Bueno, entonces... Si debo hablar a alguien
de Sendi Cade, supongo que debo recordar aquellos días lejanos ya, hacia el
inicio de mi adolescencia. Fue entonces cuando la conocí. Ella se envolvió
firmemente a mi brazo derecho, pasando a formar una parte más de mi vida desde
entonces. Sí, creo que este es un buen comienzo.
No crea, por favor, que siempre fue tan ubicua en mi vida como en estos momentos. Previamente, escalando mis antiguas memorias, podría adecuar su presencia a la personalidad anodina de la que hacía ejemplo. La gente que me rodeaba bien podía no saber de su existencia. Incluso para mí, nuestra relación era banal. Quizá sólo la consideraba un elemento más, una pequeña pieza del inmenso mundo que me rodeaba. Sabía recurrir a otras cosas, a otras personas, para que ese doloroso aburrimiento que solía asaltarme remitiera.
No crea, por favor, que siempre fue tan ubicua en mi vida como en estos momentos. Previamente, escalando mis antiguas memorias, podría adecuar su presencia a la personalidad anodina de la que hacía ejemplo. La gente que me rodeaba bien podía no saber de su existencia. Incluso para mí, nuestra relación era banal. Quizá sólo la consideraba un elemento más, una pequeña pieza del inmenso mundo que me rodeaba. Sabía recurrir a otras cosas, a otras personas, para que ese doloroso aburrimiento que solía asaltarme remitiera.
Mirado en retrospectiva, mis
inicios con ella me sumieron aún más en la abulia. Tras la excitación inicial,
me asaltó un torrente de indiferencia, una flema pegajosa, sin duda superior a
la apatía inquieta que me definía anteriormente. Así, acabe arrastrado hacia
esta relación, quizá por la mera razón de que no había nada mejor que hacer.
Mucha gente se encontraba en mi misma situación, así que ¿por qué no? Ya le hice
entender que estos manuscritos son parte de mi intento de descubrir si
realmente quiero esto. Es algo que quiero elegir por mi cuenta, en cualquier
caso. Todo lo que prosiguiera a partir de este punto tratará en última
instancia de aclarar para mí la decisión que tomaré. Sé que esto puede
ofenderle, pero comprenda que tal modo de vida es el que he llevado hasta
ahora. Aunque ya no esté tan seguro de que esto sea completamente cierto.
Teñido por el tenue gris del
desencanto, como búsqueda de consuelo es raro no atacar con frivolidad a quien
ha permutado en tan gran medida todo lo que soy. No obstante, yo, que he
crecido hastiado de tal fenómeno, que he visto sucederse con mayor frecuencia
los círculos de personas dedicados a tal fin que el baile vivaz de las hojas de
cerezo en flor, como cristalina extrañeza, me abstendré de tal ejercicio.
Cierto que resiente el espíritu la poca energía con la que afronto cada
situación; sin embargo, mientras le escribo, una sonrisa también aparece en mi
rostro. Aunque ha apagado parte de ese ardor, mis pequeños hábitos, también han
sido extinguidos. Puedo emprender estas tareas sin que una parte de mí escape.
Toda compulsión ha sido por fin controlada. Que yo haya cambiado desde nuestro
encuentro no tiene porque ser algo malo. Trataré de sumergirme en la renegrida
humedad del pantano, para discernir que soy tras haber sido mecido en la
corriente durante tanto tiempo.
También me atemoriza que, destruido nuestro
ligamiento, estoy seguro de que me encontraría en un terreno fuera de toda comprensión,
forzado nuevamente a crear, a conducirme por mí mismo. Saber que acabaría
postrado frente a este escenario me provoca una inquietud que sigue un trazo
antitético. Tal como mis cualidades artísticas e interpretativas, es algo que
deseo emprender profundamente, que me provocaría un gran deleite, lo que es
más, ofrecida la posibilidad levantaría vehementemente el telón para gesticular
con tal enardecimiento y fogosidad que el público creería estar viendo
reencarnado a un verdadero héroe griego. Por otra parte, comienzo
inexplicablemente a temblar de forma al menos notable cuando debo hablar
delante de multitudes. Es otra de esas cosas que no me sucedieron nunca de
pequeño. Diablos, ni en mi primera comunión.
Eso no venía mucho al caso.
Tratando de volver a lo que importa, al analizar esa inseguridad sobre si me
agrada su presencia, esa fugaz ocurrencia de abandonarla, me sobreviene el
cálido recuerdo de Duna Volt. Aludiré uno de mis últimos encuentros con ella.
He pasado dos semanas sin ver a Sendi, y me
encuentro excesivamente aburrido. Otra vez esa sensación que albergaba de niño,
antes de llegar a la adolescencia. El tipo de tedio insoportable que no se
puede borrar de la mente. Contrario al sosegado sopor habitual, ya comprendí en
pasadas experiencias que esta sensación viene impulsada por un anhelo
impaciente y nervioso. Consciente asimismo de que nada la aplacaría, tras haber
dado vueltas y vueltas por la habitación comienzo a revolverme en la cama. La
porfía pesadez que causaban las desgraciadamente demasiado discernibles voces
de la televisión del salón aviva con celeridad mi furor. No podría pasar el día
entregado a la haraganería. No con un sonido de fondo tan terrible para todo lo
que es humano. No con el propio fastidio hacia todo que emana de mí. No puedo
evitar escuchar parte de la serie con la que mi hermana estaba malgastando
felizmente el tiempo. Recordé los repetitivos redundantes y refritos anuncios:
Un tipo vestido completamente de negro y la mirada perdida. "Una trágica historia
de un joven solitario que carga con las dificultades insalvables de su
destino", anunciaba una voz en off. Un pobre perturbado con el que
identificarse. Un problema que podría solucionar por su cuenta. Curiosamente,
el único rasgo que verdaderamente comparte con sus espectadores. A pesar de su
desgracia, el compendio de sus habilidades era adecuado siempre a lo que
requerían las leyes de su universo. Adicionalmente, pese a ser frío, trabajar
en solitario y perforarse los oídos con Crawling in my skin, poseía, por
alguna razón precisa para la historia, unas capacidades para atraer miembros
del género opuesto tales que incluso el emperador Jahangir sentiría envidia. El
protagonista, acorde con su audiencia, pasaba más tiempo lamentándose por su
destino que cambiándolo. Una historia de inútiles para inútiles. Un
protagonista patético, plañidero y pedante. ¿Qué clase de persona disfruta con
esta basura?
-Lo único que sé, es que
nuestro destino depende de él.
El desencadenante. Tras musitar unos comentarios
sobre el contenido del alcantarillado de la ciudad y la naturaleza innata de
las señoras de compañía, me arrastro con la espalda encorvada por el pasillo y
salgo tan raudo como me es humanamente posible, usando la puerta.
Tras abandonar el portal, me acaricia el
rostro una hálito de polvo cargado de viento. Encontrándome ya en la calle, únicamente
es posible un destino al que dirigirme. El mejor parque de la ciudad. Se había
considerado siempre un lugar de paso, una ruta opcional por la que se precisaba
andar más. Poco común su elección en un mundo en el que hasta los niños hacen
cola por las escaleras mecánicas. No cabe duda, allí podré achatar mi cara larga
sin molestias innecesarias. Muchos pasean por allí, pero nadie planea ir para
celebrar el festejo sin significado de cada noche.
Aún con todo, estando algo más animado por tal
promesa de tranquilidad, algo no estaba bien. Como si sintiera un espíritu
horripilante en mi santuario sagrado. Una “cosa” negra arrastrándose por el
suelo. Un mal presentimiento me previene, pero ¿qué otra cosa puedo hacer? Sin
Sendi me encuentro muy energético como para descansar, y demasiado derrengado
como para poder hacer algo de provecho. No tenía otro lugar al que acudir.
Preparado para lo peor, me dirijo con paso luctuoso, fúnebre, pero dispuesto a
soportar la tragedia con dignidad, a la manera inglesa, o a sufrirla de todas
maneras, como cualquier inocente en un país enemigo de Churchill.
El parque no respira mucha vida. Llama
bastante la atención un tipo entrado en sus veinte, con el pelo blanco,
ligeramente rizado. Sus párpados medio cerrados se asemejan a los de un pescado
muerto. Lee con poca atención un tebeo para niños mientras se hurga la nariz.
Por su extraño atuendo diría que es uno de esos personajes con afición a los disfraces.
Incluso porta un arma de juguete. Gruño, reconociendo las características de
una bokken. He oído que éstas son bastante más peligrosas de lo que aparentan.
En el suelo, a pocos pasos, descansa en paz una bolsa de dulces de la que no resta
ni las pequeñas partículas de azúcar. A su lado, vislumbro al maestro del
parque. Una pintoresca criatura con barba y gafas de sol. Pasa aquí sus días,
como un bien del ayuntamiento más. Tal ocupación es la que le vale su
sobrenombre. “Una vez que una flor se ha marchitado, ya no puede volver a
florecer”; esta es su respuesta para aquellos que indagan en sus razones. Ambos
parecen inconfortablemente cercanos. Tampoco puedo ver a nadie más alrededor.
Es un poco estremecedor. Convencido de que puedo encontrar un sitio mejor, marcho
con paso ligero a la otra punta del parque.
El verde toldo que cubría a tantas parejas en
verano ha sido retirado. En su lugar, a nivel de suelo se habían apilado
astillas para crear una sinfonía que acompañara los pasos de los viandantes en
el callado otoño. Sigo la ruta que dirige a una zona más profunda del parque.
Por esta zona no puedo evitar distraerme, bañado por el festival de color. Los
arces susurran al viento; su manto bermellón designa zonas de brisa fresca
donde las sombras reposan. Capto un fuerte olor. La tierra se infunde en mi
cuerpo por medio de su aroma. Los callados troncos grises y marrones a ambos
lados marcan la trayectoria, salpicados con helechos y maleza.
A medio camino topo con un hombre también muy
colorido, y a la vez moderno, rodeado de compañeras. Sentados en el césped,
cuentan historias y están divirtiéndose ostensiblemente. El timbre vocal que
percibo es idéntico al que siempre atribuí dentro de mi cabeza a aquellos
personajes masculinos del Decamerón.
-O sea, llevaba, tía, te lo
juro, ¡unos pantalones taaan horteras! ¡Horrendo! ¡Qué-hombre-tan-horrendo!
Distingo en un destello la pancarta “Todos los
hombres son violadores”, que gusta de cabriolar junto a la dicharachera mano
del varón. Espantado por la alta frecuencia de sus sonidos, prosigo mi camino.
Mi destino se acerca. Disimuladamente, respiro
entre mis manos ahuecadas al tiempo que froto las mismas. Lejos de querer
protegerlas de un frío inexistente, mi intención es pedir a los dioses que no
se produzca el encuentro que tanto me atemoriza. Excuso mi carestía,
pretendiendo obtener tal favor pese a no poder presentar una dádiva en estos
momentos. El silencio ocupa todo el lugar, pese a mis pesados pasos. Resignado
a mis suposiciones, avanzo con los ojos cerrados, antes de poder otear la zona
restante con un golpe de vista. Calculo mentalmente, mientras recorro la
distancia que dista. Una ligera brisa provoca el traqueteo de las suspendidas
ramas desnudas, como si fueran campanillas de madera. Al llegar allí, me
detengo en seco. Abro los ojos. Y justo enfrente mía, mi peor pesadilla.
Allí
estaba, justo como me temía. Su cuello se movió junto a la dulce, embriagadora
brisa cálida, que provocaba una armoniosa danza de su cabello negro. Este
desprendía destellos cegadores, entrecerrándome los ojos. Era como si quisiera
devolverle al sol del ocaso su brillo lleno de vida.
-Has venido.
Sus labios se tornan en una
sonrisa autosuficiente. Algo en ese tono escarlata me impedía despreciarla como
era debido. En su lugar, el término “encantador” atravesó demasiado veloz mi
mente como para poder reprimirlo.
-¿De qué estás hablando? Me
gusta venir aquí. Has… creo que tienes la idea equivocada.
-Así que recibiste el
mensaje.
-¿Qué mensaje? No uso el
teléfono. Ya no tengo asuntos que atender. Es sólo parte de mi rutina venir
aquí.
-Pero aquí sólo vienes los
sábados. Te quedas embobado mirando las estrellas durante un buen rato, y si no
te duermes, te vas.
¿Quién empieza una frase con “pero”? Peor aún,
¿cómo sabe todo eso?
-¿Acaso formas parte de mi
cuerpo?
-Quizásss.
Es “quizá”. No parece que vaya a irse. Si bien
es un incordio tenerla revoloteando alrededor, yo, por mi parte, no tengo la
menor intención de moverme. Tal vez por orgullo. Tal vez porque es ese momento
del día en el que, al reposar al cobijo de los teñidos arces, con la punzante
caricia de la espesa vegetación, al abrazo de las malvas orquídeas y arropado
por el sedante ardor del sol, uno aún no podría relajarse, probablemente a
causa del excesivo frescor que proporcionan en el rostro los aspersores en
máximo funcionamiento. Esa otra opción queda pues descartada. Forzado de nuevo
a tomar una decisión sin alternativas, me repudio a mí mismo mientras me dejo
caer en el banco que me invita a reposar.
Cada banco constaba de un par enfrente suyo, a
unos escasos centímetros. A la izquierda del banco, un híbrido espantoso entre hiedra
y árbol, cobijado dentro de una maceta metálica, eleva su único brazo,
dejándolo extendido hacia el cielo. Pese a que algunas voces claman la precisa
exactitud de la biología sobre las ciencias humanas, realmente no puede saberse
si obra de tal forma para proteger de las inclemencias del mismo a cualquier
humano que pasara por aquí, o si para alcanzar ese cielo. A la derecha, el
mismo extraño ser tenía lugar, y, como si renunciara a su individualidad,
realizaba la misma acción que su par de la izquierda. De esta simbiosis nace
una suerte de extremidad capaz de levitar pese a la falta de una avanzada
tecnología. Este patrón se repite una cantidad cuantiosa de ocasiones, hasta las
realmente admirables tres o cuatro veces. Tal es el poder adquisitivo del
ayuntamiento. Aunque este lugar se encontraba en un lugar intermedio entre las
esquinas cubiertas de vegetación, liberando la molestia de pequeños bichos,
pocos solían situarse aquí, temerosos posiblemente de otro tipo de especie. Yo
no compartía este temor, y por desgracia, ella tampoco. No se alcanza a ver una
sola alma, a excepción de la nuestra. Alegremente, zascalindea a mi alrededor,
en una extraña danza. El pánico se apodera de mí, pues temo que haya olvidado a
Quetzalcóatl y pretenda adorar a Huitzilopochtli. Me encuentro en una situación
muy incómoda, pues realmente yo no quiero ser sacrificado, pero tampoco puedo
permitirme dejar de ignorarla.
Tras un buen rato en el que yo no moví un
músculo, y en el que ninguna deidad de origen azteca llegó a considerar digna
mi vida, ella toma como siempre había sido costumbre la iniciativa y comienza a
hablar.
-¿Crees que habrá una buena
puesta de sol?
-Pues no…
-Las puestas de sol se ven
realmente bellas; los colores fundiéndose juntos gradualmente para finalmente
desaparecer. Es como un lienzo temporal.
…lo sé.
-¿Sabes eso que dicen sobre
como la polución arrojada a la atmósfera crea una mejor puesta?
-Lo oí una vez, sí.
-Bueno, pues yo me he
enterado de que eso no es así en absoluto. Lo que es bueno, porque me gusta
vivir aquí, donde el aire es bastante limpio. Si fuera verdad debería moverme a
una ciudad más sucia para ver puestas de sol. Ahora que lo pienso, este color
viene bien con lo que he comprado…
Anda sobre abiertos círculos tan rápido como
habla. Ciertamente está ciudad no se encuentra demasiado tiznada. A veces está
excesivamente viva, pero dentro de la zona, el flujo es relativamente ideal. Muchos
de mis compañeros se quejaban insoportablemente sobre este lugar, pensando
seguramente que si marchaban a estudiar hacia un lugar más grande, alcanzarían
mágicamente todas las pequeñas cosas para las que eran demasiado cobardes,
demasiado como para poder perseguirlas en su vida diaria. Estas opiniones,
creo, provenían de un prisma desencantado a causa de las relaciones forjadas
con la mayor parte de sus conocidos aquí. Tildar una zona de inhabitable por
los colectivos de los que se forma parte. Estos quejidos contradicen el
sentimiento de ciudad pequeña que emana de este lugar. Aun siendo un
emplazamiento cercano a la capital, el estilo de vida ajetreado de las grandes
metrópolis resulta foráneo, distante. La dispersión entre la población permite
siempre un nuevo encuentro. Es algo que no he disfrutado mucho. Pocas veces la
he recorrido, si acaso menos por mi propia cuenta. En consecuencia, tomaba
rutas equivocadas, recorría distancias amplias, y con frecuencia aparecía donde
alguien me estaba esperando una hora después de lo estipulado. Así que me hallaba
perdido. Vagaba hacia ninguna parte. Conocía a desconocidos. O descubría el
verde junto a las carreteras áridas de dos niveles. Estos paseos… sí, siempre
me han agradado mucho. Quizá formaba parte de ese espíritu, el “romanticismo
aventurero” al que mi antiguo profesor señalaba las fallas, como si fuera capaz
de percibir el alma de ciertos alumnos. En retrospectiva, he dedicado muy poco
tiempo a estas correrías. He honrado en mayor grado la inconsciencia del
refugio. Siento que he desaprovechado algo importante...
-…nunca te lo he preguntado,
¿te gustan las naranjas?
Sus desvaríos estaban cargando compactamente
como la Falange Macedónica contra una oreja y terminando su pesada marcha en la
otra, de una manera demasiada armónica como para captar algo más que el sonido
de pisadas general, por lo que me tomó un par de segundos entender que su
silencio había sido causado por una pregunta.
-Sí, me gustan.
-¿Quieres una naranja?
-¿De dónde has sacado eso?
-Te he dicho que vengo de comprar unas
cuantas. Parecía adecuado con el brillo del sol.
-Quédate tu naranja.
El tiempo queda estancado, el sol lanza
destellos que atraviesan sin dificultad al brazo orgánico que se encuentra
elevado varios metros del suelo, fracasado paladín. El golpe directo en los
ojos me fuerza a refrescar el rostro con mi propio brazo bañado en sudor.
Empiezo a cerrar los ojos…
-Vas a sacarle un ojo a
alguien.
Me quejo sonoramente. Los desiguales hierros
ya se habían acomodado a mi cuerpo. Parte de mí había viajado brevemente al
mundo de los sueños. Precisamente, esta interferencia para mi tranquilidad
había sido la protagonista de mi breve experiencia imaginada. Duele un poco
despegar mis ojos, así como examinar mi conciencia, por la clase de alucinación
impúdica que mi mente acababa de crear.
-¿Soñabas con algo bueno?
-Ha sido horrible.
-Seguro que sí.-sonreía,
como si se lo tomara a broma.
Para nada. En esos momentos, era
verdaderamente el motor, el eje principal de ese mundo. La causa primera. Y
pese a todo, no era completamente capaz de controlar lo que sucedía. Me había
puesto un poco rojo también, pero el calor estaba apretando, así que es
completamente excusable.
-No tienes remedio. Esto va
en contra de tu teoría de que “las personas no son árboles.”
Podría aparentar estar algo más desconcertada
o molesta, pero mis impulsos no parecen incomodarla en absoluto. Más bien,
parece poder realizar bromas así de lamentables, restándole trascendencia. Conociéndola,
puedo saber que es normal que nada le importe demasiado. Supongo que siempre ha
sido así. La mentalidad de que nada importa realmente tanto, al final del día.
-¡Ah, pero estoy tan
contenta! “En cualquier caso, acuérdate de mí y un día nos encontraremos por
casualidad en nuestro lugar prometido”. ¡Esto es lo que llaman destino!
¿Verdad?
Había presenciado a personas mucho peores que
yo, con una mentalidad tan patética como mis acciones, contorcerse agonizantes
como prisioneros atados por las circunstancias debido a la fatalidad del
destino. Les critiqué demasiado pronto.
-¿Por qué querías verme?
-¿Necesitas una razón?
Normalmente soy bastante mala con las razones.
-Normalmente la gente
molesta a otros con un motivo, por consideración.
-Entiendo lo que quieres
expresar. Motivos como, una promesa, ¿no? Quiero decir, una promesa no es algo
que se deba olvidar, ¿cierto? Ni siquiera alguien con una voluntad alicaída,
como tú, haría algo así.
Le cuelga la lengua, como si pretendiera
atravesarme y acabarme con ella. En esas palabras se escondía un filo. Una
estocada. A tal propósito, bien podría haberme propinado una patada en el
estómago directamente. Cierto. Incluso incumplidas, sobrevuelan nuestras
cabezas con insistencia. Cada una de ellas se adhiere horriblemente a la
existencia de su conjurador. Tal como una lente capaz de ver todo espectro de
luz, y lo invisible para otros. Si el ojo de una estomatópoda es captador de
toda existencia, y de seres que aparecen sólo en el reino de nuestras pesadillas,
los humanos en cambio deben cargar con otro terrible fantasma. A veces se elige
rehuirlas entre entrecortados “es que” “imposible” y “circunstancias”. Sin
embargo, otros son abrazados por esta carga impalpable y deben sentirla toda su
vida.
-Por ejemplo, está el caso
de este famoso hombre.
-¿Quién?
-El pintor.
-Ehmm, ¿algo más?
-Es ciego.
-¿…Cómo…?-detengo la
innecesaria pregunta, y vuelvo a cerrar mis labios antes de que puedan formular
mi previsible remarcación cínica. Seguro que incluso hay vídeos del tipo en
cuestión en plena labor.
-Ni idea. Ese es el punto.
Pinta. Incluso aunque no puede hacer nada que llamarías arte, ¿verdad?
-Eso es relativo.
-Ese no es el asunto. Lo
importante es: ¿por qué?
-¿Cómo voy a saberlo? ¿Por
qué?
-No lo sé. Por eso he
preguntado.
-¿…Entonces, quieres saber…?
-Creo que sus pinturas se
ven muy interesantes-parpadea un par de veces-. Una vez intenté eso. Pintar con
los ojos cerrados. ¿Te acuerdas?
-Preferiría que no. Tardé
meses en quitar eso del suelo.
Creo que pretende llegar a algo con esto. O
no, lo mismo se le ha perdido la equivalencia de la parábola por el camino.
-Pero ese hombre es bastante
singular. Hacer cosas que no puedes, únicamente porque puedes.
Cierra los ojos y permite que el silencio interceda.
Parece querer que estas palabras calen hondo. Acaece entonces mi propia
sorpresa. Por alguna razón inexplicable, mi antiguo rebatidor toma la palabra.
-No tiene porque significar
directamente eso. Existe mucha gente de voluntad cambiante y volátil. No necesariamente
se necesita ser una persona tan decidida, con motivos para crear-añado, en un
intento desesperado de cerrar la conversación-…es tan sólo un estímulo.
-Hmm…
Se ha salido con la suya. Me ha hecho decirlo.
Tal vez la razón para crear parezca incomprensible. Más bien lo es, sin ese
impulso. La idea es que no considerarías realmente como defecto no tener un
empuje que parece no venir de ninguna parte. Y más uno validado tan sólo por el
mismo instinto que lo crea. ¿Acaso yo lo perdí? Vaya pensamiento tan lúgubre.
Me deja un poco vacío por dentro. En abundantes ocasiones he llegado a la
conclusión de que necesito encontrar algo. Algo con lo que estuviera menos
perdido, en vez de ahogarme en la misma válvula de escape de siempre. Para
dejar de estar hueco.
-¡Oh, acabo de acordarme!
¿No estabas escribiendo algo?
Bueno, pues allá vamos.
-No me gusta hablar de eso. Me
temo que no me valorarían lo suficiente. En el fondo soy un profundo
representador de la realidad incomprendido. Un maestro de la psicología humana.
Un patricio de corazón. Por tales razones las editoriales no me publicarán.
-Pues para no querer seguro
que sueltas discursos largos.
Siendo sincero, no tendría mucho éxito. A
parte de mi propia negligencia, me imagino lo bastante desafortunado como para
perder un cuarenta por ciento una semana antes de la fecha límite, por no
escribir en un sistema operativo aprobado por RMS. Probablemente acabaría
metiendo faltas de respeto a autores que no idolatro lo suficiente, mal
disimuladas como referencias, y empleando lamentables bromas meta-textuales en
cada párrafo al no ser capaz de recordar ni a qué lugar correspondían mis
retazos de memoria. En busca de la novela perdida.
Duna se detiene por un breve momento. Algo ha
captado extraordinariamente su atención. De igual forma que muchas chicas de su
edad, de su formación cultural, de su raza, de su intermedio eslabón en la
cadena, de su misma o aproximada personalidad, se agacha como si fuera a
recoger la piedra que estaba en el suelo con su mano derecha; sin embargo, no
lo hizo, pues era zurda. Tras esta variación inextricable en el plan original
de los hechos, la toma para sí con esa mano, con la que es menos buena para la
mayoría de las personas, pero la cuál al mismo tiempo para ella resulta ser la
más buena. Comienza a experimentar con ella, primero "botándola"
hacia arriba, después simulando que era una mortal arma de hierro, asestando un
golpe al contemplativo aire partiendo, si su ombligo fuese un punto cardinal,
primero del noroeste hasta el sureste, para inmediatamente elevarlo con la
fuerza de moción restante del ataque, al noreste, siguiendo una segunda carga
desde este mismo punto hasta el suroeste, abrazando una vez más la inercia de
manera en que su cuerpo giraba ciento ochenta grados, con la mano portadora del
simulado frío acero (o nuevamente hierro, no le he preguntado) cerca de su
hombro, clavando una pose simétricamente opuesta pero idéntica a la de cierto
personaje también ficticio que portaba un anillo con un león, mientras
hábilmente posaba su mirada en ningún lugar en particular y de manera
simultánea hinchaba como un globo su mandíbula.
-Pues vaya, pensaba que
querías hacer algo, antes de que arrepintieras y todo eso.
-Creo que no podría imaginar
mi rostro apareciendo en la contraportada de un libro.
-Eso es fácil de entender.
Pero oye, los autores que aparecen adustos son muy comunes.
-¿A qué te refieres
exactamente con adusto?
-No puedes evitar ser como
eres. Quizás tengas una cara que dice “estoy harto de la vida”, pero, eh, así
son los cínicos, ¿no?
Quiero
responder a ese ataque gratuito, sin embargo me muerdo la lengua, al menos en
un principio. Usar lógica con ella no tiene mucho sentido, pero no hay más
remedio. Es sencillo hablar de crear algo, pero, ¿de dónde saca uno las ideas?
Si existe un impulso, el siguiente paso lógico propondría que las ideas tienen
un propósito. Y tampoco pueden proceder de ninguna parte. Descartadas las
musas, aún no es negado un origen. Al presuponer que se elige hacer algo al
azar, la realidad es que ya se ha tomado una decisión. Tal libertad estética no
existe, pues. Hay una meta, por más etérea e insustancial que luzca. Algo a lo
que se elige subyugarse, se haga lo que se haga. Al considerar de tal manera, a
cada momento me encuentro más convencido de que trato de engañarme a mí mismo.
Otra vez desfilan las justificaciones. Este tren de pensamientos busca la
excusa como destinación.
-Casi te envidio. Tienes algo con lo que
expresarte a ti mismo. Debe de ser genial, ser capaz de mostrarte
verdaderamente como eres.
Ante la desmoralizada expresión que mi rostro
presenta un instante, el rostro de Duna se torna por vez primera inseguro.
-Verás, sucede que no estoy demasiado
seguro de quien soy.
-Pero…
A todos medios preferiría no hablar de esto. Afortunadamente,
parece que se da cuenta, y tras superar su confusión, inclina su rostro un poco
hacia el lado, derritiendo su expresión de vuelta a aquella acostumbrada.
-Está bien. Soy buena
olvidando cosas.
No puedo leer su gesto. Tal vez tengo una
ligera idea, pero nuevamente soy terrible interpretando su humor.
-Así que de verdad no
quieres seguir intentándolo… o mejor dicho, ¿no sabes si quieres? ¿No puedes
decidir?
Permanezco callado por un rato, arreglando mis
pensamientos. Duna se da la vuelta y observa algún punto en la distancia. El
silencio sólo es alterado por el llamado de los pájaros escondidos en alguna
parte de las copas de los árboles. Su trino es relevado por el murmullo de las
hojas, al emprender las aves vuelo.
-Quizá. No estoy seguro de
poder elaborar algo así. Por ahora sólo he escrito
por mí mismo. No creo que pudiera mostrar nada a otros de la manera en la que soy
ahora. Este yo no podría hacerlo.
Mientras artículo estas mismas palabras sé que
suenan como una débil excusa. Frunzo el ceño mientras me tapo la cara, deseando
que no se dé cuenta.
-Convertirse en alguien que pueda hacer esto
podría ser muy difícil. Quizá no sea en absoluto capaz.
-…
-Estoy yendo, impotente,
junto a la corriente, sin poder hacer nada. Es como estar flotando inmóvil en
el agua. Como si no pudiera ni siquiera respirar.
Tampoco es exactamente así. En el agua siempre
me he sentido relajado, yo mismo. Trato de expresarme mejor.
-Siento una especie de
presión, cerniéndose sobre el aire. No me permite elegir. Me oprime. No puedo
enfrentarla… No puedo hacer nada.
Duna se vuelve nuevamente para tenerme de cara.
Muestra una apenada expresión en su rostro.
-¿Es por eso que pareces tan
triste todo el tiempo?
-No parezco estar triste
todo el tiempo. Sólo… no sé cómo debería estar sintiéndome. Tal vez he perdido
la capacidad de elegir incluso eso.
Tengo que pensar unos pocos segundos sobre qué
dirección debería tomar esta conversación, pero me doy cuenta de que no
importa. Los aspersores se han apagado. Es bastante fácil de notar en este
silencio. Levantándome sin ningún ruido, me dirijo hasta la anterior parte del parque.
Me encamino hacia un imponente fresno con una “Y” grabada que aún exhibe sus
verdes hojas. Al alcanzar su tronco, me arrojo a la cama de la vegetación,
apoyado en la quebradiza madera. Tras mostrar su inquietud y revolverse durante
medio minuto, Duna también se sienta, unos dos pies separada de mí. Reposando
en la húmeda tierra, somos envueltos en el abrazo de la naturaleza, y su
quietud incide sobre nosotros. Puedo sentir el tiempo pasar tranquilamente.
Los pedazos de luz son esparcidos alrededor
del pequeño claro en un patrón eco del manto extendido por el fresno. Uno de
ellos remacha directo sobre mí, calentándome en toda mi esencia hasta los
huesos.
Mi vista reposa en Duna. Repetidamente, su
cuello queda erguido toda la distancia hacia atrás, estirado, pálido, semejante
a la pieza de una cigüeña blanca que comparte la misma denominación. Otea alto,
al pedazo de cielo visible pasado el manto del fresno con la “Y”.
Como alternativa, mira fijamente al frente,
sin poder comprender, como si percibiera algo fuera de su alcance. Susurra para
sí tan quedamente que no puedo escucharla, a pesar de la poca distancia que nos
separa. Sólo sus labios se mueven, quizá presa en un lejano sueño.
Simplificada a los términos comunes de nuestra
razón, la elección no es tan enrevesada. Permanecer sumergido bajo ese peso, o
tratar de alcanzar un vago, indefinido “mejor”. Sigo convencido de que no puedo
continuar así eternamente. Cambiar. Alcanzada tal resolución, respiro
profundamente por primera vez en mucho tiempo. Desvío el cuello hacia el cielo
que embelesa a Duna. Este ha cambiado a un profundo azul de ultramar. La luz
abandonada a su suerte hace cientos de miles de años por el centelleo de un conjunto
de estrellas brilla sobre nosotros, apenas visible, como diminutas luciérnagas.
Anochece. Un incesante sentimiento dentro de mí me repite que no debo
decepcionar…
Por supuesto, nada más pasa. Creo que Duna
quería algo inalcanzable. Sus expectaciones son demasiado altas, y dentro de su
cabezo siempre habrá fallado. Mientras en uno de estos dramas suele aparecer
una progresión lógica, estallidos repentinos de emociones y una resolución
clara, la vida diaria de muchos, por otra parta, sólo esta rellena de nebulosas
y vagas ansiedades.
Nos disponemos a marchar cada uno por nuestro
lado, cuando el sonido de sus pisadas para, y me descubro sincronizándome con
ella.
-Incluso si aún no puedes
comprenderlo…
-Ya te lo dije. Es
imposible.
-¿Por qué? ¿Por qué dices
eso cuando me hiciste sentir de otra manera?
Su rostro caído, se eleva, encendiéndose. Es
como si creyera poder explicar a un tipo que abusa de la palabra “pretencioso”
una abstrusa obra simbolista. Es una luz artificial, extraña.
-Yo siempre estaré
esperando… por ti… a que vuelvas a ser la misma persona de aquel entonces.
Y sin pronunciar una sola palabra más, se
marcha. Las ondas de las ramas rotas en la lejanía como última prueba de su
existencia.
Levanto un poco mi mirada, hasta los más
lejanos zafiros. Allí, esa estrella del montón seguía emitiendo, creando luz.
¿Qué importará dentro de cientos de miles de años la basura que yo haya escrito?
Tan perdido en mis pensamientos, ni siquiera
había echado mano a mis llaves mientras subía por las escaleras. En estos
momentos obligatorios de pausa frente al portal, oigo una voz.
-Será sólo una forma de
custodia. Un trato preferencial. Sería más acorde para ti, ¿no crees?-pausa-No
acabarás como ellos.
Qué raro. ¿Una visita? El flujo torrencial se
había detenido hacía un año. Por alguna razón, ya no eran comunes, no desde que
habíamos dejado de vivir en nuestro antiguo campo.
-Vaya, vaya. Esta que me
presentas es una oferta un tanto agresiva.
-Bueno… nunca hemos estado
en igualdad de condiciones, ¿cierto?
Pasos hacia la puerta. Me apresuro a llegar en
unos pocos varoniles pero bien silenciosos saltos al siguiente nivel de la
escalera. ¿Qué diablos estoy haciendo? ¿Por qué voy a esconderme? Regreso sobre
mis pasos a tiempo para mostrar mi mayor desinterés en el trajeado que cruza el
umbral. Una sonrisa, o más bien una mueca estúpida crispa su rostro, y mi ya
alterado humor.
-Oye, no me gusta que un
viejo como tú me mire de esa manera. No hay atracción.
Sus dientes parecen emitir una respuesta,
crujiendo y permitiendo que escape lo que aparenta ser una risa perturbadora,
de esas que escupen. Tras esta respuesta, se desliza sin mover un solo músculo
de la cara.
Al entrar en la salita le veo a él. Porta una
taza de té y su perenne sonrisa, tan eterna como el fresno de la “Y”.
-¿Qué era eso?
-Ah, has vuelto. ¿Qué clase
de maravilla buscabas, capaz de mantener tu interés hasta tan entrada la noche?
Y para mantenerte tan inquisitivo como para hablarme… ¿Una mujer?
-Eso a ti no te importa…
-Así que es una mujer. ¿Es una virgen?
-¡Ah, sí que eres
persistente! ¡He dicho que no es asunto tuyo! ¿O me dejarías tranquilo si te lo
dijera?
-Quizá lo consideraría.
-¡Mentira! ¡Eso es
definitivamente mentira!
Sin previo aviso, rompe a reír de una manera
casi humana. Es un sonido poco habitual. En la puerta, Elisa espía con un
rostro cargado de odio. No pensé que fuera mucho de lo que preocuparse… y ahí
va el pomo de la puerta.
-¿Qué sucede, Eli? ¿Por qué
destruirías repentinamente los bienes de la casa de esa manera?-dice mientras
ve rodar el pomo con neutralidad-
-No lo merece. No sirve para
nada. Me niego a aceptar que es lo mismo que nosotros…
-Estás equivocada. El origen
de Raz es tan elevado como el nuestro. Sin importar a donde vaya, esto no
cambia. Ni cambia el hecho de que es tu hermano mayor.
-¡No! Es una carga… ¡Debería
de volver a desaparecer! No lo necesitas. ¡Yo soy mejor que él!
-Por desgracia, Eli, estás
similarmente equivocada sobre eso.
-¿Por qué te muestras
preferencial con él? ¡No lo entiendo!
Un poco cargado del melodrama repentino desatado
en mi propia casa, intervengo renuente.
-Pfff, no has cambiado nada.
¿Estás montando un espectáculo como este sólo porque tu hermano no está
manipulándome por un segundo?
-Tú no entenderías como me
siento.
-Estamos iguales, entonces.
Actuamos ambos irracionalmente. Tú sólo estás haciendo esto por nuestro
hermano, mientras que yo tengo mis propios motivos para encontrarme tan
desesperado como para llegar a soportar vuestra visita. Y adivina qué. La
solución para ambas partes está aquí.
-Te has convertido en un buen
orador. Paciencia, Eli. Debería quedar arreglado esta noche. Así pues, mi
querido, querido hermano Raz…-esboza una sonrisa que congelaría ríos de lava-…es
momento de solucionar todo este asunto.
Pasado
ese día, comencé a depender más de Sendi. No volví a ver a Duna, y por fortuna
estos dos desaparecieron tan pronto como vinieron.
Ella siempre había sido cálida, afectuosa, de carácter
sereno. El tono pálido de áureo de su pelo, casi platino así como su rostro
blanquecino daban una imagen de pureza y perfección.
-¿Cómo estás?
-Bien…
-Eso es bueno.
Parece expectante, como si hubiera algo que se
supone que debía decir. Me mira con el cuello inclinado y ojos bien en alto.
-Oye, ¿sabes qué día es? Hoy
es el aniversario del día que nos conocimos. ¿Así que, quieres hacer algo?
-…Sólo quedémonos en casa
juntos.
-¿Estás seguro? Eso es un
poco aburrido.
La expresión de Sendi había cambiado tan
fugazmente como es costumbre de una posición insegura, a una cálida y
comprensiva. Realmente, este aniversario no significa demasiado para mí...
-Es sólo otro día…
-¿Disculpa?
-Q-quiero decir…
Sé que si le hubiera dicho
que se me había olvidado, me habría perdonado con una sonrisa, sin necesidad de
pedir disculpas. O que debería decir lo que pensaba. Sin embargo…
-…Hemos estado juntos tanto
tiempo…
-Cierto-sonreía mostrando
sus dientes-.
-…Y, um, bueno… Cada día que
estoy contigo es tan especial como el anterior.
Por el amor de Dios.
-Claro. ¡Eso es tan cursi!
¡Muy buena!
-No, lo digo en serio.
-Ja, ja, ¿de verdad?
-Sí. Supongo que es un poco exagerado,
pero me alegra poder contar contigo cada día.
Otra vez cayendo en lo mismo. Sólo dije eso
para que se sintiera mejor. Y quizá para mí mismo. Pasaron un par de horas. De
nuevo me asaltaba este sentimiento asfixiante. Tal vez me estoy arrepintiendo
de no haber hecho lo que debería. La verdad, ella ni siquiera tendría una razón
para molestarse si le dijera que pensaba que este día no era especial. Este
aniversario no es un día bueno o feliz para mí. Pese a ello, seguí la
corriente. Siempre acabo haciendo lo mismo. Recuerdo que hace un año tuvimos
una discusión, por la que se molestó bastante. La seguí hasta el parque. Andaba
a su lado. Bueno, más bien un poco detrás.
-¿No vas a decir nada?
-…No puedo pensar en nada.
-Je. Estoy cansada. No
quiero ayudarte más.- su boca dibujó un arco que pretendía ser malicioso, pero
fue inmediatamente borrado para crear un puchero de aburrimiento- Dependes
demasiado de mí.
-No me importa.
-¿Oh, de verdad? ¿Así que
estarías bien si dejara de ayudarte por completo?…No lo estarías. Je… ¿De
verdad crees que puedes arreglártelas por ti mismo?
-Sí. Bueno, me gustaría intentarlo.
-Je. Y vuelve corriendo luego cuando falles.
-No si no vas a ayudarme.
-…-abrió la boca, sorprendida- No seas así…
Sabes que siempre te ayudaré. No importa lo malas que parezcan las cosas.
Discutimos un poco más de camino a casa. Creí darme
cuenta de que no la quería cerca de mí. Me amenazaba con marcharse, pero ella
parecía más asustada de ello que yo.
-Necesitamos hablar.
-Eso nunca es bueno… ¿No podemos seguir como
siempre? ¿Está bien así, no?
Quise contestar que no, que no podía seguir
así por más tiempo, pero…
-Tal vez.
-Bien. ¿Qué es lo que te ha
enfadado, de todas formas?
No podía creerlo. ¿De verdad
tenía que decírselo?
-Olvídalo.
-…No. No puedes simplemente
pedirme que te ignore.
-No es nada.
-Sé que te pasa algo, pero
si no quieres hablar sobre ello…no hay nada que pueda hacer.
Calló un momento, hasta que
encontró nuevamente mis ojos.
-Desearía que me dejaras
ayudarte.
Desee que pudiera decidir por mí mismo. Desee que nunca
la hubiera conocido, porque ahora estaba atrapado con ella.
-Está bien.-dije- No estoy
feliz con como están las cosas.
-…Dale tiempo. Yo puedo
ayudar a que no te sientas solo más… Si me dejas. Es sólo un mal remiendo. No
tienes que decidir nada por ahora. Dale un poco de tiempo. Estoy segura de que
las cosas mejorarán.
Y efectivamente, cambié mi parecer poco
después. Me conoce demasiado. Quizá tenerla siempre a mi lado daba un poco de
miedo, pero estar solo sería aún peor. No tengo poder para detenerla. Soy
demasiado patético para vivir sin ella. Tal vez no podré encontrar lo que
quiero, pero tampoco tendré que soportar tristeza. No necesito respuestas o
soluciones absolutas. Podemos estar así para siempre.
Dejé que me persuadiera. Pasó así un año más.
No pensé que volvería a preguntarme esto otra vez.
-Creo que voy a salir a
tomar un paseo.
-¿Hm? Vale…
Me sorprende lo inconsciente que puede llegar
a ser respecto a mis pensamientos. O quizá sí se da cuenta, pero a pesar de dudar
tanto, siempre acabo dependiendo de ella, por lo que no le importa.
La ciudad está ajetreada. Como un colmenero.
Gente entrando y saliendo por todas partes. Quería perderme entre la multitud
por un rato. Tal vez así incluso podría sentirme como una persona normal al
menos un poco de tiempo. Sin embargo, entonces… oigo a alguien.
-¡Espera! ¡Oye, espera!
-Oh, hola.
Era ella, por supuesto. ¿Qué
estaba haciendo aquí? ¿De dónde diablos había salido?
-L-lo siento. Creí que te
gustaría que te hiciera compañía.
-No, estoy bien. De hecho,
quería hacer algunas cosas solo.
-Ah, ya entiendo…
-¿Eh?
-¿Así que vas a comprarme
algo? Está bien, te dejaré un rato a tu aire, entonces.
No, solo quería estar solo… Deambulo por la
ciudad alrededor de un par de horas. No sé si me siento demasiado solo, o
cansado, pero el ir y venir de la gente empieza a marearme. Trato de no pensar
en ella. La última vez que lo hice en una situación similar, apareció de la
nada, como si me hubiera estado siguiendo. No sé como lo hace.
Decido tomar un respiro y buscar un sitio donde
sentarme. Por supuesto, me encuentro rápidamente en el parque. Me alegro de
este tiempo solo. Un poco de tiempo en el que no sintiera su apremiante
presencia. Vago errante cual nómada por el parque un par de minutos. Al
contrario que Elessar, yo sí parezco haberme perdido. Comienzo a notarme
ligeramente sin rumbo. Decido andar un poco más. Sueño despierto. Me encuentro
un poco mejor. Como si la niebla se estuviera disipando.
Tras un buen rato acabo sentado en la hierba,
viendo a la gente pasar. Apiñados en pares o en grupos… Me provocan sentirme
desconectado de todo. Supongo que esto es bueno; al venir aquí pretendía
relajarme un poco. Como consecuencia de esta mejoría, mi mente se aviva. Trato
de asir el paso del tiempo, pero aún me resulta un poco complicado. Me he
acostumbrado a tratar trivialidades tales como detalles sin importancia,
mientras me dejo fluir. Y así todo era lo mismo, sin importar que. Redescubrir
ahora la importancia del tiempo es un evento extrañamente desorientador. Pronto
me encuentro disfrutando de la actividad que desarrolla mi mente, contrastada
con la desocupación de mi estado físico.
Debato sobre lo que debía hacer. Por mucho que
lo deseaba, consideraba demasiado arriesgado perder la única cosa fiable de la
que disponía. Lo único de lo que podía depender. Empeoro. “Sabía que era una
mala idea venir aquí solo.” Pensar así hace que me dé cuenta de que no me las he
estado apañando de la forma más saludable. Me guste o no, tiene que parar. No
puedo seguir atrapado para siempre. ¿O podía? La pregunta, débil por
naturaleza, me irrita. No creo que las cosas hayan cambiado a mejor…
De vuelta a donde empezamos. Al final pasé el
resto del día con ella.
-¿Por qué estás aquí?
-Querías que pasáramos el
día aquí, ¿no?
-No me refiero a eso. Si no
a por qué te quedas conmigo.
-Ah, bueno. ¿Simple, no? Me
necesitas. Mientras lo hagas, estoy feliz de estar contigo.
Es el día posterior a nuestro aniversario.
Siento una clase de excitación nervioso. Es difícil mantener a mis manos de
temblar. Tengo esta presión sorda en mi cabeza…
-¿Hum?-me inquiere con la
mirada-
-Estaba pensando.
-¡Para variar!
-Ja,ja. Es sólo… he estado
pensando… que deberíamos…
Otra vez con lo mismo.
-Creo que necesitamos estar
más cerca. Aún hay más cosas que quiero saber de ti.
-¿De verdad? ¿No bromeas?
-…Sí.
-Bueno, la decisión siempre
te la he dejado a ti. Si crees que es el momento.
No puedo aguantar más. Tengo que decidir ya,
incluso si es una elección arriesgada. Sigo atrapado en el mismo punto. Quizá
no necesito controlar todo… Quizá entregarme ayudará.
Esa noche estuvimos más cerca de lo que nunca habíamos
estado. Me sentí aliviado, tras al fin haberlo hecho…
…
Al
abrir lentamente mis ojos, una brillante, blanca luz asalta mis retinas. Yazco
donde estoy, mirando al frente atolondrado, mientras mis dispersos pensamientos
se funden poco a poco en mi mente, aún a la espera de despertar. Lenta pero
inexorablemente, la luz incolora se concentra mientras una escueta expansión
comienza a ser dibujada a través de mi campo de visión. Es sólo al distinguir
la lámpara cuando consigo comprender que estoy contemplando el techo sobre mi
cabeza. Incorporándome con dificultades, absorbo silenciosamente a través de
mis sentidos los detalles de la habitación en la que me encuentro. Un fuerte
olor a lejía cuelga en el aire, conduciendo a la impresión de un lugar
ligeramente demasiado limpio como para ser ordinario. Inofensivas paredes de un
pálido melocotón, pintadas sin tolerar una sola grieta o imperfección. Un
cuadro colgado en la pared, inmejorablemente alineado. Sus colores son fríos,
apagados, débiles. Resulta tan soporífero e inofensivo como las paredes.
Mi atención es atrapada por la translúcida
cortina agitándose, mis ojos tratando de discernir, atravesándola, aquel puente
al exterior que cubre. Con mi cuerpo aún aletargado, decido permanecer quieto y
únicamente mirar alrededor de su desnuda esquina. Más allá de la tupida
vegetación de varios árboles de notable tamaño, puedo ver el follaje debajo de
ellas, en un prado. El habitual islote de verde en las afueras de la ciudad,
montículo confinado por el obrar del hombre. Juzgando por el brillo joven e
idealista que emite el sol afuera, es pronto en la mañana.
Dejo escapar un prolongado y exhausto suspiro,
mientras mi cabeza termina de organizar los disgregados recuerdos, mostrados
ante mí irregularmente, al tiempo que las emociones que desencadenaron este
final y las consecuencias que va a acarrear hacen mella en lo poco que queda de
mi conciencia. El silencio de la habitación repentinamente se torna opresivo.
Así que ha llegado a esto. Tuve mi oportunidad
para dejar, para corregir mi fallo, y la he fastidiado. Ya fuera yo el culpable
por renegar del camino que creí elegir, o mi cuerpo por entregarse con tanta
facilidad, a estas alturas no posee relevancia. Incluso sin haber creado las
cosas, uno puede cambiarlas. Debería ser tan sencilla la práctica como la misma
teoría, pues si existe un vínculo entre el mundo y la persona en concreto,
basta con empezar por uno mismo. Pese a creer eso, mis acciones distan
abismalmente de mi forma de pensar. Tal vez es el miedo. Quizá antes de
conocerla, todo era mejor. Sin embargo, nada me garantiza que mi vida será
mejor cuando se marche.
Quedo tumbado de vuelta en la cama. Envuelto por
sus amiláceos rieles, al abrazo de las argénteas sábanas, no encuentro
descanso. La luz es demasiado brillante. Supongo que quiere manifestar con
énfasis como estos lugares pertenecen a otro mundo. Me dispongo a descansar más
cuando me doy cuenta de que ya no estoy solo.
-Has tenido suerte esta vez.
-Eh, ¿cuándo podré marcharme
a casa?
-Tendrás la visita del
doctor a primera hora de la mañana, y entonces veremos.
-Claro…
Bajo la vista, incapaz de soportar los ojos acusativos
de la mujer.
-¿Te sientes mejor ahora?
-…Sí.
-Entonces… ¿por qué lo
hiciste?
…
Me siento genial. Jamás debí haber pensado en
dejarla. Nunca debería haber dudado que la necesitaba. ¿Por qué debería seguir
moviendo la roca? ¿Qué ganaré de ello? ¿Cesará la indiferencia? El orgullo de
seguirle el juego a la vida no vale la pena… No es un esfuerzo del implacable,
sino del desesperado. Similar al viador, que se define como racional, aún
cuando lo que pide es inverosímil. Todos estos fantasmas, estas expectaciones
demasiado elevadas, intentos vanos de comprender, me han cegado. Huyendo de los
valores de los demás, he quedado atrapado en mis propias ideas. Pero ya no más.
Por supuesto no fue problema salir del hospital.
Fue fácil, porque, honestamente, nunca me he sentido tan bien. Completo Mis
defectos me definen tanto como mis buenas cualidades. La necesito para
continuar siendo yo mismo. Para mantener mi personalidad. La necesito para ser feliz.
Aquí concluyen los escritos de Sebastián R.
Siod Samhain.
Al final, no pudo cambiar ni
sus circunstancias, ni a sí mismo. He visto como ha fallado una persona más. Ya
he vivido suficiente tiempo a través de estos casos. No puedo continuar con
esta profesión. Por ello, amigo mío, ha llegado el momento de separarnos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario