Eran las 3 de la mañana. Me
levanté a beber un poco de agua y me encontré a Celeste, mi compañera de piso
entrando a casa sonriendo como una colegiala, colorada y con los ojos llenos
de alegría. Lo normal sería preguntar el
porqué de su júbilo, pero, como ya he dicho, eran las tres de la mañana. Lo
máximo que conseguí decir fue “mañana me cuentas”, bebí mi vaso de agua y me
volví a tirar a la cama, como si fuera un tronco recién talado. Tras unas
cuantas horas de sueño, Celeste me despertó. Intenté hacerle caso omiso, pero
insistía. Sólo eran las diez de la mañana pero Celeste se moría por hablar del
motivo de su sonrisa.
Me levanté como pude y me
arrastré hasta la cafetera, sin el café de la mañana no soy persona. Una vez
despierta y consciente de mí misma, fuimos al salón y nos sentamos una frente a
la otra y Celeste comenzó a relatarme su cita con el taxista. Ya me había
contado cómo se conocieron y la verdad
es que ya entonces se veía que estaba ilusionada, aunque ella siempre es muy
efusiva. Me contó de lo que hablaron, qué comieron y el cómo le hacía sentir
con cada gesto y con sus historias. Realmente estaba más eufórica que nunca,
desprendía alegría, te contagiaba de su dicha. Luego me contó cuando vinieron a
casa. Cómo no, yo estaba en un profundo sueño y no noté nada de nada. Me contó
que estuvieron hasta casi las tres en el salón, escuchando música, tomando una
copita y hablando un rato más, tras esto me dijo que se despidieron en lo alto
de la escalera con un besito en la mejilla, pero cuando lo vio al final de las
escaleras algo le dijo que lo detuviera, así que le dijo algo y bajó a
despedirse de él con un gran beso, el más sincero que había dado, según ella.
Me dijo que cuando subió sentía que estaba muy sonrojada, que una enorme
sonrisa se había dibujado en su boca y que algo en su corazón había hecho un click. Ese click que se siente junto con las mariposas en el estómago.
Celeste era como una niña en
estos aspectos. Esperaba que no pasara lo mismo que con su ex. Quería conocer al chaval antes de que ella se volviera a
estrellar, así que decidí hacer un tour en taxi por el pueblo. Pro de este
plan: él no me conocía porque yo estaba durmiendo. Contras de este plan:
primero, como estaba durmiendo yo tampoco le vi a él, y segundo, tenía pocas posibilidades
de coger su taxi a la primera, así que era muy posible que me gastara mucho
dinero sólo para conocerle pero, al fin y al cabo, ¿para qué si no están los
amigos?
Pedí un taxi a la puerta de mi
casa. Tenía un nombre, Johnny. Dudaba que hubiera muchos en la compañía que se
llamaran así. Además disponía de otro detalle, el colgante de delfín.
Cuando llegó el taxi miré la
licencia que estaba en el salpicadero. El taxista se llamaba Manuel, así que no
era mi objetivo. Ni corta ni perezosa fui de frente y le pregunté al taxista
por Johnny. Me dijo que era amigo suyo así que le pedí que le llamara por radio
para que me recogiera, pero le dije que intentara ser discreto, como si yo no
estuviera allí y fuera alguna clienta ajena. Pagué la carrera y me dejó en un
sitio en el que ni tardaría mucho en recogerme ni sospecharía por haberle visto
por la zona. Dos minutos más tarde estaba en el taxi de Johnny.
Era un chico alto y con los ojos
claros, sin mucho vello y con el pelo castaño, realmente se notaba su ascendencia
británica. A diferencia del viaje con Celeste, Johnny estaba feliz y hasta
estaba silbando. Le dije la calle más lejana que conocía y comencé mi
interrogatorio.
- Te llamas Johnny, ¿no?
- Sí, mis padres eran ingleses.
- Se nota, tienes muchos rasgos
británicos. Yo soy Elisa, encantada.
- Lo mismo digo, Elisa.
- Por cierto, si no es mucho
preguntar, ¿por qué estás tan contento?
- Ayer tuve una buena noche.
- Vaya, ¿y eso? ¿Alguna chica?
- Sí. Se llama Celeste y la
conocí aquí, en el trabajo. Es un encanto.
- Pareces muy ilusionado.
- Me ha devuelto la alegría y me
ha hecho creer de nuevo en el amor.
- Pues suerte, pareces
simpático. Trátala bien y seguro que no tienes problemas.
- Eso haré, aunque la conocí
ayer haría lo que fuera por mantenerla a mi lado. Sacó lo mejor de mí y sólo
estuvimos hablando un par de horas.
- Pues ya sabes, a las mujeres
nos gusta que nos traten como princesas.
- Ella no merece menos.
Me caía bien. Se notaba que era
un buen chaval. Era mil veces mejor que el ex de Celeste. Su apariencia llamaba
la atención, quizá por su “britanismo”. Además, su voz daba confianza. Me
alegraba mucho por Celeste, por fin parecía haber refinado su gusto por los
hombres. Estuvimos un rato en silencio y reparé en el colgante, así que quise preguntarle,
para ver qué me decía sobre él.
- Bonito colgante. ¿Te lo regaló
tu novia, ya sabes, esa chica que conociste ayer?
- No, aparte de que no es mi
novia aún, espero que sí lo sea en breve, este colgante lo tengo desde hace
tiempo. Tiene un gran significado para mí, y más ahora que, gracias a él,
conocí a Celeste.
- ¿Sería mucho preguntar ese
significado?
- No, te haré un resumen, tras
ciertos eventos este colgante se convirtió en una bonita metáfora de mi corazón
y por ello lo llevo. - Esto ya lo sabía, pero quería ver que era real esa
historia, que delante de una extraña contaría lo mismo y eso significaba que no
era inventado, aparte de que se le notaba en la cara al decirlo.- Además, -
continuó- me prometí a mí mismo que si encontraba alguien por quien de verdad
sintiera amor, la chica que me hiciera sentir bien tal y como soy y por la que
me olvidaría del resto de mujeres del mundo, se lo regalaría sin pensar, como
muestra de que mi corazón es enteramente suyo.
- Vaya, ¿y si te equivocaras?
- No me precipitaría, intentaría
estar totalmente seguro de que ella es la chica. Además, eso se sabe, suele ser
un cúmulo de pequeños detalles que te van haciendo quererla más y más hasta que
uno de esos pequeños detalles desencadena en ti una exacerbación de todos esos
detalles y eso te confirma que es ella y no otra.
- Pareces muy seguro, y dime,
¿crees que esa chica será la afortunada?
- Aún es pronto para saberlo, ya
te he dicho que no me gusta precipitarme.
- Bueno, espero que algún día
encuentres a esa chica, sea o no esa tal Celeste.
- Gracias, por cierto, ya hemos
llegado a tu destino.
Me bajé del taxi y dibujé una
sonrisa en mi rostro. Esperaba ver a Celeste algún día con ese colgante. Johnny
era perfecto para ella, y viceversa. Estuve todo el camino a casa pensando
sobre el asunto y seguía feliz, feliz por mi amiga. Aunque también tuve que
pensar una excusa para la hora que había estado fuera, pero eso fue sencillo,
me inventé una llamada del trabajo que resultó ser algo sin importancia.
Celeste se lo creyó y no hubo pregunta alguna. Ella seguía en su nube y era
ajena al resto del mundo.
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