miércoles, 6 de febrero de 2013

Eterno ciclo de cambio


Continúa el cruce de acusaciones entre  los dos grandes, o más bien, únicos poderes políticos de España. Mientras uno vive por encima de sus posibilidades, sin rubor culpa al otro de ser más descarado y crapuloso. En la democracia del capital los votantes no eligen, no gobiernan; delegan en una candidatura que ha avanzado  con favores de las altas esferas. Convencen gracias a los fondos que estos les entregan.  No es creíble llamarlo triunfo del pueblo, cuando quien dispone y juega con sus propias reglas es la corporatocracia.

Tal como el filósofo que aún divaga en la caverna, el español se encuentra cautivo en un vendaval de autocomplacencia. La luz real  está ahí fuera, a pocos metros, mas él sigue embobado y orgulloso de lo que cree ser el absoluto entendimiento. Fe más grande no ha acontecido que la del demócrata pasivo, que desayuna con noticias que no entiende, repite aquello que ha oído y sufre de una pereza tan terminal que podría personificarse y cobrar vida en cualquier momento. Se satisface con una democracia correctamente impresa, pero nunca realizada, etiquetada como borrador y de fácil tachado y corrección para dos fuerzas mismamente opuestas sobre el papel, que sin embargo colaboran para evitar sobresaltos y que el resultado sea siempre el apetecido. Isoladas las otras representaciones, tan desconocidas para la mayoría como el programa electoral de cualquier partido político, la única vía para los insatisfechos sería exigir un auténtico gobierno del pueblo. Estos “indignados”, como bautizan de forma completamente neutral, imparcial, y absolutamente no subordinada a los que nunca pueden nombrarse como medios de propaganda de las dos fuerzas, están abocados al fracaso. No es necesario tomar mi palabra; la indiferencia, así como el bozal que recayó sobre esta revolución suprimió el poco margen de maniobra además del escaso poder de la población en su propio régimen, antes de que presentara ocasión de realizar cosa alguna. Con razón, como diría el sin duda alguna magnánimo monarca español, no es una “política grande”; sucede fuera del Congreso, y no hay que tenerla en cuenta. Habrá que echar un vistazo a la RAE y preguntar cuando le dieron un giro completo a la definición. Demos ya no significa pueblo. Verdaderamente, las lenguas clásicas han comenzado ya a descomponerse.

Se vitupera a sí misma con tópicos regoldados por imbéciles gregarios sin gracia. Si bastara con palabras, estos ya habrían enmendado con su eufonía rimbombante todo problema habido. No les recomiende operar, pues se necesita poseer fragmentos de vida para alzarse de tal manera. Todos, junto a las individualidades y el arresto que una vez rigió en nosotros, han desaparecido en la admisión del orden, que hosco, ha apartado lo verdaderamente importante. Uno de los mayores placeres de la vida es la libertad, o era, pues sofocada y desaparecida quedó contenida sólo en discursos fastidiosos para el orden y desconcertantes para nuestros oídos. Los corazones impresionables que una vez se conmovieron con ella, ahora refutan a quien les señala prisioneros sin siquiera pensar en culpar a su propia nulidad, mientras permanecen estoicos o muestran inquina a quien se ha precipitado a esta imprudencia. Es un camino, tal como el del conocimiento, lleno de pesar y dolor, quizás quimérico o al menos, impasible al esfuerzo trágico de quien persigue la autodeterminación.

Propugnadores de la sumisión, adalides de la neutralidad. Perduran las inmoralidades que acosan al hombre en su propia especie. Colaboran felizmente con ellos y aplican censura. Los medios no difunden nada que recuerde a la realidad sin que el contenido sea previamente suavizado. No vale con excusarse en lo de siempre. No todos pueden estar corruptos y obedecer a los gobiernos. No, majos, responden a las exigencias del público, de aquellos que huyen despavoridos de la verdad, demasiado hundidos en su propia burbuja. Llevan demasiado tiempo mintiéndose, opacos, ignorando la ringlera de regímenes que les impide evocar lo lejos que se encuentran de aquello que deberían ser. Son, en fin, tan responsables dichos semovientes como los cabecillas políticos y los explotadores corporativos del sufrimiento y el tormento que han de soportar.

 Para hallar el auténtico camino, uno debe buscar su guía en medio de la incertidumbre. Se agoto el sentido de un orden que consume vidas y valores. Lleva demasiado tiempo empleando las mismas excusas,  y ahora que el conocimiento, aún camuflado, es realmente accesible para todo aquel que lo desee, no hay perdón para quien ve suceder las injusticias una detrás de otra y sonríe bobaliconamente mientras sus posaderas permanezcan a salvo.
El español es menos libre que el animal que tiene que trabajar. Ni siquiera lo hace por el progreso, o por una causa idealista. Demonios, ni su propia felicidad sale beneficiada del intercambio. Es robado, asaltado y humillado con alevosía. Y pese a todo, consentirá mientras le sea posible permanecer en la normalidad y la mediocridad. De hecho, el españolito, a decir verdad, no tiene nada de diferente a gran parte de la población. Quizás ese es el problema.

Contamos las horas que pasan y celebramos que nos reste menos para morir. El ser humano es patético. No creo que haga falta que llegue alguien como yo para decir que el ser humano no TIENE que trabajar, que ese no es nuestro estado natural (es que yo soy un andaluz, un vago, una de las caracterizaciones agrupadoras creadas para todo infraser sin personalidad). Hay infinitas posibilidades; pongamos que Rodolfo Manuel, un palurdo cualquiera, puede ponerse a hacer lo que le gusta, por ejemplo, lo que le apasiona, escribir, pero también puede irse a una isla a pescar y pasar del mundo, o terminar de aproximarse a esa morena de ojos oscuros de su entorno, muy inteligente, sí, pero con la que no sería tan simpático si su miembro viril fuera amputado. Nuestro joven Rodolfo “elegirá” finalmente estudiar/trabajar algo que acabará odiando, que le hará madrugar todos los días y le someterá, porque “es lo correcto”. Porque “es lo que hay que hacer”. Heces. Lo que TIENE que hacer es vivir, porque no importa quien sea, un día va a morir, dejará de existir, y nadie se acordará de él. Tiene que seguir sus sueños, porque ese es su verdadero destino, no trabajar diez horas al día por un trozo de papel. Tiene que agarrar a la vida por sus partes pudientes y protestar: “¡No quiero ser esto!” se quejará a viva voz. Ahora mismo Rodolfo es una pequeña aceituna de las que están vivas, de las que cuestan derribar. Cuando madure, se pondrá gordote, se podrá manejar fácilmente, como la mercancía que es, y será aprovechable para los capullos que lo devorarán.
Los que manejan el cotarro no tienen aspiraciones, carecen de sueños, y no ven más allá de un par de comodidades. Ellos, si pudieran pensar, tampoco serían felices. Y sin embargo, millones de vidas les están sirviendo en estos momentos, potenciales desaprovechados, gente, no personas, que van con el automático puesto. Saben que son prescindibles, y por eso no abrirán la boca. Cumplen funciones, mas no hacen algo de utilidad. Llevado por la corriente, el silencioso peón es ganado que renuncia a su condición de ser humano, a utilizar la cabeza, a moverse por su cuenta, y a luchar, y se convierte en una puñetera aceituna de escaso valor.

Igual que el catedrático de filosofía que trata un lenguaje especializado; de la misma forma que el periodista endulza su artículo para que sus lectores no le devoren a él; el político maneja una terminología que convierte en incontestable sabiduría magnas obviedades. Por supuesto, el valor poético de cada uno va descendiendo, pero la finalidad es la misma. Se evita la crítica, dotado el orador de una gracilidad hermosa para esquivar las cuestiones más arriesgadas.

Días atrás,  el presidente “salió” a dar una rueda de prensa a través de una pantalla. Se saben expuestos. Ahora, sus corrupciones, sus mentiras y trampas aparecen más claras que nunca. Poco importa que sean títeres de la escena empresarial. La sociedad dispone de una oportunidad única. Puede protestar y ganar, sin esforzarse demasiado. Y sin embargo, la elección es mirar para otro lado. Esos asuntos no van con nosotros, que estamos demasiado ocupados. Demasiado ocupados, ¿haciendo qué? Venga, no mintáis, vosotros mismos sabéis que no estáis viviendo.
Parece más normal el curioso fenómeno de apoyar a una de las dos fuerzas como si fueran equipos deportivos, con total irracionalidad. Eres tú el que les das de comer, ¿de dónde viene esa idolatría? ¿Ese cosquilleo y satisfacción que te entra cuando Rajoy te felicita por quedarte en casa mientras él se va a Nueva York a fumar puros, y tú le mueves la cola? ¿Es qué eres…  un can? Ojo, que ya sé que el raro soy yo, que no lo entiendo. Pero reflexiona, lector. Dale vueltas a que es más cabal. A si merece la pena aceptar un orden cruel, mientras te pudres por dentro, empiezas a segregar estereotipos contra los que se movilizan, te excusas porque te importa sólo tu bienestar momentáneo, a la vez que aceptas todo lo que te fagocitan uno de tus dos partidos de adoctrinamiento; o arriesgarse, simplemente, a cambiar un poco tu rutina, un día quizás, por una renovación mejor. Quizás encuentres un sentido altruista a la vida, ayudes al prójimo, incluso puede que te sientas bien por primera vez en mucho tiempo. Que tal vez, sólo tal vez, sea más prudente denunciar a quien sea, da absolutamente igual, que te haya estafado a ti y a otros de tus hermanos españoles millones contantes y sonantes, que desear que nadie toque tu plétora.  Y si quieres saber por que España es una porquería, te daré una pista: nadie escoge la segunda opción.

Me siento mal escribiendo así. No debería de hacerlo, porque estas cosas se sienten tan obvias que inevitablemente resulto ofensivo y desagradable al exponerlas. Es evidencia, España es ridícula causa sui de su estado maltrecho. Los flamantes dirigentes son tan corruptos e ineptos como los anteriores. Uno mira los libros de historia españoles y no para de temblar. Pero esto no se opone a la fe política del español. La suya es una necesidad imperiosa y visceral de creer en el manufacturado nacional, como si de un joven Nietzsche se tratara. No tiene reparos en derribar la crítica a su lado de la moneda. Amparado en la similar acción ajena, el adoctrinamiento nacionalista está completo. Aceptará una de las dos fuerzas, orgulloso de sí mismo, como el chico que recita el credo sin dubitación porque no nació en la India.  Tampoco le urge por tanto el probar nada, pues nunca se ha cuestionado debido a su condición.
El estado actual es aquél que vende a sus ciudadanos como esclavos para subsanar las deudas. Es, a todos efectos, indefendible. Las clases sociales no alcanzan el límite que les rebelaría, porque el estado no es estúpido y sabe consentir unas concesiones que prolonguen su aparentemente  evitable condena. Esta sempiterna escabullida tendrá lugar mientras el humano reniegue de su responsabilidad respecto a su libertad. La búsqueda del conocimiento, así como la batalla por los valores que ahora, aún pareciendo absurdos, se tornan más necesarios que nunca, ya que son la única identidad que le resta al hombre. Y a la mujer. (Corrección política) Aquél que entrega tales tareas inevitablemente concede a su vez la libertad que posee.

El humano contemporáneo se entrega a una vida de estrés, siendo más poderoso, o al menos más inteligente que cualquier otra forma de energía en nuestra pequeña porción de mundo. No cree en el cambio, porque lo ha visto proclamado demasiadas veces. Pace y digiere la caracterización de cuento que le han otorgado, la política de izquierdas y derechas, la que no tiene que analizar; le basta con devorarla. Espera en el sofá a que una ciencia tornada incontestable como una deidad, de la que no tiene ni repajolera idea, le salve el pellejo, sin pensar que tal progreso le volvería aún más inútil y desesperado. Es una victima culpable, que no mueve ni un dedo apelando a la inamovilidad, y en ningún momento se atrevió a crear un destino a partir de sus muy capaces manos.
Una vez revelada la realidad que había rehuido pese a tenerla frente a sus narices, el hombre anteriormente tapado en el manto de su sociedad se siente desamparado. Continuamente olvida su historia para volver a cubrirse e ignorar su desgracia. Debilitado busca a quien obedecer, a quien inclinarse, pues ha olvidado quien es y su grandeza, aniquilada junto a su sagacidad, que ya únicamente indaga en motivos superfluos.

Los seres humanos no deberían de ser encadenados. Mientras hombres que encarnan el mal continúen gobernándoos, no seréis considerados humanos. ¿Queréis continuar de esta manera? ¡Liberaos vosotros mismos del terror!

No hay comentarios:

Publicar un comentario