en la caverna, el español se encuentra cautivo en un vendaval de autocomplacencia. La luz real  está ahí fuera, a pocos metros, mas él sigue embobado y orgulloso de lo que cree ser el absoluto entendimiento. Fe más grande no ha acontecido que la del demócrata pasivo, que desayuna con noticias que no entiende, repite aquello que ha oído y sufre de una pereza tan terminal que podría personificarse y cobrar vida en cualquier momento. Se satisface con una democracia correctamente impresa, pero nunca realizada, etiquetada como borrador y de fácil tachado y corrección para dos fuerzas mismamente opuestas sobre el papel, que sin embargo colaboran para evitar sobresaltos y que el resultado sea siempre el apetecido. Isoladas las otras representaciones, tan desconocidas para la mayoría como el programa electoral de cualquier partido político, la única vía para los insatisfechos sería exigir un auténtico gobierno del pueblo. Estos “indignados”, como bautizan de forma completamente neutral, imparcial, y absolutamente no subordinada a los que nunca pueden nombrarse como medios de propaganda de las dos fuerzas, están abocados al fracaso. No es necesario tomar mi palabra; la indiferencia, así como el bozal que recayó sobre esta revolución suprimió el poco margen de maniobra además del escaso poder de la población en su propio régimen, antes de que presentara ocasión de realizar cosa alguna. Con razón, como diría el sin duda alguna magnánimo monarca español, no es una “política grande”; sucede fuera del Congreso, y no hay que tenerla en cuenta. Habrá que echar un vistazo a la RAE y preguntar cuando le dieron un giro completo a la definición. Demos ya no significa pueblo. Verdaderamente, las lenguas clásicas han comenzado ya a descomponerse.

Se vitupera a sí misma con tópicos regoldados por imbéciles gregarios sin gracia. Si bastara con palabras, estos ya habrían enmendado con su eufonía rimbombante todo problema habido. No les recomiende operar, pues se necesita poseer fragmentos de vida para alzarse de tal manera. Todos, junto a las individualidades y el arresto que una vez rigió en nosotros, han desaparecido en la admisión del orden, que hosco, ha apartado lo verdaderamente importante. Uno de los mayores placeres de la vida es la libertad, o era, pues sofocada y desaparecida quedó contenida sólo en discursos fastidiosos para el orden y desconcertantes para nuestros oídos. Los corazones impresionables que una vez se conmovieron con ella, ahora refutan a quien les señala prisioneros sin siquiera pensar en culpar a su propia nulidad, mientras permanecen estoicos o muestran inquina a quien se ha precipitado a esta imprudencia. Es un camino, tal como el del conocimiento, lleno de pesar y dolor, quizás quimérico o al menos, impasible al esfuerzo trágico de quien persigue la autodeterminación.

Propugnadores de la sumisión, adalides de la neutralidad. Perduran las inmoralidades que acosan al hombre en su propia especie. Colaboran felizmente con ellos y aplican censura. Los medios no difunden nada que recuerde a la realidad sin que el contenido sea previamente suavizado. No vale con excusarse en lo de siempre. No todos pueden estar corruptos y obedecer a los gobiernos. No, majos, responden a las exigencias del público, de aquellos que huyen despavoridos de la verdad, demasiado hundidos en su propia burbuja. Llevan demasiado tiempo mintiéndose, opacos, ignorando la ringlera de regímenes que les impide evocar lo lejos que se encuentran de aquello que deberían ser. Son, en fin, tan responsables dichos semovientes como los cabecillas políticos y los explotadores corporativos del sufrimiento y el tormento que han de soportar.

 Para hallar el auténtico camino, uno debe buscar su guía en medio de la incertidumbre. Se agoto el sentido de un orden que consume vidas y valores. Lleva demasiado tiempo empleando las mismas excusas,  y ahora que el conocimiento, aún camuflado, es realmente accesible para todo aquel que lo desee, no hay perdón para quien ve suceder las injusticias una detrás de otra y sonríe bobaliconamente mientras sus posaderas permanezcan a salvo.
El español es menos libre que el animal que tiene que trabajar. Ni siquiera lo hace por el progreso, o por una causa idealista. Demonios, ni su propia felicidad sale beneficiada del intercambio. Es robado, asaltado y humillado con alevosía. Y pese a todo, consentirá mientras le sea posible permanecer en la normalidad y la mediocridad. De hecho, el españolito, a decir verdad, no tiene nada de diferente a gran parte de la población. Quizás ese es el problema.

Contamos las horas que pasan y celebramos que nos reste menos para morir. El ser humano es patético. No creo que haga falta que llegue alguien como yo para decir que el ser humano no TIENE que trabajar, que ese no es nuestro estado natural (es que yo soy un andaluz, un vago, una de las caracterizaciones agrupadoras creadas para todo infraser sin personalidad). Hay infinitas posibilidades; pongamos que Rodolfo Manuel, un palurdo cualquiera, puede ponerse a hacer lo que le gusta, por ejemplo, lo que le apasiona, escribir, pero también puede irse a una isla a pescar y pasar del mundo, o terminar de aproximarse a esa morena de ojos oscuros de su entorno, muy inteligente, sí, pero con la que no sería tan simpático si su miembro viril fuera amputado. Nuestro joven Rodolfo “elegirá” finalmente estudiar/trabajar algo que acabará odiando, que le hará madrugar todos los días y le someterá, porque “es lo correcto”. Porque “es lo que hay que hacer”. Heces. Lo que TIENE que hacer es vivir, porque no importa quien sea, un día va a morir, dejará de existir, y nadie se acordará de él. Tiene que seguir sus sueños, porque ese es su verdadero destino, no trabajar diez horas al día por un trozo de papel. Tiene que agarrar a la vida por sus partes pudientes y protestar: “¡No quiero ser esto!” se quejará a viva voz. Ahora mismo Rodolfo es una pequeña aceituna de las que están vivas, de las que cuestan derribar. Cuando madure, se pondrá gordote, se podrá manejar fácilmente, como la mercancía que es, y será aprovechable para los capullos que lo devorarán.
Los que manejan el cotarro no tienen aspiraciones, carecen de sueños, y no ven más allá de un par de comodidades. Ellos, si pudieran pensar, tampoco serían felices. Y sin embargo, millones de vidas les están sirviendo en estos momentos, potenciales desaprovechados, gente, no personas, que van con el automático puesto. Saben que son prescindibles, y por eso no abrirán la boca. Cumplen funciones, mas no hacen algo de utilidad. Llevado por la corriente, el silencioso peón es ganado que renuncia a su condición de ser humano, a utilizar la cabeza, a moverse por su cuenta, y a luchar, y se convierte en una puñetera aceituna de escaso valor.

Igual que el catedrático de filosofía que trata un lenguaje especializado; de la misma forma que el periodista endulza su artículo para que sus lectores no le devoren a él; el político maneja una terminología que convierte en incontestable sabiduría magnas obviedades. Por supuesto, el valor poético de cada uno va descendiendo, pero la finalidad es la misma. Se evita la crítica, dotado el orador de una gracilidad hermosa para esquivar las cuestiones más arriesgadas.

Días atrás,  el presidente “salió” a dar una rueda de prensa a través de una pantalla. Se saben expuestos. Ahora, sus corrupciones, sus mentiras y trampas aparecen más claras que nunca. Poco importa que sean títeres de la escena empresarial. La sociedad dispone de una oportunidad única. Puede protestar y ganar, sin esforzarse demasiado. Y sin embargo, la elección es mirar para otro lado. Esos asuntos no van con nosotros, que estamos demasiado ocupados. Demasiado ocupados, ¿haciendo qué? Venga, no mintáis, vosotros mismos sabéis que no estáis viviendo.
Parece más normal el curioso fenómeno de apoyar a una de las dos fuerzas como si fueran equipos deportivos, con total irracionalidad. Eres tú el que les das de comer, ¿de dónde viene esa idolatría? ¿Ese cosquilleo y satisfacción que te entra cuando Rajoy te felicita por quedarte en casa mientras él se va a Nueva York a fumar puros, y tú le mueves la cola? ¿Es qué eres…  un can? Ojo, que ya sé que el raro soy yo, que no lo entiendo. Pero reflexiona, lector. Dale vueltas a que es más cabal. A si merece la pena aceptar un orden cruel, mientras te pudres por dentro, empiezas a segregar estereotipos contra los que se movilizan, te excusas porque te importa sólo tu bienestar momentáneo, a la vez que aceptas todo lo que te fagocitan uno de tus dos partidos de adoctrinamiento; o arriesgarse, simplemente, a cambiar un poco tu rutina, un día quizás, por una renovación mejor. Quizás encuentres un sentido altruista a la vida, ayudes al prójimo, incluso puede que te sientas bien por primera vez en mucho tiempo. Que tal vez, sólo tal vez, sea más prudente denunciar a quien sea, da absolutamente igual, que te haya estafado a ti y a otros de tus hermanos españoles millones contantes y sonantes, que desear que nadie toque tu plétora.  Y si quieres saber por que España es una porquería, te daré una pista: nadie escoge la segunda opción.

Me siento mal escribiendo así. No debería de hacerlo, porque estas cosas se sienten tan obvias que inevitablemente resulto ofensivo y desagradable al exponerlas. Es evidencia, España es ridícula causa sui de su estado maltrecho. Los flamantes dirigentes son tan corruptos e ineptos como los anteriores. Uno mira los libros de historia españoles y no para de temblar. Pero esto no se opone a la fe política del español. La suya es una necesidad imperiosa y visceral de creer en el manufacturado nacional, como si de un joven Nietzsche se tratara. No tiene reparos en derribar la crítica a su lado de la moneda. Amparado en la similar acción ajena, el adoctrinamiento nacionalista está completo. Aceptará una de las dos fuerzas, orgulloso de sí mismo, como el chico que recita el credo sin dubitación porque no nació en la India.  Tampoco le urge por tanto el probar nada, pues nunca se ha cuestionado debido a su condición.
El estado actual es aquél que vende a sus ciudadanos como esclavos para subsanar las deudas. Es, a todos efectos, indefendible. Las clases sociales no alcanzan el límite que les rebelaría, porque el estado no es estúpido y sabe consentir unas concesiones que prolonguen su aparentemente  evitable condena. Esta sempiterna escabullida tendrá lugar mientras el humano reniegue de su responsabilidad respecto a su libertad. La búsqueda del conocimiento, así como la batalla por los valores que ahora, aún pareciendo absurdos, se tornan más necesarios que nunca, ya que son la única identidad que le resta al hombre. Y a la mujer. (Corrección política) Aquél que entrega tales tareas inevitablemente concede a su vez la libertad que posee.

El humano contemporáneo se entrega a una vida de estrés, siendo más poderoso, o al menos más inteligente que cualquier otra forma de energía en nuestra pequeña porción de mundo. No cree en el cambio, porque lo ha visto proclamado demasiadas veces. Pace y digiere la caracterización de cuento que le han otorgado, la política de izquierdas y derechas, la que no tiene que analizar; le basta con devorarla. Espera en el sofá a que una ciencia tornada incontestable como una deidad, de la que no tiene ni repajolera idea, le salve el pellejo, sin pensar que tal progreso le volvería aún más inútil y desesperado. Es una victima culpable, que no mueve ni un dedo apelando a la inamovilidad, y en ningún momento se atrevió a crear un destino a partir de sus muy capaces manos.
Una vez revelada la realidad que había rehuido pese a tenerla frente a sus narices, el hombre anteriormente tapado en el manto de su sociedad se siente desamparado. Continuamente olvida su historia para volver a cubrirse e ignorar su desgracia. Debilitado busca a quien obedecer, a quien inclinarse, pues ha olvidado quien es y su grandeza, aniquilada junto a su sagacidad, que ya únicamente indaga en motivos superfluos.

Los seres humanos no deberían de ser encadenados. Mientras hombres que encarnan el mal continúen gobernándoos, no seréis considerados humanos. ¿Queréis continuar de esta manera? ¡Liberaos vosotros mismos del terror!

jueves, 3 de enero de 2013

Las 24h más dulces (3ª parte)


Así pues, mientras ella terminaba de ver la película yo fregué los platos. Al terminar me asomé ligeramente al salón para ver qué le estaba pareciendo la película y me pareció verla muy atenta. En ese momento de nuevo me volvió la sensación de estar viviendo un sueño. Estaba actuando de una manera impropia de mí, es decir, valientemente, siempre pensé que en una situación como aquella no sabría qué hacer y que la acabaría fastidiando. Sentía un ligero orgullo por ello, pero a la vez sentía que estaba haciendo sólo lo que debía y que no merecía vanagloriarme así.
En ese momento acabó la peli y, como seguía en el marco de la puerta “espiando” a  Marta, ella se percató de mi presencia al ir a llamarme.

 - ¿Qué haces ahí, Diego? ¿Por qué no te sientas?

 - Acabo de fregar los platos y venía para acá ahora mismo. -Mentí.- ¿Qué te ha parecido la película?

 - Está muy bien, me ha encantado
 - Sabía que te gustaría, es una de mis películas favoritas.

 - Y a partir de hoy también será de las mías.

 - Me alegro de que te haya gustado.

Estuvimos un rato comentando la película y, a lo tonto, nos dieron las seis de la tarde. Ya era de noche. Aunque algo en mí no quería dejarla ir, le dije que si quería volver ya a casa.

 - Quizá ya estés cansada de aguantarme, ¿te acompaño a tu casa?

 - Hombre, no estoy cansada de ti, pero si yo soy la que molesto, me voy.

 - No, no es por eso, mujer, lo digo porque ya casi llevas un día fuera de tu casa y pensé que querrías volver...

 - Bueno, la verdad es que pronto vendrán mis padres, así que creo que va siendo hora de  irse, pero antes demos un paseo, si no es mucha molestia, claro.

-Para nada, espera que cambie de ropa.

Ya en la calle una fina pero copiosa lluvia chocaba contra el paraguas que cubría nuestras cabezas. Las calles mojadas, la luna asomando por las nubes, nadie por la calle, los dos bajo un mismo paraguas, todo era perfecto, idílico. Caminando por la acera los escasos coches salpicaban agua con las ruedas al pasar y, como yo iba por la parte exterior, acabé empapado. Para colmo empezó a arreciar el viento y el paraguas voló hacia el mundo de Oz, retorciéndose por el camino. Así pues, estábamos totalmente descubiertos. Aparte de que nos estábamos mojando como si estuviéramos en un parque acuático, Marta empezaba a tener frío, se le notaba, así que le eché por encima mi chaqueta para que se calentara un poco y se cubriera con la capucha. Me miró e hizo amago de dármela, pero negué con la cabeza y le dije “ya te mojaste ayer lo suficiente como para que hoy también llegues hecha una sopa”, sin decir ni una palabra, ella asintió y sonrió.

Dadas las nuevas condiciones, emprendimos el camino a su casa. No estábamos muy lejos pero la lluvia y el viento arreciaban y llegamos como los amigos incrédulos de Noé tras el primer día de diluvio. Cuando llegamos a su portal dieron las ocho, es decir, había pasado veinticuatro horas casi exactas junto a Marta. Un día  casi completo, el mejor casi día de mi vida. En su portal me despedí de ella con un beso en la mejilla y marché de nuevo a mi casa.

No habían pasado más de diez minutos desde que la dejé en su casa, iba pensando en esas dulces veintitrés horas y cuarenta y cinco minutos que había pasado junto a ella. La lluvia no me tocaba, algo en torno a mí me hacía ajeno a todo, había rozado el cielo y una nube me protegía. Algo perturbó mis dulces cavilaciones, me giré y allí vi a Marta corriendo con un paraguas y algo en la mano.

Al acercarse descubrí lo que era, mi chaqueta. Me la tendió y sonreímos. Mientras me la ponía, notando su olor impregnado en la capucha, ella me cubrió y cuando acabé y me giré hacia ella para darle las gracias, me sorprendió con un beso. Sin decir palabra alguna, me brindó la mayor de sus sonrisas y se despidió. Allí clavado, con la lluvia empapándome aún más y sin poder hacer nada para remediarlo pues estaba paralizado, la vi alejarse. Tras un minuto de parálisis, reaccioné. Lo primero que hice tras volver en mí y asimilar qué había sucedido fue mirar el reloj. Marcaba las ocho y cuarto con cincuenta y ocho segundos. Sonriente volví a casa tras haber pasado veinticuatro horas exactas con Marta, las veinticuatro horas más dulces de toda mi vida.


   




lunes, 17 de diciembre de 2012

Canciones


¿Qué sería de nosotros sin la música? ¿Qué escucharíamos en el coche, en la calle o en los anuncios que no fuera una canción? Las canciones forman parte de nuestra vida. Algunas expresan lo que sentimos cuando estamos deprimidos o enfadados y otras nos sacan de esos estados y nos dan una sensación de felicidad indescriptible. Hay canciones que inspiran un poema, una historia (como es mi caso), una declaración de amor, una revolución…

Imaginad por un segundo vuestra vida sin una sola canción que cantar o bailar estando solo en casa, sin una canción que compartir con alguien, sin una canción que escuchar para recordar algo o a alguien. Imaginadlo, os doy un momento para hacerlo. ¿Ya? ¿Qué tal? Creo que la palabra imposible se quedaría corta.

A lo largo de nuestra vida escuchamos miles, millones quizás, de canciones. Algunas las odiamos, otras nos son indiferentes, sin algunas no podríamos vivir, otras que se olvidan y, cuando se recuerdan, vuelven a tu mente retazos de tu vida que te hacen reír o llorar y que te dan la oportunidad de comparar pasado y presente, canciones que cambian tu vida.

Por todo esto arriba mencionado me he propuesto un pequeño reto. Intentaré contar una pequeña historia colando entre las líneas nombres de canciones que han marcado mi vida (la mayor parte traducciones de títulos en inglés). Mientras que algunas son muy conocidas otras no tanto. A renglón seguido os dejo este pequeño experimento literario. ¿Cuántas sois capaces de reconocer?

Es mi primer día como taxista en un pequeño pueblo cuyo nombre no desvelaré, aunque muchos dicen que en cuanto a belleza está en la cima del mundo. Empieza mi jornada y, de momento, no he tenido ni una sola carrera, yo soy un pasajero, el único que hasta este momento ha tenido mi taxi. Es nuevo y recién salido del taller donde lo han pintado. Tras haber vivido la buena vida durante mucho tiempo decidí, antes del final del verano, que era la situación perfecta para dejar de ser un alborotador y que era momento de mirar alrededor buscando un buen trabajo. Como me dije es el final del verano y aquí estoy, con un trabajo de taxista en una autopista hacia el infierno, porque hace un calor que no me extrañaría ver puentes ardiendo. Aunque el coche tenga aire acondicionado prefiero llevar las ventanas abiertas, con el viento silbando en mi oído y susurrándome “tú vas a llegar lejos, chico”. Sorpresivamente, oigo que algo no va bien en el coche y me echo a la cuneta. Las ruedas traseras se han pinchado, así que pido ayuda por radio y me dicen que la ayuda ya está en la carretera y que vuelva al aparcamiento de la empresa a coger otro taxi. Como la grúa que recogió el coche no me deja allí tengo que caminar y, tras casi una hora de caminar en las sombras debido al sol, llego al aparcamiento. Allí más de una docena de coches me mira con sus faros. Esa compañía tiene la costumbre de pintar el capó de sus taxis con un color verde casi radioactivo, del que hace daño al mirarlo por lo mucho que brilla. Me dan unas ganas terribles de pintarlos todos de negro. Mi jefe  entonces sale de su oficina y reconoce que el coche averiado no debería haber salido hoy a la carretera. Me pide disculpas y me entrega otra llave. Me monto en el coche al que pertenece la llave, la meto en el contacto (la llave), y arranco. Mi jefe se acerca a la ventana y me dice que ponga mi licencia en el salpicadero (normas de la empresa) y que tengo que ir a la calle Panadero. A toda marcha salgo del aparcamiento y emprendo mi largo camino a la perdición (quizás sólo diga esto porque estoy muy enfadado, en el fondo me gusta el trabajo).

Tras un largo viaje llego a la Calle Panadero, paralela a la Calle Agricultor (así son los de mi pueblo poniendo nombres a calles). Desde la otra punta de donde estoy, unos trescientos metros, una chica me hace gestos, debe ser mi cliente, quizás haya reconocido el taxi por su discreta pintura frontal. Al llegar a su altura abro su puerta y saludo con toda la amabilidad que mi enfado me permite. Cuando se acerca veo que tiene una maleta, la coge y abre la puerta trasera para poner allí su maleta. Hecho esto, se sienta en el asiento del copiloto y me sonríe a la vez que me saluda e indica su destino. Eso no hace para nada que mi enfado disminuya ya que apenas he reparado en su presencia, en mi mente sólo veo el coche parar en medio de la carretera, la única mujer en mi cabeza es la señorita tristeza. A pesar de mis malos humos, mi acompañante intenta abrir una conversación.

 - Bueno. ¿y cómo te llamas?- ella pregunta, yo sólo contesto señalando mi licencia en el salpicadero.- Vale, pues, hola Johnny Park. ¿De veras te llamas así?

 - Sí.- Por fin me digno a abrir los labios.- Mis padres son ingleses. ¿y tú? ¿Cómo te llamas?

 - Celeste, mis padres eran hippies.- Este comentario me sacó una sonrisa.- ¡Anda! ¡Pero si sabe sonreír!

 - Digamos que para ser mi primer día he empezado muy mal...

 - ¿Soy tu primera pasajera?

 - Sí, pero antes de este taxi ya he tenido otro, me habían dicho que estaba nuevecito, pero a los pocos kilómetros me ha dejado tirado en la carretera, de ahí mi cabreo.

 - Vaya día, francamente malo ,pero como siempre decían mis padres "no te preocupes, se feliz"

 - Seguro que a tus padres nunca les dejó tirados su furgoneta camino de Woodstock o algo así.

 - No lo sé, pero cosas más han ocurrido a muchas otras personas y no por ello estaban de tan mal humor.

 - Vale, lo siento. Seré más amable. Dime, Celeste, ¿cuál es el motivo de tu viaje?

 - Una ruptura. Era cuestión de tiempo que rompiera con ese estúpido, sólo dos meses de convivencia me han bastado para ver su verdadera cara. No ha sido por una gran cosa, sino por esas pequeñas cosas que, juntas, crean una razón mayor que cien cosas grandes.

 - Parece que ha sido un verdadero desengaño. Lo siento, tienes pinta de  ser una buena chica, de las que buscan el amor verdadero y esas cursiladas.

 - Pues como todo el mundo. ¿es que tú nunca te has enamorado, Johnny?

 - No, nunca...- digo, a pesar de que no me lo creo ni yo.

 - Personas como tú dan mal nombre al amor. Sabes que, yo  creo que ese colgante de un delfín que tienes no es algo que un chico como tú compraría motu proprio. Creo que es un regalo de alguna ex-novia por la que todavía sientes algo y cada vez que lo miras la recuerdas.

 - Sólo has acertado que el colgante es algo que me trae recuerdos, pero no me lo regaló una ex-novia y sí lo compré motu proprio,  cuando era pequeño. Es algo de mi infancia que encierra muchas historias que he vivido desde entonces hasta ahora, son recuerdos de toda mi vida.

 - Cuéntamelas, soy muy curiosa y necesito saberlo.

 - Pues mala suerte, ya hemos llegado a tu destino.

 - Jo... bueno, pues entonces me apearé del vehículo. ¿Cuánto te debo?

 - Dejemoslo en cinco, ya que has tenido que aguantarme el cabreo.

 - Vale, aquí tienes, que tengas un buen día.- Me tiende un billete y un papel. En ese papel hay un número de teléfono apuntado. Acto seguido, sin esperar a que hablara, coge su maleta y se empieza a ir.

 - ¡Espera!- Se gira con una sonrisa, expectante, y continuo hablando.- ¿Este papel es algún tipo de propina o algo así?

 - Si creías que te ibas a librar de contarme esa historia vas listo. Es mi número. Más te vale llamarme y contármelo o sino...- Sin acabar la frase se gira de nuevo y emprende de nuevo su camino.

Reconozco que yo pensaba que cosas así suceden sólo en sueños pero que, por muy surrealista que pareciera. había ocurrido. Aunque cualquiera puede tener un mal día en esos días es en los que más brilla un suceso como este.

Durante el resto del día no puedo parar de pensar en esa chica rubia, blanca como la nieve, simpática como Mickey Mouse tras fumarse un porro y tampoco puedo olvidar su maleta, que tenía unas alas de papel (como si fuera un ángel con ruedas) y el papel que me había dado. Dando vueltas en mi cabeza, la idea de llamar acaba por imponerse, no sólo porque Celeste hubiera llamado mi atención (que era también el caso) sino porque me había comportado como un borde con ella y quería resarcirme. Al acabar mi primera jornada como taxista me dirijo al piso que comparto con mis colegas, abro la puerta, cojo el teléfono y marco.

P.D: Si no os ha gustado la historia, cosa que no me extrañaría, os invito a expresarmelo personalmente, eso sí, a poder ser de forma no violenta.