sábado, 31 de agosto de 2013

Es una canción para decir adiós

  Bueno, entonces... Si debo hablar a alguien de Sendi Cade, supongo que debo recordar aquellos días lejanos ya, hacia el inicio de mi adolescencia. Fue entonces cuando la conocí. Ella se envolvió firmemente a mi brazo derecho, pasando a formar una parte más de mi vida desde entonces. Sí, creo que este es un buen comienzo.
No crea, por favor, que siempre fue tan ubicua en mi vida como en estos momentos. Previamente, escalando mis antiguas memorias, podría adecuar su presencia a la personalidad anodina de la que hacía ejemplo. La gente que me rodeaba bien podía no saber de su existencia. Incluso para mí, nuestra relación era banal. Quizá sólo la consideraba un elemento más, una pequeña pieza del inmenso mundo que me rodeaba. Sabía  recurrir a otras cosas, a otras personas, para que ese doloroso aburrimiento que solía asaltarme remitiera.
Mirado en retrospectiva, mis inicios con ella me sumieron aún más en la abulia. Tras la excitación inicial, me asaltó un torrente de indiferencia, una flema pegajosa, sin duda superior a la apatía inquieta que me definía anteriormente. Así, acabe arrastrado hacia esta relación, quizá por la mera razón de que no había nada mejor que hacer. Mucha gente se encontraba en mi misma situación, así que ¿por qué no? Ya le hice entender que estos manuscritos son parte de mi intento de descubrir si realmente quiero esto. Es algo que quiero elegir por mi cuenta, en cualquier caso. Todo lo que prosiguiera a partir de este punto tratará en última instancia de aclarar para mí la decisión que tomaré. Sé que esto puede ofenderle, pero comprenda que tal modo de vida es el que he llevado hasta ahora. Aunque ya no esté tan seguro de que esto sea completamente cierto.
 Teñido por el tenue gris del desencanto, como búsqueda de consuelo es raro no atacar con frivolidad a quien ha permutado en tan gran medida todo lo que soy. No obstante, yo, que he crecido hastiado de tal fenómeno, que he visto sucederse con mayor frecuencia los círculos de personas dedicados a tal fin que el baile vivaz de las hojas de cerezo en flor, como cristalina extrañeza, me abstendré de tal ejercicio. Cierto que resiente el espíritu la poca energía con la que afronto cada situación; sin embargo, mientras le escribo, una sonrisa también aparece en mi rostro. Aunque ha apagado parte de ese ardor, mis pequeños hábitos, también han sido extinguidos. Puedo emprender estas tareas sin que una parte de mí escape. Toda compulsión ha sido por fin controlada. Que yo haya cambiado desde nuestro encuentro no tiene porque ser algo malo. Trataré de sumergirme en la renegrida humedad del pantano, para discernir que soy tras haber sido mecido en la corriente durante tanto tiempo.
 También me atemoriza que, destruido nuestro ligamiento, estoy seguro de que me encontraría en un terreno fuera de toda comprensión, forzado nuevamente a crear, a conducirme por mí mismo. Saber que acabaría postrado frente a este escenario me provoca una inquietud que sigue un trazo antitético. Tal como mis cualidades artísticas e interpretativas, es algo que deseo emprender profundamente, que me provocaría un gran deleite, lo que es más, ofrecida la posibilidad levantaría vehementemente el telón para gesticular con tal enardecimiento y fogosidad que el público creería estar viendo reencarnado a un verdadero héroe griego. Por otra parte, comienzo inexplicablemente a temblar de forma al menos notable cuando debo hablar delante de multitudes. Es otra de esas cosas que no me sucedieron nunca de pequeño. Diablos, ni en mi primera comunión.
Eso no venía mucho al caso. Tratando de volver a lo que importa, al analizar esa inseguridad sobre si me agrada su presencia, esa fugaz ocurrencia de abandonarla, me sobreviene el cálido recuerdo de Duna Volt. Aludiré uno de mis últimos encuentros con ella.

 He pasado dos semanas sin ver a Sendi, y me encuentro excesivamente aburrido. Otra vez esa sensación que albergaba de niño, antes de llegar a la adolescencia. El tipo de tedio insoportable que no se puede borrar de la mente. Contrario al sosegado sopor habitual, ya comprendí en pasadas experiencias que esta sensación viene impulsada por un anhelo impaciente y nervioso. Consciente asimismo de que nada la aplacaría, tras haber dado vueltas y vueltas por la habitación comienzo a revolverme en la cama. La porfía pesadez que causaban las desgraciadamente demasiado discernibles voces de la televisión del salón aviva con celeridad mi furor. No podría pasar el día entregado a la haraganería. No con un sonido de fondo tan terrible para todo lo que es humano. No con el propio fastidio hacia todo que emana de mí. No puedo evitar escuchar parte de la serie con la que mi hermana estaba malgastando felizmente el tiempo. Recordé los repetitivos redundantes y refritos anuncios: Un tipo vestido completamente de negro y la mirada perdida. "Una trágica historia de un joven solitario que carga con las dificultades insalvables de su destino", anunciaba una voz en off. Un pobre perturbado con el que identificarse. Un problema que podría solucionar por su cuenta. Curiosamente, el único rasgo que verdaderamente comparte con sus espectadores. A pesar de su desgracia, el compendio de sus habilidades era adecuado siempre a lo que requerían las leyes de su universo. Adicionalmente, pese a ser frío, trabajar en solitario y perforarse los oídos con Crawling in my skin, poseía, por alguna razón precisa para la historia, unas capacidades para atraer miembros del género opuesto tales que incluso el emperador Jahangir sentiría envidia. El protagonista, acorde con su audiencia, pasaba más tiempo lamentándose por su destino que cambiándolo. Una historia de inútiles para inútiles. Un protagonista patético, plañidero y pedante. ¿Qué clase de persona disfruta con esta basura?
-Lo único que sé, es que nuestro destino depende de él.
 El desencadenante. Tras musitar unos comentarios sobre el contenido del alcantarillado de la ciudad y la naturaleza innata de las señoras de compañía, me arrastro con la espalda encorvada por el pasillo y salgo tan raudo como me es humanamente posible, usando la puerta.
 Tras abandonar el portal, me acaricia el rostro una hálito de polvo cargado de viento. Encontrándome ya en la calle, únicamente es posible un destino al que dirigirme. El mejor parque de la ciudad. Se había considerado siempre un lugar de paso, una ruta opcional por la que se precisaba andar más. Poco común su elección en un mundo en el que hasta los niños hacen cola por las escaleras mecánicas. No cabe duda, allí podré achatar mi cara larga sin molestias innecesarias. Muchos pasean por allí, pero nadie planea ir para celebrar el festejo sin significado de cada noche.
 Aún con todo, estando algo más animado por tal promesa de tranquilidad, algo no estaba bien. Como si sintiera un espíritu horripilante en mi santuario sagrado. Una “cosa” negra arrastrándose por el suelo. Un mal presentimiento me previene, pero ¿qué otra cosa puedo hacer? Sin Sendi me encuentro muy energético como para descansar, y demasiado derrengado como para poder hacer algo de provecho. No tenía otro lugar al que acudir. Preparado para lo peor, me dirijo con paso luctuoso, fúnebre, pero dispuesto a soportar la tragedia con dignidad, a la manera inglesa, o a sufrirla de todas maneras, como cualquier inocente en un país enemigo de Churchill.

 El parque no respira mucha vida. Llama bastante la atención un tipo entrado en sus veinte, con el pelo blanco, ligeramente rizado. Sus párpados medio cerrados se asemejan a los de un pescado muerto. Lee con poca atención un tebeo para niños mientras se hurga la nariz. Por su extraño atuendo diría que es uno de esos personajes con afición a los disfraces. Incluso porta un arma de juguete. Gruño, reconociendo las características de una bokken. He oído que éstas son bastante más peligrosas de lo que aparentan. En el suelo, a pocos pasos, descansa en paz una bolsa de dulces de la que no resta ni las pequeñas partículas de azúcar. A su lado, vislumbro al maestro del parque. Una pintoresca criatura con barba y gafas de sol. Pasa aquí sus días, como un bien del ayuntamiento más. Tal ocupación es la que le vale su sobrenombre. “Una vez que una flor se ha marchitado, ya no puede volver a florecer”; esta es su respuesta para aquellos que indagan en sus razones. Ambos parecen inconfortablemente cercanos. Tampoco puedo ver a nadie más alrededor. Es un poco estremecedor. Convencido de que puedo encontrar un sitio mejor, marcho con paso ligero a la otra punta del parque.
 El verde toldo que cubría a tantas parejas en verano ha sido retirado. En su lugar, a nivel de suelo se habían apilado astillas para crear una sinfonía que acompañara los pasos de los viandantes en el callado otoño. Sigo la ruta que dirige a una zona más profunda del parque. Por esta zona no puedo evitar distraerme, bañado por el festival de color. Los arces susurran al viento; su manto bermellón designa zonas de brisa fresca donde las sombras reposan. Capto un fuerte olor. La tierra se infunde en mi cuerpo por medio de su aroma. Los callados troncos grises y marrones a ambos lados marcan la trayectoria, salpicados con helechos y maleza.
 A medio camino topo con un hombre también muy colorido, y a la vez moderno, rodeado de compañeras. Sentados en el césped, cuentan historias y están divirtiéndose ostensiblemente. El timbre vocal que percibo es idéntico al que siempre atribuí dentro de mi cabeza a aquellos personajes masculinos del Decamerón.
-O sea, llevaba, tía, te lo juro, ¡unos pantalones taaan horteras! ¡Horrendo! ¡Qué-hombre-tan-horrendo!
 Distingo en un destello la pancarta “Todos los hombres son violadores”, que gusta de cabriolar junto a la dicharachera mano del varón. Espantado por la alta frecuencia de sus sonidos, prosigo mi camino.

 Mi destino se acerca. Disimuladamente, respiro entre mis manos ahuecadas al tiempo que froto las mismas. Lejos de querer protegerlas de un frío inexistente, mi intención es pedir a los dioses que no se produzca el encuentro que tanto me atemoriza. Excuso mi carestía, pretendiendo obtener tal favor pese a no poder presentar una dádiva en estos momentos. El silencio ocupa todo el lugar, pese a mis pesados pasos. Resignado a mis suposiciones, avanzo con los ojos cerrados, antes de poder otear la zona restante con un golpe de vista. Calculo mentalmente, mientras recorro la distancia que dista. Una ligera brisa provoca el traqueteo de las suspendidas ramas desnudas, como si fueran campanillas de madera. Al llegar allí, me detengo en seco. Abro los ojos. Y justo enfrente mía, mi peor pesadilla.
  Allí estaba, justo como me temía. Su cuello se movió junto a la dulce, embriagadora brisa cálida, que provocaba una armoniosa danza de su cabello negro. Este desprendía destellos cegadores, entrecerrándome los ojos. Era como si quisiera devolverle al sol del ocaso su brillo lleno de vida.
-Has venido.
Sus labios se tornan en una sonrisa autosuficiente. Algo en ese tono escarlata me impedía despreciarla como era debido. En su lugar, el término “encantador” atravesó demasiado veloz mi mente como para poder reprimirlo.
-¿De qué estás hablando? Me gusta venir aquí. Has… creo que tienes la idea equivocada.
-Así que recibiste el mensaje.
-¿Qué mensaje? No uso el teléfono. Ya no tengo asuntos que atender. Es sólo parte de mi rutina venir aquí.
-Pero aquí sólo vienes los sábados. Te quedas embobado mirando las estrellas durante un buen rato, y si no te duermes, te vas.
 ¿Quién empieza una frase con “pero”? Peor aún, ¿cómo sabe todo eso?
-¿Acaso formas parte de mi cuerpo?
-Quizásss.
 Es “quizá”. No parece que vaya a irse. Si bien es un incordio tenerla revoloteando alrededor, yo, por mi parte, no tengo la menor intención de moverme. Tal vez por orgullo. Tal vez porque es ese momento del día en el que, al reposar al cobijo de los teñidos arces, con la punzante caricia de la espesa vegetación, al abrazo de las malvas orquídeas y arropado por el sedante ardor del sol, uno aún no podría relajarse, probablemente a causa del excesivo frescor que proporcionan en el rostro los aspersores en máximo funcionamiento. Esa otra opción queda pues descartada. Forzado de nuevo a tomar una decisión sin alternativas, me repudio a mí mismo mientras me dejo caer en el banco que me invita a reposar.
 Cada banco constaba de un par enfrente suyo, a unos escasos centímetros. A la izquierda del banco, un híbrido espantoso entre hiedra y árbol, cobijado dentro de una maceta metálica, eleva su único brazo, dejándolo extendido hacia el cielo. Pese a que algunas voces claman la precisa exactitud de la biología sobre las ciencias humanas, realmente no puede saberse si obra de tal forma para proteger de las inclemencias del mismo a cualquier humano que pasara por aquí, o si para alcanzar ese cielo. A la derecha, el mismo extraño ser tenía lugar, y, como si renunciara a su individualidad, realizaba la misma acción que su par de la izquierda. De esta simbiosis nace una suerte de extremidad capaz de levitar pese a la falta de una avanzada tecnología. Este patrón se repite una cantidad cuantiosa de ocasiones, hasta las realmente admirables tres o cuatro veces. Tal es el poder adquisitivo del ayuntamiento. Aunque este lugar se encontraba en un lugar intermedio entre las esquinas cubiertas de vegetación, liberando la molestia de pequeños bichos, pocos solían situarse aquí, temerosos posiblemente de otro tipo de especie. Yo no compartía este temor, y por desgracia, ella tampoco. No se alcanza a ver una sola alma, a excepción de la nuestra. Alegremente, zascalindea a mi alrededor, en una extraña danza. El pánico se apodera de mí, pues temo que haya olvidado a Quetzalcóatl y pretenda adorar a Huitzilopochtli. Me encuentro en una situación muy incómoda, pues realmente yo no quiero ser sacrificado, pero tampoco puedo permitirme dejar de ignorarla.
 Tras un buen rato en el que yo no moví un músculo, y en el que ninguna deidad de origen azteca llegó a considerar digna mi vida, ella toma como siempre había sido costumbre la iniciativa y comienza a hablar.
-¿Crees que habrá una buena puesta de sol?
-Pues no…
-Las puestas de sol se ven realmente bellas; los colores fundiéndose juntos gradualmente para finalmente desaparecer. Es como un lienzo temporal.
…lo sé.
-¿Sabes eso que dicen sobre como la polución arrojada a la atmósfera crea una mejor puesta?
-Lo oí una vez, sí.
-Bueno, pues yo me he enterado de que eso no es así en absoluto. Lo que es bueno, porque me gusta vivir aquí, donde el aire es bastante limpio. Si fuera verdad debería moverme a una ciudad más sucia para ver puestas de sol. Ahora que lo pienso, este color viene bien con lo que he comprado…
 Anda sobre abiertos círculos tan rápido como habla. Ciertamente está ciudad no se encuentra demasiado tiznada. A veces está excesivamente viva, pero dentro de la zona, el flujo es relativamente ideal. Muchos de mis compañeros se quejaban insoportablemente sobre este lugar, pensando seguramente que si marchaban a estudiar hacia un lugar más grande, alcanzarían mágicamente todas las pequeñas cosas para las que eran demasiado cobardes, demasiado como para poder perseguirlas en su vida diaria. Estas opiniones, creo, provenían de un prisma desencantado a causa de las relaciones forjadas con la mayor parte de sus conocidos aquí. Tildar una zona de inhabitable por los colectivos de los que se forma parte. Estos quejidos contradicen el sentimiento de ciudad pequeña que emana de este lugar. Aun siendo un emplazamiento cercano a la capital, el estilo de vida ajetreado de las grandes metrópolis resulta foráneo, distante. La dispersión entre la población permite siempre un nuevo encuentro. Es algo que no he disfrutado mucho. Pocas veces la he recorrido, si acaso menos por mi propia cuenta. En consecuencia, tomaba rutas equivocadas, recorría distancias amplias, y con frecuencia aparecía donde alguien me estaba esperando una hora después de lo estipulado. Así que me hallaba perdido. Vagaba hacia ninguna parte. Conocía a desconocidos. O descubría el verde junto a las carreteras áridas de dos niveles. Estos paseos… sí, siempre me han agradado mucho. Quizá formaba parte de ese espíritu, el “romanticismo aventurero” al que mi antiguo profesor señalaba las fallas, como si fuera capaz de percibir el alma de ciertos alumnos. En retrospectiva, he dedicado muy poco tiempo a estas correrías. He honrado en mayor grado la inconsciencia del refugio. Siento que he desaprovechado algo importante...
-…nunca te lo he preguntado, ¿te gustan las naranjas?
 Sus desvaríos estaban cargando compactamente como la Falange Macedónica contra una oreja y terminando su pesada marcha en la otra, de una manera demasiada armónica como para captar algo más que el sonido de pisadas general, por lo que me tomó un par de segundos entender que su silencio había sido causado por una pregunta.
-Sí, me gustan.
-¿Quieres una naranja?
   -¿De dónde has sacado eso?
   -Te he dicho que vengo de comprar unas cuantas. Parecía adecuado con el brillo del sol.
   -Quédate tu naranja.


 El tiempo queda estancado, el sol lanza destellos que atraviesan sin dificultad al brazo orgánico que se encuentra elevado varios metros del suelo, fracasado paladín. El golpe directo en los ojos me fuerza a refrescar el rostro con mi propio brazo bañado en sudor. Empiezo a cerrar los ojos…
-Vas a sacarle un ojo a alguien.
 Me quejo sonoramente. Los desiguales hierros ya se habían acomodado a mi cuerpo. Parte de mí había viajado brevemente al mundo de los sueños. Precisamente, esta interferencia para mi tranquilidad había sido la protagonista de mi breve experiencia imaginada. Duele un poco despegar mis ojos, así como examinar mi conciencia, por la clase de alucinación impúdica que mi mente acababa de crear.
-¿Soñabas con algo bueno?
-Ha sido horrible.
-Seguro que sí.-sonreía, como si se lo tomara a broma.
 Para nada. En esos momentos, era verdaderamente el motor, el eje principal de ese mundo. La causa primera. Y pese a todo, no era completamente capaz de controlar lo que sucedía. Me había puesto un poco rojo también, pero el calor estaba apretando, así que es completamente excusable.
-No tienes remedio. Esto va en contra de tu teoría de que “las personas no son árboles.”
 Podría aparentar estar algo más desconcertada o molesta, pero mis impulsos no parecen incomodarla en absoluto. Más bien, parece poder realizar bromas así de lamentables, restándole trascendencia. Conociéndola, puedo saber que es normal que nada le importe demasiado. Supongo que siempre ha sido así. La mentalidad de que nada importa realmente tanto, al final del día.
-¡Ah, pero estoy tan contenta! “En cualquier caso, acuérdate de mí y un día nos encontraremos por casualidad en nuestro lugar prometido”. ¡Esto es lo que llaman destino! ¿Verdad?
 Había presenciado a personas mucho peores que yo, con una mentalidad tan patética como mis acciones, contorcerse agonizantes como prisioneros atados por las circunstancias debido a la fatalidad del destino. Les critiqué demasiado pronto.
-¿Por qué querías verme?
-¿Necesitas una razón? Normalmente soy bastante mala con las razones.
-Normalmente la gente molesta a otros con un motivo, por consideración.
-Entiendo lo que quieres expresar. Motivos como, una promesa, ¿no? Quiero decir, una promesa no es algo que se deba olvidar, ¿cierto? Ni siquiera alguien con una voluntad alicaída, como tú, haría algo así.
 Le cuelga la lengua, como si pretendiera atravesarme y acabarme con ella. En esas palabras se escondía un filo. Una estocada. A tal propósito, bien podría haberme propinado una patada en el estómago directamente. Cierto. Incluso incumplidas, sobrevuelan nuestras cabezas con insistencia. Cada una de ellas se adhiere horriblemente a la existencia de su conjurador. Tal como una lente capaz de ver todo espectro de luz, y lo invisible para otros. Si el ojo de una estomatópoda es captador de toda existencia, y de seres que aparecen sólo en el reino de nuestras pesadillas, los humanos en cambio deben cargar con otro terrible fantasma. A veces se elige rehuirlas entre entrecortados “es que” “imposible” y “circunstancias”. Sin embargo, otros son abrazados por esta carga impalpable y deben sentirla toda su vida.  
-Por ejemplo, está el caso de este famoso hombre.
-¿Quién?
-El pintor.
-Ehmm, ¿algo más?
-Es ciego.
-¿…Cómo…?-detengo la innecesaria pregunta, y vuelvo a cerrar mis labios antes de que puedan formular mi previsible remarcación cínica. Seguro que incluso hay vídeos del tipo en cuestión en plena labor.
-Ni idea. Ese es el punto. Pinta. Incluso aunque no puede hacer nada que llamarías arte, ¿verdad?
-Eso es relativo.
-Ese no es el asunto. Lo importante es: ¿por qué?
-¿Cómo voy a saberlo? ¿Por qué?
-No lo sé. Por eso he preguntado.
-¿…Entonces, quieres saber…?
-Creo que sus pinturas se ven muy interesantes-parpadea un par de veces-. Una vez intenté eso. Pintar con los ojos cerrados. ¿Te acuerdas?
-Preferiría que no. Tardé meses en quitar eso del suelo.
 Creo que pretende llegar a algo con esto. O no, lo mismo se le ha perdido la equivalencia de la parábola por el camino.
-Pero ese hombre es bastante singular. Hacer cosas que no puedes, únicamente porque puedes.
 Cierra los ojos y permite que el silencio interceda. Parece querer que estas palabras calen hondo. Acaece entonces mi propia sorpresa. Por alguna razón inexplicable, mi antiguo rebatidor toma la palabra.
-No tiene porque significar directamente eso. Existe mucha gente de voluntad cambiante y volátil. No necesariamente se necesita ser una persona tan decidida, con motivos para crear-añado, en un intento desesperado de cerrar la conversación-…es tan sólo un estímulo.
-Hmm…
 Se ha salido con la suya. Me ha hecho decirlo. Tal vez la razón para crear parezca incomprensible. Más bien lo es, sin ese impulso. La idea es que no considerarías realmente como defecto no tener un empuje que parece no venir de ninguna parte. Y más uno validado tan sólo por el mismo instinto que lo crea. ¿Acaso yo lo perdí? Vaya pensamiento tan lúgubre. Me deja un poco vacío por dentro. En abundantes ocasiones he llegado a la conclusión de que necesito encontrar algo. Algo con lo que estuviera menos perdido, en vez de ahogarme en la misma válvula de escape de siempre. Para dejar de estar hueco.
-¡Oh, acabo de acordarme! ¿No estabas escribiendo algo?
 Bueno, pues allá vamos.
-No me gusta hablar de eso. Me temo que no me valorarían lo suficiente. En el fondo soy un profundo representador de la realidad incomprendido. Un maestro de la psicología humana. Un patricio de corazón. Por tales razones las editoriales no me publicarán.
-Pues para no querer seguro que sueltas discursos largos.

 Siendo sincero, no tendría mucho éxito. A parte de mi propia negligencia, me imagino lo bastante desafortunado como para perder un cuarenta por ciento una semana antes de la fecha límite, por no escribir en un sistema operativo aprobado por RMS. Probablemente acabaría metiendo faltas de respeto a autores que no idolatro lo suficiente, mal disimuladas como referencias, y empleando lamentables bromas meta-textuales en cada párrafo al no ser capaz de recordar ni a qué lugar correspondían mis retazos de memoria. En busca de la novela perdida.
 Duna se detiene por un breve momento. Algo ha captado extraordinariamente su atención. De igual forma que muchas chicas de su edad, de su formación cultural, de su raza, de su intermedio eslabón en la cadena, de su misma o aproximada personalidad, se agacha como si fuera a recoger la piedra que estaba en el suelo con su mano derecha; sin embargo, no lo hizo, pues era zurda. Tras esta variación inextricable en el plan original de los hechos, la toma para sí con esa mano, con la que es menos buena para la mayoría de las personas, pero la cuál al mismo tiempo para ella resulta ser la más buena. Comienza a experimentar con ella, primero "botándola" hacia arriba, después simulando que era una mortal arma de hierro, asestando un golpe al contemplativo aire partiendo, si su ombligo fuese un punto cardinal, primero del noroeste hasta el sureste, para inmediatamente elevarlo con la fuerza de moción restante del ataque, al noreste, siguiendo una segunda carga desde este mismo punto hasta el suroeste, abrazando una vez más la inercia de manera en que su cuerpo giraba ciento ochenta grados, con la mano portadora del simulado frío acero (o nuevamente hierro, no le he preguntado) cerca de su hombro, clavando una pose simétricamente opuesta pero idéntica a la de cierto personaje también ficticio que portaba un anillo con un león, mientras hábilmente posaba su mirada en ningún lugar en particular y de manera simultánea hinchaba como un globo su mandíbula.
-Pues vaya, pensaba que querías hacer algo, antes de que arrepintieras y todo eso.
-Creo que no podría imaginar mi rostro apareciendo en la contraportada de un libro.
-Eso es fácil de entender. Pero oye, los autores que aparecen adustos son muy comunes.
-¿A qué te refieres exactamente con adusto?
-No puedes evitar ser como eres. Quizás tengas una cara que dice “estoy harto de la vida”, pero, eh, así son los cínicos, ¿no?

   Quiero responder a ese ataque gratuito, sin embargo me muerdo la lengua, al menos en un principio. Usar lógica con ella no tiene mucho sentido, pero no hay más remedio. Es sencillo hablar de crear algo, pero, ¿de dónde saca uno las ideas? Si existe un impulso, el siguiente paso lógico propondría que las ideas tienen un propósito. Y tampoco pueden proceder de ninguna parte. Descartadas las musas, aún no es negado un origen. Al presuponer que se elige hacer algo al azar, la realidad es que ya se ha tomado una decisión. Tal libertad estética no existe, pues. Hay una meta, por más etérea e insustancial que luzca. Algo a lo que se elige subyugarse, se haga lo que se haga. Al considerar de tal manera, a cada momento me encuentro más convencido de que trato de engañarme a mí mismo. Otra vez desfilan las justificaciones. Este tren de pensamientos busca la excusa como destinación.

    -Casi te envidio. Tienes algo con lo que expresarte a ti mismo. Debe de ser genial, ser capaz de mostrarte verdaderamente como eres.
 Ante la desmoralizada expresión que mi rostro presenta un instante, el rostro de Duna se torna por vez primera inseguro.
-Verás, sucede que no estoy demasiado seguro de quien soy.  
-Pero…
 A todos medios preferiría no hablar de esto. Afortunadamente, parece que se da cuenta, y tras superar su confusión, inclina su rostro un poco hacia el lado, derritiendo su expresión de vuelta a aquella acostumbrada.
-Está bien. Soy buena olvidando cosas.
 No puedo leer su gesto. Tal vez tengo una ligera idea, pero nuevamente soy terrible interpretando su humor.
-Así que de verdad no quieres seguir intentándolo… o mejor dicho, ¿no sabes si quieres? ¿No puedes decidir?
 Permanezco callado por un rato, arreglando mis pensamientos. Duna se da la vuelta y observa algún punto en la distancia. El silencio sólo es alterado por el llamado de los pájaros escondidos en alguna parte de las copas de los árboles. Su trino es relevado por el murmullo de las hojas, al emprender las aves vuelo.
-Quizá. No estoy seguro de poder elaborar algo así. Por ahora sólo he escrito por mí mismo. No creo que pudiera mostrar nada a otros de la manera en la que soy ahora. Este yo no podría hacerlo.
 Mientras artículo estas mismas palabras sé que suenan como una débil excusa. Frunzo el ceño mientras me tapo la cara, deseando que no se dé cuenta.
 -Convertirse en alguien que pueda hacer esto podría ser muy difícil. Quizá no sea en absoluto capaz.
-…
-Estoy yendo, impotente, junto a la corriente, sin poder hacer nada. Es como estar flotando inmóvil en el agua. Como si no pudiera ni siquiera respirar.
 Tampoco es exactamente así. En el agua siempre me he sentido relajado, yo mismo. Trato de expresarme mejor.
-Siento una especie de presión, cerniéndose sobre el aire. No me permite elegir. Me oprime. No puedo enfrentarla… No puedo hacer nada.
 Duna se vuelve nuevamente para tenerme de cara. Muestra una apenada expresión en su rostro.
-¿Es por eso que pareces tan triste todo el tiempo?
-No parezco estar triste todo el tiempo. Sólo… no sé cómo debería estar sintiéndome. Tal vez he perdido la capacidad de elegir incluso eso.
 Tengo que pensar unos pocos segundos sobre qué dirección debería tomar esta conversación, pero me doy cuenta de que no importa. Los aspersores se han apagado. Es bastante fácil de notar en este silencio. Levantándome sin ningún ruido, me dirijo hasta la anterior parte del parque. Me encamino hacia un imponente fresno con una “Y” grabada que aún exhibe sus verdes hojas. Al alcanzar su tronco, me arrojo a la cama de la vegetación, apoyado en la quebradiza madera. Tras mostrar su inquietud y revolverse durante medio minuto, Duna también se sienta, unos dos pies separada de mí. Reposando en la húmeda tierra, somos envueltos en el abrazo de la naturaleza, y su quietud incide sobre nosotros. Puedo sentir el tiempo pasar tranquilamente.
 Los pedazos de luz son esparcidos alrededor del pequeño claro en un patrón eco del manto extendido por el fresno. Uno de ellos remacha directo sobre mí, calentándome en toda mi esencia hasta los huesos.
 Mi vista reposa en Duna. Repetidamente, su cuello queda erguido toda la distancia hacia atrás, estirado, pálido, semejante a la pieza de una cigüeña blanca que comparte la misma denominación. Otea alto, al pedazo de cielo visible pasado el manto del fresno con la “Y”.
 Como alternativa, mira fijamente al frente, sin poder comprender, como si percibiera algo fuera de su alcance. Susurra para sí tan quedamente que no puedo escucharla, a pesar de la poca distancia que nos separa. Sólo sus labios se mueven, quizá presa en un lejano sueño.
 Simplificada a los términos comunes de nuestra razón, la elección no es tan enrevesada. Permanecer sumergido bajo ese peso, o tratar de alcanzar un vago, indefinido “mejor”. Sigo convencido de que no puedo continuar así eternamente. Cambiar. Alcanzada tal resolución, respiro profundamente por primera vez en mucho tiempo. Desvío el cuello hacia el cielo que embelesa a Duna. Este ha cambiado a un profundo azul de ultramar. La luz abandonada a su suerte hace cientos de miles de años por el centelleo de un conjunto de estrellas brilla sobre nosotros, apenas visible, como diminutas luciérnagas. Anochece. Un incesante sentimiento dentro de mí me repite que no debo decepcionar…
 Por supuesto, nada más pasa. Creo que Duna quería algo inalcanzable. Sus expectaciones son demasiado altas, y dentro de su cabezo siempre habrá fallado. Mientras en uno de estos dramas suele aparecer una progresión lógica, estallidos repentinos de emociones y una resolución clara, la vida diaria de muchos, por otra parta, sólo esta rellena de nebulosas y vagas ansiedades.
 Nos disponemos a marchar cada uno por nuestro lado, cuando el sonido de sus pisadas para, y me descubro sincronizándome con ella.
-Incluso si aún no puedes comprenderlo…
-Ya te lo dije. Es imposible.
-¿Por qué? ¿Por qué dices eso cuando me hiciste sentir de otra manera?
 Su rostro caído, se eleva, encendiéndose. Es como si creyera poder explicar a un tipo que abusa de la palabra “pretencioso” una abstrusa obra simbolista. Es una luz artificial, extraña.
-Yo siempre estaré esperando… por ti… a que vuelvas a ser la misma persona de aquel entonces.
 Y sin pronunciar una sola palabra más, se marcha. Las ondas de las ramas rotas en la lejanía como última prueba de su existencia.
 Levanto un poco mi mirada, hasta los más lejanos zafiros. Allí, esa estrella del montón seguía emitiendo, creando luz. ¿Qué importará dentro de cientos de miles de años la basura que yo haya escrito?

 Tan perdido en mis pensamientos, ni siquiera había echado mano a mis llaves mientras subía por las escaleras. En estos momentos obligatorios de pausa frente al portal, oigo una voz.
-Será sólo una forma de custodia. Un trato preferencial. Sería más acorde para ti, ¿no crees?-pausa-No acabarás como ellos.
 Qué raro. ¿Una visita? El flujo torrencial se había detenido hacía un año. Por alguna razón, ya no eran comunes, no desde que habíamos dejado de vivir en nuestro antiguo campo.
-Vaya, vaya. Esta que me presentas es una oferta un tanto agresiva.
-Bueno… nunca hemos estado en igualdad de condiciones, ¿cierto?
 Pasos hacia la puerta. Me apresuro a llegar en unos pocos varoniles pero bien silenciosos saltos al siguiente nivel de la escalera. ¿Qué diablos estoy haciendo? ¿Por qué voy a esconderme? Regreso sobre mis pasos a tiempo para mostrar mi mayor desinterés en el trajeado que cruza el umbral. Una sonrisa, o más bien una mueca estúpida crispa su rostro, y mi ya alterado humor.
-Oye, no me gusta que un viejo como tú me mire de esa manera. No hay atracción.
 Sus dientes parecen emitir una respuesta, crujiendo y permitiendo que escape lo que aparenta ser una risa perturbadora, de esas que escupen. Tras esta respuesta, se desliza sin mover un solo músculo de la cara.
 Al entrar en la salita le veo a él. Porta una taza de té y su perenne sonrisa, tan eterna como el fresno de la “Y”.
-¿Qué era eso?
-Ah, has vuelto. ¿Qué clase de maravilla buscabas, capaz de mantener tu interés hasta tan entrada la noche? Y para mantenerte tan inquisitivo como para hablarme… ¿Una mujer?
-Eso a ti no te importa…
-Así que es una mujer. ¿Es una virgen?
-¡Ah, sí que eres persistente! ¡He dicho que no es asunto tuyo! ¿O me dejarías tranquilo si te lo dijera?
-Quizá lo consideraría.
-¡Mentira! ¡Eso es definitivamente mentira!
 Sin previo aviso, rompe a reír de una manera casi humana. Es un sonido poco habitual. En la puerta, Elisa espía con un rostro cargado de odio. No pensé que fuera mucho de lo que preocuparse… y ahí va el pomo de la puerta.
-¿Qué sucede, Eli? ¿Por qué destruirías repentinamente los bienes de la casa de esa manera?-dice mientras ve rodar el pomo con neutralidad-
-No lo merece. No sirve para nada. Me niego a aceptar que es lo mismo que nosotros…
-Estás equivocada. El origen de Raz es tan elevado como el nuestro. Sin importar a donde vaya, esto no cambia. Ni cambia el hecho de que es tu hermano mayor.
-¡No! Es una carga… ¡Debería de volver a desaparecer! No lo necesitas. ¡Yo soy mejor que él!
-Por desgracia, Eli, estás similarmente equivocada sobre eso.
-¿Por qué te muestras preferencial con él? ¡No lo entiendo!
 Un poco cargado del melodrama repentino desatado en mi propia casa, intervengo renuente.
-Pfff, no has cambiado nada. ¿Estás montando un espectáculo como este sólo porque tu hermano no está manipulándome por un segundo?
-Tú no entenderías como me siento.
-Estamos iguales, entonces. Actuamos ambos irracionalmente. Tú sólo estás haciendo esto por nuestro hermano, mientras que yo tengo mis propios motivos para encontrarme tan desesperado como para llegar a soportar vuestra visita. Y adivina qué. La solución para ambas partes está aquí.
-Te has convertido en un buen orador. Paciencia, Eli. Debería quedar arreglado esta noche. Así pues, mi querido, querido hermano Raz…-esboza una sonrisa que congelaría ríos de lava-…es momento de solucionar todo este asunto.



  Pasado ese día, comencé a depender más de Sendi. No volví a ver a Duna, y por fortuna estos dos desaparecieron tan pronto como vinieron.
 Ella siempre había sido cálida, afectuosa, de carácter sereno. El tono pálido de áureo de su pelo, casi platino así como su rostro blanquecino daban una imagen de pureza y perfección.
-¿Cómo estás?
-Bien…
-Eso es bueno.
 Parece expectante, como si hubiera algo que se supone que debía decir. Me mira con el cuello inclinado y ojos bien en alto.
-Oye, ¿sabes qué día es? Hoy es el aniversario del día que nos conocimos. ¿Así que, quieres hacer algo?
-…Sólo quedémonos en casa juntos.
-¿Estás seguro? Eso es un poco aburrido.
 La expresión de Sendi había cambiado tan fugazmente como es costumbre de una posición insegura, a una cálida y comprensiva. Realmente, este aniversario no significa demasiado para mí...
-Es sólo otro día…
-¿Disculpa?
-Q-quiero decir…
Sé que si le hubiera dicho que se me había olvidado, me habría perdonado con una sonrisa, sin necesidad de pedir disculpas. O que debería decir lo que pensaba. Sin embargo…
-…Hemos estado juntos tanto tiempo…
-Cierto-sonreía mostrando sus dientes-.
-…Y, um, bueno… Cada día que estoy contigo es tan especial como el anterior.
 Por el amor de Dios.
-Claro. ¡Eso es tan cursi! ¡Muy buena!
-No, lo digo en serio.
-Ja, ja, ¿de verdad?
-Sí. Supongo que es un poco exagerado, pero me alegra poder contar contigo cada día.
 Otra vez cayendo en lo mismo. Sólo dije eso para que se sintiera mejor. Y quizá para mí mismo. Pasaron un par de horas. De nuevo me asaltaba este sentimiento asfixiante. Tal vez me estoy arrepintiendo de no haber hecho lo que debería. La verdad, ella ni siquiera tendría una razón para molestarse si le dijera que pensaba que este día no era especial. Este aniversario no es un día bueno o feliz para mí. Pese a ello, seguí la corriente. Siempre acabo haciendo lo mismo. Recuerdo que hace un año tuvimos una discusión, por la que se molestó bastante. La seguí hasta el parque. Andaba a su lado. Bueno, más bien un poco detrás.

-¿No vas a decir nada?
-…No puedo pensar en nada.
-Je. Estoy cansada. No quiero ayudarte más.- su boca dibujó un arco que pretendía ser malicioso, pero fue inmediatamente borrado para crear un puchero de aburrimiento- Dependes demasiado de mí.
-No me importa.
-¿Oh, de verdad? ¿Así que estarías bien si dejara de ayudarte por completo?…No lo estarías. Je… ¿De verdad crees que puedes arreglártelas por ti mismo?
   -Sí. Bueno, me gustaría intentarlo.
   -Je. Y vuelve corriendo luego cuando falles.
   -No si no vas a ayudarme.
   -…-abrió la boca, sorprendida- No seas así… Sabes que siempre te ayudaré. No importa lo malas que parezcan las cosas.
 Discutimos un poco más de camino a casa. Creí darme cuenta de que no la quería cerca de mí. Me amenazaba con marcharse, pero ella parecía más asustada de ello que yo.
   -Necesitamos hablar.
   -Eso nunca es bueno… ¿No podemos seguir como siempre? ¿Está bien así, no?
 Quise contestar que no, que no podía seguir así por más tiempo, pero…
-Tal vez.
-Bien. ¿Qué es lo que te ha enfadado, de todas formas?
No podía creerlo. ¿De verdad tenía que decírselo?
-Olvídalo.
-…No. No puedes simplemente pedirme que te ignore.
-No es nada.
-Sé que te pasa algo, pero si no quieres hablar sobre ello…no hay nada que pueda hacer.
Calló un momento, hasta que encontró nuevamente mis ojos.
-Desearía que me dejaras ayudarte.

Desee que  pudiera decidir por mí mismo. Desee que nunca la hubiera conocido, porque ahora estaba atrapado con ella.
-Está bien.-dije- No estoy feliz con como están las cosas.
-…Dale tiempo. Yo puedo ayudar a que no te sientas solo más… Si me dejas. Es sólo un mal remiendo. No tienes que decidir nada por ahora. Dale un poco de tiempo. Estoy segura de que las cosas mejorarán.
 Y efectivamente, cambié mi parecer poco después. Me conoce demasiado. Quizá tenerla siempre a mi lado daba un poco de miedo, pero estar solo sería aún peor. No tengo poder para detenerla. Soy demasiado patético para vivir sin ella. Tal vez no podré encontrar lo que quiero, pero tampoco tendré que soportar tristeza. No necesito respuestas o soluciones absolutas. Podemos estar así para siempre.

 Dejé que me persuadiera. Pasó así un año más. No pensé que volvería a preguntarme esto otra vez.
-Creo que voy a salir a tomar un paseo.
-¿Hm? Vale…
 Me sorprende lo inconsciente que puede llegar a ser respecto a mis pensamientos. O quizá sí se da cuenta, pero a pesar de dudar tanto, siempre acabo dependiendo de ella, por lo que no le importa.
 La ciudad está ajetreada. Como un colmenero. Gente entrando y saliendo por todas partes. Quería perderme entre la multitud por un rato. Tal vez así incluso podría sentirme como una persona normal al menos un poco de tiempo. Sin embargo, entonces… oigo a alguien.
-¡Espera! ¡Oye, espera!
-Oh, hola.
Era ella, por supuesto. ¿Qué estaba haciendo aquí? ¿De dónde diablos había salido?
-L-lo siento. Creí que te gustaría que te hiciera compañía.
-No, estoy bien. De hecho, quería hacer algunas cosas solo.
-Ah, ya entiendo…
-¿Eh?
-¿Así que vas a comprarme algo? Está bien, te dejaré un rato a tu aire, entonces.
 No, solo quería estar solo… Deambulo por la ciudad alrededor de un par de horas. No sé si me siento demasiado solo, o cansado, pero el ir y venir de la gente empieza a marearme. Trato de no pensar en ella. La última vez que lo hice en una situación similar, apareció de la nada, como si me hubiera estado siguiendo. No sé como lo hace.
 Decido tomar un respiro y buscar un sitio donde sentarme. Por supuesto, me encuentro rápidamente en el parque. Me alegro de este tiempo solo. Un poco de tiempo en el que no sintiera su apremiante presencia. Vago errante cual nómada por el parque un par de minutos. Al contrario que Elessar, yo sí parezco haberme perdido. Comienzo a notarme ligeramente sin rumbo. Decido andar un poco más. Sueño despierto. Me encuentro un poco mejor. Como si la niebla se estuviera disipando.
 Tras un buen rato acabo sentado en la hierba, viendo a la gente pasar. Apiñados en pares o en grupos… Me provocan sentirme desconectado de todo. Supongo que esto es bueno; al venir aquí pretendía relajarme un poco. Como consecuencia de esta mejoría, mi mente se aviva. Trato de asir el paso del tiempo, pero aún me resulta un poco complicado. Me he acostumbrado a tratar trivialidades tales como detalles sin importancia, mientras me dejo fluir. Y así todo era lo mismo, sin importar que. Redescubrir ahora la importancia del tiempo es un evento extrañamente desorientador. Pronto me encuentro disfrutando de la actividad que desarrolla mi mente, contrastada con la desocupación de mi estado físico.
 Debato sobre lo que debía hacer. Por mucho que lo deseaba, consideraba demasiado arriesgado perder la única cosa fiable de la que disponía. Lo único de lo que podía depender. Empeoro. “Sabía que era una mala idea venir aquí solo.” Pensar así hace que me dé cuenta de que no me las he estado apañando de la forma más saludable. Me guste o no, tiene que parar. No puedo seguir atrapado para siempre. ¿O podía? La pregunta, débil por naturaleza, me irrita. No creo que las cosas hayan cambiado a mejor…
 De vuelta a donde empezamos. Al final pasé el resto del día con ella.
-¿Por qué estás aquí?
-Querías que pasáramos el día aquí, ¿no?
-No me refiero a eso. Si no a por qué te quedas conmigo.
-Ah, bueno. ¿Simple, no? Me necesitas. Mientras lo hagas, estoy feliz de estar contigo.
 Es el día posterior a nuestro aniversario. Siento una clase de excitación nervioso. Es difícil mantener a mis manos de temblar. Tengo esta presión sorda en mi cabeza…
-¿Hum?-me inquiere con la mirada-
-Estaba pensando.
-¡Para variar!
-Ja,ja. Es sólo… he estado pensando… que deberíamos…
 Otra vez con lo mismo.
-Creo que necesitamos estar más cerca. Aún hay más cosas que quiero saber de ti.
-¿De verdad? ¿No bromeas?
-…Sí.
-Bueno, la decisión siempre te la he dejado a ti. Si crees que es el momento.
 No puedo aguantar más. Tengo que decidir ya, incluso si es una elección arriesgada. Sigo atrapado en el mismo punto. Quizá no necesito controlar todo… Quizá entregarme ayudará.

 Esa noche estuvimos más cerca de lo que nunca habíamos estado. Me sentí aliviado, tras al fin haberlo hecho…



  Al abrir lentamente mis ojos, una brillante, blanca luz asalta mis retinas. Yazco donde estoy, mirando al frente atolondrado, mientras mis dispersos pensamientos se funden poco a poco en mi mente, aún a la espera de despertar. Lenta pero inexorablemente, la luz incolora se concentra mientras una escueta expansión comienza a ser dibujada a través de mi campo de visión. Es sólo al distinguir la lámpara cuando consigo comprender que estoy contemplando el techo sobre mi cabeza. Incorporándome con dificultades, absorbo silenciosamente a través de mis sentidos los detalles de la habitación en la que me encuentro. Un fuerte olor a lejía cuelga en el aire, conduciendo a la impresión de un lugar ligeramente demasiado limpio como para ser ordinario. Inofensivas paredes de un pálido melocotón, pintadas sin tolerar una sola grieta o imperfección. Un cuadro colgado en la pared, inmejorablemente alineado. Sus colores son fríos, apagados, débiles. Resulta tan soporífero e inofensivo como las paredes.
 Mi atención es atrapada por la translúcida cortina agitándose, mis ojos tratando de discernir, atravesándola, aquel puente al exterior que cubre. Con mi cuerpo aún aletargado, decido permanecer quieto y únicamente mirar alrededor de su desnuda esquina. Más allá de la tupida vegetación de varios árboles de notable tamaño, puedo ver el follaje debajo de ellas, en un prado. El habitual islote de verde en las afueras de la ciudad, montículo confinado por el obrar del hombre. Juzgando por el brillo joven e idealista que emite el sol afuera, es pronto en la mañana.
 Dejo escapar un prolongado y exhausto suspiro, mientras mi cabeza termina de organizar los disgregados recuerdos, mostrados ante mí irregularmente, al tiempo que las emociones que desencadenaron este final y las consecuencias que va a acarrear hacen mella en lo poco que queda de mi conciencia. El silencio de la habitación repentinamente se torna opresivo.
 Así que ha llegado a esto. Tuve mi oportunidad para dejar, para corregir mi fallo, y la he fastidiado. Ya fuera yo el culpable por renegar del camino que creí elegir, o mi cuerpo por entregarse con tanta facilidad, a estas alturas no posee relevancia. Incluso sin haber creado las cosas, uno puede cambiarlas. Debería ser tan sencilla la práctica como la misma teoría, pues si existe un vínculo entre el mundo y la persona en concreto, basta con empezar por uno mismo. Pese a creer eso, mis acciones distan abismalmente de mi forma de pensar. Tal vez es el miedo. Quizá antes de conocerla, todo era mejor. Sin embargo, nada me garantiza que mi vida será mejor cuando se marche.
 Quedo tumbado de vuelta en la cama. Envuelto por sus amiláceos rieles, al abrazo de las argénteas sábanas, no encuentro descanso. La luz es demasiado brillante. Supongo que quiere manifestar con énfasis como estos lugares pertenecen a otro mundo. Me dispongo a descansar más cuando me doy cuenta de que ya no estoy solo.
-Has tenido suerte esta vez.
-Eh, ¿cuándo podré marcharme a casa?
-Tendrás la visita del doctor a primera hora de la mañana, y entonces veremos.
-Claro…
 Bajo la vista, incapaz de soportar los ojos acusativos de la mujer.
-¿Te sientes mejor ahora?
-…Sí.
-Entonces… ¿por qué lo hiciste?


 Me siento genial. Jamás debí haber pensado en dejarla. Nunca debería haber dudado que la necesitaba. ¿Por qué debería seguir moviendo la roca? ¿Qué ganaré de ello? ¿Cesará la indiferencia? El orgullo de seguirle el juego a la vida no vale la pena… No es un esfuerzo del implacable, sino del desesperado. Similar al viador, que se define como racional, aún cuando lo que pide es inverosímil. Todos estos fantasmas, estas expectaciones demasiado elevadas, intentos vanos de comprender, me han cegado. Huyendo de los valores de los demás, he quedado atrapado en mis propias ideas. Pero ya no más.
 Por supuesto no fue problema salir del hospital. Fue fácil, porque, honestamente, nunca me he sentido tan bien. Completo Mis defectos me definen tanto como mis buenas cualidades. La necesito para continuar siendo yo mismo. Para mantener mi personalidad. La necesito para ser feliz.

























  Aquí concluyen los escritos de Sebastián R. Siod Samhain.

Al final, no pudo cambiar ni sus circunstancias, ni a sí mismo. He visto como ha fallado una persona más. Ya he vivido suficiente tiempo a través de estos casos. No puedo continuar con esta profesión. Por ello, amigo mío, ha llegado el momento de separarnos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario