miércoles, 6 de febrero de 2013

Eterno ciclo de cambio


Continúa el cruce de acusaciones entre  los dos grandes, o más bien, únicos poderes políticos de España. Mientras uno vive por encima de sus posibilidades, sin rubor culpa al otro de ser más descarado y crapuloso. En la democracia del capital los votantes no eligen, no gobiernan; delegan en una candidatura que ha avanzado  con favores de las altas esferas. Convencen gracias a los fondos que estos les entregan.  No es creíble llamarlo triunfo del pueblo, cuando quien dispone y juega con sus propias reglas es la corporatocracia.

Tal como el filósofo que aún divaga en la caverna, el español se encuentra cautivo en un vendaval de autocomplacencia. La luz real  está ahí fuera, a pocos metros, mas él sigue embobado y orgulloso de lo que cree ser el absoluto entendimiento. Fe más grande no ha acontecido que la del demócrata pasivo, que desayuna con noticias que no entiende, repite aquello que ha oído y sufre de una pereza tan terminal que podría personificarse y cobrar vida en cualquier momento. Se satisface con una democracia correctamente impresa, pero nunca realizada, etiquetada como borrador y de fácil tachado y corrección para dos fuerzas mismamente opuestas sobre el papel, que sin embargo colaboran para evitar sobresaltos y que el resultado sea siempre el apetecido. Isoladas las otras representaciones, tan desconocidas para la mayoría como el programa electoral de cualquier partido político, la única vía para los insatisfechos sería exigir un auténtico gobierno del pueblo. Estos “indignados”, como bautizan de forma completamente neutral, imparcial, y absolutamente no subordinada a los que nunca pueden nombrarse como medios de propaganda de las dos fuerzas, están abocados al fracaso. No es necesario tomar mi palabra; la indiferencia, así como el bozal que recayó sobre esta revolución suprimió el poco margen de maniobra además del escaso poder de la población en su propio régimen, antes de que presentara ocasión de realizar cosa alguna. Con razón, como diría el sin duda alguna magnánimo monarca español, no es una “política grande”; sucede fuera del Congreso, y no hay que tenerla en cuenta. Habrá que echar un vistazo a la RAE y preguntar cuando le dieron un giro completo a la definición. Demos ya no significa pueblo. Verdaderamente, las lenguas clásicas han comenzado ya a descomponerse.

Se vitupera a sí misma con tópicos regoldados por imbéciles gregarios sin gracia. Si bastara con palabras, estos ya habrían enmendado con su eufonía rimbombante todo problema habido. No les recomiende operar, pues se necesita poseer fragmentos de vida para alzarse de tal manera. Todos, junto a las individualidades y el arresto que una vez rigió en nosotros, han desaparecido en la admisión del orden, que hosco, ha apartado lo verdaderamente importante. Uno de los mayores placeres de la vida es la libertad, o era, pues sofocada y desaparecida quedó contenida sólo en discursos fastidiosos para el orden y desconcertantes para nuestros oídos. Los corazones impresionables que una vez se conmovieron con ella, ahora refutan a quien les señala prisioneros sin siquiera pensar en culpar a su propia nulidad, mientras permanecen estoicos o muestran inquina a quien se ha precipitado a esta imprudencia. Es un camino, tal como el del conocimiento, lleno de pesar y dolor, quizás quimérico o al menos, impasible al esfuerzo trágico de quien persigue la autodeterminación.

Propugnadores de la sumisión, adalides de la neutralidad. Perduran las inmoralidades que acosan al hombre en su propia especie. Colaboran felizmente con ellos y aplican censura. Los medios no difunden nada que recuerde a la realidad sin que el contenido sea previamente suavizado. No vale con excusarse en lo de siempre. No todos pueden estar corruptos y obedecer a los gobiernos. No, majos, responden a las exigencias del público, de aquellos que huyen despavoridos de la verdad, demasiado hundidos en su propia burbuja. Llevan demasiado tiempo mintiéndose, opacos, ignorando la ringlera de regímenes que les impide evocar lo lejos que se encuentran de aquello que deberían ser. Son, en fin, tan responsables dichos semovientes como los cabecillas políticos y los explotadores corporativos del sufrimiento y el tormento que han de soportar.

 Para hallar el auténtico camino, uno debe buscar su guía en medio de la incertidumbre. Se agoto el sentido de un orden que consume vidas y valores. Lleva demasiado tiempo empleando las mismas excusas,  y ahora que el conocimiento, aún camuflado, es realmente accesible para todo aquel que lo desee, no hay perdón para quien ve suceder las injusticias una detrás de otra y sonríe bobaliconamente mientras sus posaderas permanezcan a salvo.
El español es menos libre que el animal que tiene que trabajar. Ni siquiera lo hace por el progreso, o por una causa idealista. Demonios, ni su propia felicidad sale beneficiada del intercambio. Es robado, asaltado y humillado con alevosía. Y pese a todo, consentirá mientras le sea posible permanecer en la normalidad y la mediocridad. De hecho, el españolito, a decir verdad, no tiene nada de diferente a gran parte de la población. Quizás ese es el problema.

Contamos las horas que pasan y celebramos que nos reste menos para morir. El ser humano es patético. No creo que haga falta que llegue alguien como yo para decir que el ser humano no TIENE que trabajar, que ese no es nuestro estado natural (es que yo soy un andaluz, un vago, una de las caracterizaciones agrupadoras creadas para todo infraser sin personalidad). Hay infinitas posibilidades; pongamos que Rodolfo Manuel, un palurdo cualquiera, puede ponerse a hacer lo que le gusta, por ejemplo, lo que le apasiona, escribir, pero también puede irse a una isla a pescar y pasar del mundo, o terminar de aproximarse a esa morena de ojos oscuros de su entorno, muy inteligente, sí, pero con la que no sería tan simpático si su miembro viril fuera amputado. Nuestro joven Rodolfo “elegirá” finalmente estudiar/trabajar algo que acabará odiando, que le hará madrugar todos los días y le someterá, porque “es lo correcto”. Porque “es lo que hay que hacer”. Heces. Lo que TIENE que hacer es vivir, porque no importa quien sea, un día va a morir, dejará de existir, y nadie se acordará de él. Tiene que seguir sus sueños, porque ese es su verdadero destino, no trabajar diez horas al día por un trozo de papel. Tiene que agarrar a la vida por sus partes pudientes y protestar: “¡No quiero ser esto!” se quejará a viva voz. Ahora mismo Rodolfo es una pequeña aceituna de las que están vivas, de las que cuestan derribar. Cuando madure, se pondrá gordote, se podrá manejar fácilmente, como la mercancía que es, y será aprovechable para los capullos que lo devorarán.
Los que manejan el cotarro no tienen aspiraciones, carecen de sueños, y no ven más allá de un par de comodidades. Ellos, si pudieran pensar, tampoco serían felices. Y sin embargo, millones de vidas les están sirviendo en estos momentos, potenciales desaprovechados, gente, no personas, que van con el automático puesto. Saben que son prescindibles, y por eso no abrirán la boca. Cumplen funciones, mas no hacen algo de utilidad. Llevado por la corriente, el silencioso peón es ganado que renuncia a su condición de ser humano, a utilizar la cabeza, a moverse por su cuenta, y a luchar, y se convierte en una puñetera aceituna de escaso valor.

Igual que el catedrático de filosofía que trata un lenguaje especializado; de la misma forma que el periodista endulza su artículo para que sus lectores no le devoren a él; el político maneja una terminología que convierte en incontestable sabiduría magnas obviedades. Por supuesto, el valor poético de cada uno va descendiendo, pero la finalidad es la misma. Se evita la crítica, dotado el orador de una gracilidad hermosa para esquivar las cuestiones más arriesgadas.

Días atrás,  el presidente “salió” a dar una rueda de prensa a través de una pantalla. Se saben expuestos. Ahora, sus corrupciones, sus mentiras y trampas aparecen más claras que nunca. Poco importa que sean títeres de la escena empresarial. La sociedad dispone de una oportunidad única. Puede protestar y ganar, sin esforzarse demasiado. Y sin embargo, la elección es mirar para otro lado. Esos asuntos no van con nosotros, que estamos demasiado ocupados. Demasiado ocupados, ¿haciendo qué? Venga, no mintáis, vosotros mismos sabéis que no estáis viviendo.
Parece más normal el curioso fenómeno de apoyar a una de las dos fuerzas como si fueran equipos deportivos, con total irracionalidad. Eres tú el que les das de comer, ¿de dónde viene esa idolatría? ¿Ese cosquilleo y satisfacción que te entra cuando Rajoy te felicita por quedarte en casa mientras él se va a Nueva York a fumar puros, y tú le mueves la cola? ¿Es qué eres…  un can? Ojo, que ya sé que el raro soy yo, que no lo entiendo. Pero reflexiona, lector. Dale vueltas a que es más cabal. A si merece la pena aceptar un orden cruel, mientras te pudres por dentro, empiezas a segregar estereotipos contra los que se movilizan, te excusas porque te importa sólo tu bienestar momentáneo, a la vez que aceptas todo lo que te fagocitan uno de tus dos partidos de adoctrinamiento; o arriesgarse, simplemente, a cambiar un poco tu rutina, un día quizás, por una renovación mejor. Quizás encuentres un sentido altruista a la vida, ayudes al prójimo, incluso puede que te sientas bien por primera vez en mucho tiempo. Que tal vez, sólo tal vez, sea más prudente denunciar a quien sea, da absolutamente igual, que te haya estafado a ti y a otros de tus hermanos españoles millones contantes y sonantes, que desear que nadie toque tu plétora.  Y si quieres saber por que España es una porquería, te daré una pista: nadie escoge la segunda opción.

Me siento mal escribiendo así. No debería de hacerlo, porque estas cosas se sienten tan obvias que inevitablemente resulto ofensivo y desagradable al exponerlas. Es evidencia, España es ridícula causa sui de su estado maltrecho. Los flamantes dirigentes son tan corruptos e ineptos como los anteriores. Uno mira los libros de historia españoles y no para de temblar. Pero esto no se opone a la fe política del español. La suya es una necesidad imperiosa y visceral de creer en el manufacturado nacional, como si de un joven Nietzsche se tratara. No tiene reparos en derribar la crítica a su lado de la moneda. Amparado en la similar acción ajena, el adoctrinamiento nacionalista está completo. Aceptará una de las dos fuerzas, orgulloso de sí mismo, como el chico que recita el credo sin dubitación porque no nació en la India.  Tampoco le urge por tanto el probar nada, pues nunca se ha cuestionado debido a su condición.
El estado actual es aquél que vende a sus ciudadanos como esclavos para subsanar las deudas. Es, a todos efectos, indefendible. Las clases sociales no alcanzan el límite que les rebelaría, porque el estado no es estúpido y sabe consentir unas concesiones que prolonguen su aparentemente  evitable condena. Esta sempiterna escabullida tendrá lugar mientras el humano reniegue de su responsabilidad respecto a su libertad. La búsqueda del conocimiento, así como la batalla por los valores que ahora, aún pareciendo absurdos, se tornan más necesarios que nunca, ya que son la única identidad que le resta al hombre. Y a la mujer. (Corrección política) Aquél que entrega tales tareas inevitablemente concede a su vez la libertad que posee.

El humano contemporáneo se entrega a una vida de estrés, siendo más poderoso, o al menos más inteligente que cualquier otra forma de energía en nuestra pequeña porción de mundo. No cree en el cambio, porque lo ha visto proclamado demasiadas veces. Pace y digiere la caracterización de cuento que le han otorgado, la política de izquierdas y derechas, la que no tiene que analizar; le basta con devorarla. Espera en el sofá a que una ciencia tornada incontestable como una deidad, de la que no tiene ni repajolera idea, le salve el pellejo, sin pensar que tal progreso le volvería aún más inútil y desesperado. Es una victima culpable, que no mueve ni un dedo apelando a la inamovilidad, y en ningún momento se atrevió a crear un destino a partir de sus muy capaces manos.
Una vez revelada la realidad que había rehuido pese a tenerla frente a sus narices, el hombre anteriormente tapado en el manto de su sociedad se siente desamparado. Continuamente olvida su historia para volver a cubrirse e ignorar su desgracia. Debilitado busca a quien obedecer, a quien inclinarse, pues ha olvidado quien es y su grandeza, aniquilada junto a su sagacidad, que ya únicamente indaga en motivos superfluos.

Los seres humanos no deberían de ser encadenados. Mientras hombres que encarnan el mal continúen gobernándoos, no seréis considerados humanos. ¿Queréis continuar de esta manera? ¡Liberaos vosotros mismos del terror!

jueves, 3 de enero de 2013

Las 24h más dulces (3ª parte)


Así pues, mientras ella terminaba de ver la película yo fregué los platos. Al terminar me asomé ligeramente al salón para ver qué le estaba pareciendo la película y me pareció verla muy atenta. En ese momento de nuevo me volvió la sensación de estar viviendo un sueño. Estaba actuando de una manera impropia de mí, es decir, valientemente, siempre pensé que en una situación como aquella no sabría qué hacer y que la acabaría fastidiando. Sentía un ligero orgullo por ello, pero a la vez sentía que estaba haciendo sólo lo que debía y que no merecía vanagloriarme así.
En ese momento acabó la peli y, como seguía en el marco de la puerta “espiando” a  Marta, ella se percató de mi presencia al ir a llamarme.

 - ¿Qué haces ahí, Diego? ¿Por qué no te sientas?

 - Acabo de fregar los platos y venía para acá ahora mismo. -Mentí.- ¿Qué te ha parecido la película?

 - Está muy bien, me ha encantado
 - Sabía que te gustaría, es una de mis películas favoritas.

 - Y a partir de hoy también será de las mías.

 - Me alegro de que te haya gustado.

Estuvimos un rato comentando la película y, a lo tonto, nos dieron las seis de la tarde. Ya era de noche. Aunque algo en mí no quería dejarla ir, le dije que si quería volver ya a casa.

 - Quizá ya estés cansada de aguantarme, ¿te acompaño a tu casa?

 - Hombre, no estoy cansada de ti, pero si yo soy la que molesto, me voy.

 - No, no es por eso, mujer, lo digo porque ya casi llevas un día fuera de tu casa y pensé que querrías volver...

 - Bueno, la verdad es que pronto vendrán mis padres, así que creo que va siendo hora de  irse, pero antes demos un paseo, si no es mucha molestia, claro.

-Para nada, espera que cambie de ropa.

Ya en la calle una fina pero copiosa lluvia chocaba contra el paraguas que cubría nuestras cabezas. Las calles mojadas, la luna asomando por las nubes, nadie por la calle, los dos bajo un mismo paraguas, todo era perfecto, idílico. Caminando por la acera los escasos coches salpicaban agua con las ruedas al pasar y, como yo iba por la parte exterior, acabé empapado. Para colmo empezó a arreciar el viento y el paraguas voló hacia el mundo de Oz, retorciéndose por el camino. Así pues, estábamos totalmente descubiertos. Aparte de que nos estábamos mojando como si estuviéramos en un parque acuático, Marta empezaba a tener frío, se le notaba, así que le eché por encima mi chaqueta para que se calentara un poco y se cubriera con la capucha. Me miró e hizo amago de dármela, pero negué con la cabeza y le dije “ya te mojaste ayer lo suficiente como para que hoy también llegues hecha una sopa”, sin decir ni una palabra, ella asintió y sonrió.

Dadas las nuevas condiciones, emprendimos el camino a su casa. No estábamos muy lejos pero la lluvia y el viento arreciaban y llegamos como los amigos incrédulos de Noé tras el primer día de diluvio. Cuando llegamos a su portal dieron las ocho, es decir, había pasado veinticuatro horas casi exactas junto a Marta. Un día  casi completo, el mejor casi día de mi vida. En su portal me despedí de ella con un beso en la mejilla y marché de nuevo a mi casa.

No habían pasado más de diez minutos desde que la dejé en su casa, iba pensando en esas dulces veintitrés horas y cuarenta y cinco minutos que había pasado junto a ella. La lluvia no me tocaba, algo en torno a mí me hacía ajeno a todo, había rozado el cielo y una nube me protegía. Algo perturbó mis dulces cavilaciones, me giré y allí vi a Marta corriendo con un paraguas y algo en la mano.

Al acercarse descubrí lo que era, mi chaqueta. Me la tendió y sonreímos. Mientras me la ponía, notando su olor impregnado en la capucha, ella me cubrió y cuando acabé y me giré hacia ella para darle las gracias, me sorprendió con un beso. Sin decir palabra alguna, me brindó la mayor de sus sonrisas y se despidió. Allí clavado, con la lluvia empapándome aún más y sin poder hacer nada para remediarlo pues estaba paralizado, la vi alejarse. Tras un minuto de parálisis, reaccioné. Lo primero que hice tras volver en mí y asimilar qué había sucedido fue mirar el reloj. Marcaba las ocho y cuarto con cincuenta y ocho segundos. Sonriente volví a casa tras haber pasado veinticuatro horas exactas con Marta, las veinticuatro horas más dulces de toda mi vida.


   




domingo, 30 de diciembre de 2012

2 caras



Viéndome sumido en mis pensamientos sentado en mi sillón miraba fijamente el espejo que con tanta claridad reflejaba mi oscuro pasajero . Miraba hacia el espejo y me veía a mi mismo sin mirarme , a mi mismo sin ser yo en mí , a mi mismo sin estar en mí….
El cansancio de mi cuerpo solo me daba la fuerza suficiente para mantener entreabiertos mis párpados que con tanto esfuerzo  se mantenían en la fina línea de la cordura en la que se encontraba mi mente . Miraba hacia el espejo y  de pronto el ser el otro lado que era mi otra mitad mi otra cara mi otra vida, se levantaba y se acercaba hacia mí …
La euforia recorría mis venas , el dolor mi cabeza y el miedo mi alma porque sabía lo que me diría sabía quién era yo y quien quería ser, era el reflejo de lo que yo  nunca pude ser , la parte fuerte de mí mismo , el león de mi interior , la sombra que acecha mis sueños y pesadillas…
Ahora que se ha posado al lado de mi oreja , se inclina y me habla, me habla con una voz sosegada y tranquila pero siempre , siempre me intimida…. Se acerca más aún y me susurra aún más cerca y vuelve a repetirme….
-Cuando duermas yo saldré, saldré y te devoraré , te encerraré y no saldrás jamás, porque yo soy el verdadero , el fuerte , el eterno….
Yo todavía sentado en mi sillón clavé mi pupila en sus ojos, en sus negros ojos llenos de algo especial , ¿ Tal vez de ira ? , no lo creía sin duda era algo oscuro algo que no podía verse hasta la parte más profunda.
Y ahora que me despierto de mi pesadilla , me levanto del sillón y me dirijo hacia el dormitorio donde veo el cuadro donde aparezco con mi familia. Y allí en el retrato me hallo sentado en mi sillón con mi familia pero no soy yo y tampoco estoy allí pues en mi rostro descubro sus negros ojos que yacen recordándome para siempre que estoy allí sin ser yo y que no soy yo el que un día fui.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Anotaciones (I)

Es muy pronto para mí para aseverar verdades irrefutables en lo referido al conocimiento. Pues me considero inmaduro y falto del saber necesario para instruir sin que surja la duda en mi fuero interno. Por ahora, voy a limitarme a proseguir analizando a las autoridades del conocimiento occidental, aquéllas que debieran orientar y no conducir por el camino equivocado, pues aún con fallas crean adeptos, sirven de inspiración y por tanto sus tesis desembocan en una cadena de acciones que atraviesa épocas y afectan a muchas existencias aún a tiempo presente. Asociaré también otros términos que considero estimables y les dedicaré una insignificante valoración. Esta es únicamente una mera exhortación que ha de servir de material dispuesto para analizarme en una ocasión ulterior. 


El bien. Empezaré tratando de analizarlo como objeto. No es algo físico. Ni siquiera sé si existe. O si puedo percibirlo. Es, al igual que distintas e infinitas cuestiones filosóficas, un objeto de duda que causa disconformidad y llega incluso a molestar a todo aquél que lo plantee. Como tema fundamental, lo trataré en particularidad más adelante.     


Platón asegura, en la búsqueda de una respuesta general y absoluta, que las Ideas representan tal totalidad. Aunque en sus inicios prometía que la respuesta parte de nuestro pensamiento, y no es definitiva, sino un alto en el camino; se contradice de manera esperpéntica. Promete la existencia de una definición para un ideal intangible como es el bien, la justicia, o el amor, mas, para comenzar, no puede hallar su percepción en él, y más adelante se decanta por tratar de obtener la respuesta fuera de él, empleando una herramienta con base en su propio interior, la razón. Esta ya conoce todo y por tanto sólo requiere recordar los valores.


Aristóteles, que, justo al contrario, pretende basar todo nuestro conocimiento en la experiencia, también trata de obtener una definición lingüística al uso. Resulta hasta cierta medida, comprensible. ¿Acaso es posible analizar nuestra realidad con un instrumento distinto al lenguaje? ¿Y podemos hacerlo nosotros? Sin embargo, ¿Cómo podemos sugerir una definición para lo llamado conceptual, si no podemos acceder a ello, y por tanto, comprenderlo?


Hasta Spinoza, ningún pensador osa considerar a los términos como definiciones que no pueden aplicarse a las realidades. Respecto a la ética de las cosas, propone el vacío de positivismo o negatividad, e introduce la idea de interés. Curioso que Aristóteles no pudiera ver esto,pues para él, el bien era felicidad. Resulta irrebatible: si marchamos en pos de nuestra felicidad, somos interesados. No importa lo buena que parezca la acción, se estima a través de nuestro juicio parcial. Spinoza arroja la idea del bien, como harían más tarde otros. Se antoja comprensible considerar innecesario el valorar estos entes abstractos con nuestra percepción.


Yo me rehúso a eliminar tales conceptos. Claramente no podemos percibirlos con totalidad, pero no hay pruebas fehacientes de que no existan y no podamos llevarlos a cabo. Esto puede ser considerado en este momento una creencia por mi parte. Yo, que he negado desde que poseo memoria la utilidad de unas creencias, un punto de partida, profeso la fe de la presencia de algo que quizás no podamos captar, pero que existe y sería asimilable con otros métodos de percepción. ¿No existe otra respuesta?


De modo que si persistimos en eliminar lo abstracto, suprimimos también el libre albedrío, pues sólo mediante lo abstracto podemos explicar algo indefinido, como la libertad. Incluso casos como las diferencias entre el individuo y el colectivo se pueden explicar de forma concreta. Pues el individuo es un ser diferente a aquél que predomina en el colectivo, y por tanto, es evidente que actuará de manera distinta. Y no por ello se hallará en menor medida predeterminado respecto a sus acciones. Será esclavo de su noción de libertad. Y para escapar de esta tesis, hará lo que sea. Ya que aceptar nuestras acciones, y todo lo que somos, como resultado de meros impulsos, resultaría devastador.


Aquí tiene cabida, cuestionándonos la completa libertad del humano, mencionar a los existencialistas. La independencia del ser humano, teórica o real, suele atemorizar a personas con un juicio basado en un modelo de estado de los que ha conformado tradicionalmente nuestra historia y emociones operativas. La vesania puede poseernos en cualquier momento, y aquello que se considera irracional sería siempre válido. 


Este pánico hacia la libertad no es compartido por los existencialistas, para los cuales valorar el bien absoluto cuando entra en juego algo como la libertad es sencillamente absurdo. La integridad de las acciones están permitidas si somos libres. No se puede valorar el bien o el mal.Ya que las explicaciones racionales suprimen la proposición de la libertad del hombre. También, si todo tiene una causa, es parte de un plan, un conjunto, un orden, un todo. No hay cabida para la individualidad si todo tiene una justificación basada en la causalidad.


Hay motivos razonables por los cuales la posición existencialista puede considerarse de mayor validez. Para los racionalistas, las causas desembocan en otras y acaban formando la realidad, disponible en su totalidad para nosotros. Es una explicación simple, demasiado simple. Nuestra realidad pasa por unos filtros y apenas disponemos de una nimia porción de ella. Adquirimos una información acerca de nuestro mundo y nuestro interior refleja unas sensaciones que representan las cosas. Y en nuestro contacto con el mundo, no podemos desprendernos de dicha cognición. Captamos la existencia, pero no la naturaleza de aquello que alcanzamos a notar. Pues observamos patrones que no alcanzan a ser absolutos. De ahí que sobre la naturaleza de las cosas sólo podamos conjeturar. De momento.



¿Qué hay de nosotros? ¿Puedo conocer mi naturaleza? Prosiguiendo entre los racionalistas, para Descartes nos imaginamos distintos a lo que somos; podemos ser independientes del cuerpo y de nuestro pasado, así como de las cosas materiales. Ser, en definitiva, la mente, el ente pensante. ¿Pero acaso no se encuentra la mente también sometida a cambio y depende del cuerpo? ¿Qué permanece entonces? Locke retoma la conciencia, la memoria del pasado despreciada por Descartes, y asevera que es lo que nos hace ser las personas que somos. Podría aceptar esto, y aún restaría descubrir la base de tal reminiscencia en nosotros. Pero no es posible. La ciencia contemporánea nos da razones para dudar de Locke retomando las sempiternas presentes capacidades innatas. Estudios actuales arrojan resultados referentes a dispositivos congénitos destinados a la toma del lenguaje en los humanos. El inconsciente colectivo igualmente habría de formar parte del ser, sin que tome lugar la experiencia.


Aquí debo aclarar que elementos como la cultura y la consecuente educación de una persona no pierden su relatividad por el nacimiento con una u otra singularidad. No me parece razonable descartar las experiencias, el pasado y su influencia meramente por las tendencias de las que disponemos desde un comienzo. Sin ellas, queda absolutamente probado que nos convertimos en otra persona que modifica sus acciones a nuevos principios, creencias y convicciones, aún con la intervención del instinto.


Ahora bien, la naturaleza humana ha permanecido casi inalterable, en distintas culturas y sociedades, y no seré el primero en cuestionarme si todos los actos humanos giran en torno al provecho y bienestar propio. O al del clan, en los casos más tristes y trágicos. Aquí es vital el conocimiento. Sin importar el modo de obtención, reaccionaré gracias a él de una manera u otra. Si no, estaré condenado a realizar las mismas acciones predeterminadas que ya han efectuado otros de similar índole. Sin conocimiento, pues, no puede hallarse la libertad en acto puro. Y tampoco hallamos los conceptos abstractos causales y subordinados al orden, como el bien, el mal, o el interés. No se pueden discernir y aplicarlos a la realidad, sin poseer conocimiento. Quien no posea conocimiento actuará, pues, por instinto, y siempre subordinado a sus propios mecanismos. Se esclavizará a sí mismo y construirá los barrotes de su propia prisión.


No es de sorprender por consiguiente que cada cultura haya ejercido una función de corte en el conocimiento que puede obtener cada humano. Quizás la razón por la que el ser humano apenas ha variado es la estructura misma de la sociedad, que siempre se ha asentado sobre la sangre de colectivos desechables y fácilmente manejables. Puede que haya movilidad, pero los humanos tememos el cambio y nos defendemos ante él. Sobre todo si nos hallamos acomodados. Es bien sabido que una población con conocimiento no pediría el poder; sino que lo tomaría. La subordinación, en este caso de otras existencias, se torna necesaria para mantener la jerarquía y priorizar la libertad de unos sobre otros. Aquí se crean ilusiones falsas como los nacionalismos y las religiones, que vienen a imponer un orden no basado en la libertad, sino en el miedo, en el odio grotesco e irrisorio a desconocidos, y en el sustento del colectivo privilegiado, que no deja de ser un engranaje más a esferas superiores.



Este es uno de los temas en los que más me gustaría expandirme. El demonizado conocimiento, si lo perseguimos, nos otorga libertad, y los fundamentos de las cosas abstractas. Notad que separo la libertad de estos elementos abstractos, ya que la libertad no tiene causa ni mayor fin en sí misma que la propia libertad. Si la tomamos como base, es la que da sentido al resto de definiciones abstractas, ya que si no existiera, no tendría sentido plantearse el bien o el mal, y no sería posible curiosamente la existencia de la justicia, que es orden. La forma más perfecta de orden, eso sí; como nos ha mostrado nuestro pasado, este orden puede conducirse horriblemente mal. La libertad no tiene sentido como causa subordinada, pero si la elevamos a máxima causa, puede justificarse no sólo a sí misma, sino al resto de las definiciones abstractas y a su sentido aplicable en nuestra realidad.


Pero no podemos referirnos al conocimiento sin despertar escepticismo, pues hasta que no disponemos de él no estamos seguros de que lo atesoramos, y en ocasiones, ni de su existencia. Cierto es que el lenguaje quizás no pueda exteriorizarlo para otros con total precisión y quizás en este momento ni siquiera se halle en nuestro poder, pero eso no nos exenta de avanzar y reclamarlo eventualmente. La visión negativa de otros pensadores respecto a la imposibilidad de conocer se basa en la superficialidad. Es necesario investigar tanto como se torne necesario, bien hasta que nuestro tiempo vital lo permita o bien hasta que alcancemos la certeza. Ese es el camino de la perfección y de la libertad. Un ser que alcanzara el conocimiento y consecuentemente estos dos valores, superaría la definición de Dios. Porque sería perfecto, libre y real. Adicionalmente, sólo un ser perfecto es capaz de administrar justicia de manera absoluta, en cualquier época, situación y lugar. Respecto a los que se detienen en lo insustancial y no disponen del conocimiento y afirman que no es posible obtenerlo, he de sostener que no avanzaron lo suficiente y claudicaron.



Antes de que se me tache de dictatorial y despreciador del pueblo, y de que mi discurso se emplee con fines jerárquicos y opresivos debo aclarar que todo ser debería buscar el conocimiento y no con la finalidad de superar y dominar al resto, sino con la de colaborar con cualquier otro perseguidor del conocimiento. No tienen porque existir resultados de tiranía en la práctica. El iluminado debe conducir al resto. Y pese a usar esta terminología, debéis quitaros la Revolución Burguesa de la cabeza. Esta guía es desinteresada y no persigue intereses personales.


Había escrito anteriormente que no podemos obtener conocimiento definitivo, y sólo un ser que alcanzara la definición de Dios podría realizar tal gesta. Pero, ¿es posible que un día surja en la humanidad una existencia semejante? ¿Estamos limitados, o existe una evolución de la percepción? ¿Es la captación desarrollable?


Para Hegel, el cambio social es un proceso creciente y lineal que desarrolla la mente hacia la libertad, incrementando en este desarrollo el conocimiento que atesoramos de nosotros mismos. Afirma que la historia es la progresión de estos principios de libertad y conocimiento. Ahora bien, si nada me gustaría más que abrazar este pensamiento, resulta especialmente ilusionado, pues una tragedia bien podría cortar el desarrollo y devaluarnos nuevamente, como acaeció tras la expansión del cristianismo. Incluso pueden coincidir atrasos junto a avances. Basta mencionar como la revolución científica ha sido tristemente acompañada por el capitalismo. O como ocurrencias brillantes como las de Hegel han inspirado algo tan terrible y distinto a la racionalidad como fue el extremo nacionalismo alemán. Diferente es la propia evolución del individuo, diferente a la de la sociedad y el colectivo, y que por lo que sabemos, podría alcanzar la perfección en cualquier momento y situación.


Una vez más, debo insistir en que nada ha probado la limitación de desarrollo en el individuo. Tras todos estos avances, el mismo día de hoy podría ser concebido un ser con unos sentidos de mayor manera desarrollados a los del resto de su especie. Esta evolución, aunque se produzca quizás, citando a Schopenhauer, por la voluntad de sobrevivir y no por la de desear captar la realidad, bien podría regalarnos el total entendimiento. Ahora supongamos que nuestra persona no se halla tan evolucionada. Como bien indicaba el de forma habitual menospreciado Sartre, nuestra persona se encuentra limitada muy especialmente por fobias y en general el miedo. Esto, junto a nuestras posibilidades físicas nos limita. Para conocerlo todo, deberíamos llegar como mínimo hasta donde sabemos que han llegado nuestros predecesores y contemporáneos más brillantes, asumiendo riesgos que pocos quieren sobrellevar. Y por supuesto ni siquiera esto nos asegura la verdad. ¿Por qué debemos buscar el conocimiento entonces?


Porque el conocimiento otorga la justicia. Porque a partir de la justicia podemos saber definitivamente que es el bien, y con estas anteriormente denominadas ilusiones abstractas, nos libramos de luctuosas causas como los estatus sociales e ignoramos la competitividad. No nos urgiría demostrar ninguna de las ilusiones de nuestro yo ni huir de la realidad. Hallaríamos la verdadera felicidad. Parece que al final no podemos librarnos del interés y alcanzar la completa libertad.


A esta teoría del conocimiento Nietzsche soltaría las carcajadas más estridentes, pues para él, tanto el individuo como las civilizaciones pueden soportar hasta una medida el conocimiento, y superado ese umbral este se tornaría dañino y acabarían colapsando. Y bueno, el humor que le produciría sería comprensible, pues Nietzsche al afirmar esto no veía más allá de las civilizaciones y los individuos débiles predominantes en nuestra historia. Recordar que él irónicamente creía en el humano "más allá del hombre", capaz de formar su propia ley única e individual; una justicia más allá del bien y del mal. Sin embargo, aunque abandonó la religión jamás se libró del espectro nacionalista, pues incluso se inclinó al final de sus días por declararse polaco cuando dejó de creer en la Alemania nazi, antes que abandonar algo tan carente de sentido como la nacionalidad.


Tampoco se preocupó demasiado por la cuestión social, desde luego. Se centró mucho más en la autonomía del individuo. La élite ignoraría de forma completa la moral. Aclaro que su obra se interpreta de una manera mucho más agresiva hacia los demás a como en realidad era, y existe un componente, entendiendo nuestra propia debilidad y adoptando la compasión, que desgraciadamente no tomaron los nacionalsocialistas. Incluso resta importancia a la verdad, si ésta ocasiona daño en nuestras vidas. Ante todo, le arrebata valor a lo que no favorezca a la vida.



Le he dado tanta importancia a este tema del conocimiento y a como afecta nuestro desarrollo, porque lo considero un instrumento vital para mutar nuestra realidad. Porque no nos limitamos a conocer y observar, sino que entramos en contacto con otras existencias que también poseen un carácter modificador, de las cuales nosotros tenemos el mayor poder consciente. El conocimiento hace posible la existencia de la libertad para elegir. Nos concede la posibilidad de revolver lo natural y crear nuestra propia naturaleza, permitiéndonos resolver todo conflicto que nos afecte como deseemos.

No alcanza, sin embargo, con disolver los dilemas de carácter personal. Despachado el disgusto particular, las faltas y taras de la naturaleza y en especial, de la naturaleza común humana, la sociedad, siguen sucediéndose indistintamente a nuestra epifanía particular.  Es más, aquél que alcance dicha en un contexto semejante, es a mi más ver un necio, un escapista, o un cobarde que quiere engañarse.



Ahora bien, no todo dilema filosófico es tratable empíricamente, pues el desarrollo de la ciencia experimental no va enlazado al de la ética, y en relación a esto recalco la imposibilidad de obtener una libertad y un orden reconciliados sin una transformación del pensamiento genérico humano, que es defectuoso, inconsciente y apresado. Ni el análisis de la realidad puede realizarse confiando en una sola rama de nuestro saber, ni es aconsejable hacerlo.


Para proseguir en lo que atañe a la epistemología examinaré a Wittgenstein. Es ineludible su teoría en la que identifica los problemas filosóficos irresolutos como confusiones lingüísticas. Para él, debemos adecuar nuestra notación para que no exista duda lingüística. Y lo tenemos todo hecho, porque ya tampoco habrá duda filosófica. ¿La certeza de que nuestro mundo es real? ¿La raison d'être de todas las cosas, individualmente? ¿La justicia ética? No parece tan simple.


Cierto es que comentó sobre la ética (y la estética), apartándola claramente del resto de la filosofía; "el hecho de que no podamos hablar de ellas no les resta importancia". "Todo lo que puede ser expresado en absoluto puede ser expresado claramente, y sobre aquello que no puede ser expresado debemos guardar silencio." Esta proposición declara una neutralidad alarmante, que margina cualquier acercamiento a aquello que plantee siquiera una sola duda para ser definido en cualquier condición y lugar en el campo ético. Se aleja y rechaza con pavor la aplicación práctica. Posición ciertamente huidiza. ¿Cómo podemos enseñar (adiestrar,en lenguaje de Wittgenstein) a un infante un valor ético, si no se puede expresar con el lenguaje? Pues muchos elementos de nuestra realidad quedarían inconclusas al verse imposibilitada su entendimiento mediante el lenguaje. Si bien no escatiman las enseñanzas que obtenemos de dicha manera, la experiencia empírica no lingüística se torna imprescindible para alcanzar una porción del universo, y en especial, para comprendernos a nosotros. Dejar inconcluso, en punto de espera a todo el conocimiento mientras intentamos resolverlo con el lenguaje es inviable para la propia curiosidad humana.



Queda inconclusa la cuestión sobre la naturaleza humana. No tenemos esencia. ¡Y eso es grandioso! Porque podemos tomar decisiones. No necesitamos justificar nuestra existencia. Cualquier decisión, incluso la fútil, confirma la libre voluntad. No importa lo que nos suceda. Nuestras limitaciones, incluso si somos aplastados y derrocados en el camino por el que nos decantemos. ¡Mientras elijamos, nuestra existencia tendrá un significado!

lunes, 17 de diciembre de 2012

Canciones


¿Qué sería de nosotros sin la música? ¿Qué escucharíamos en el coche, en la calle o en los anuncios que no fuera una canción? Las canciones forman parte de nuestra vida. Algunas expresan lo que sentimos cuando estamos deprimidos o enfadados y otras nos sacan de esos estados y nos dan una sensación de felicidad indescriptible. Hay canciones que inspiran un poema, una historia (como es mi caso), una declaración de amor, una revolución…

Imaginad por un segundo vuestra vida sin una sola canción que cantar o bailar estando solo en casa, sin una canción que compartir con alguien, sin una canción que escuchar para recordar algo o a alguien. Imaginadlo, os doy un momento para hacerlo. ¿Ya? ¿Qué tal? Creo que la palabra imposible se quedaría corta.

A lo largo de nuestra vida escuchamos miles, millones quizás, de canciones. Algunas las odiamos, otras nos son indiferentes, sin algunas no podríamos vivir, otras que se olvidan y, cuando se recuerdan, vuelven a tu mente retazos de tu vida que te hacen reír o llorar y que te dan la oportunidad de comparar pasado y presente, canciones que cambian tu vida.

Por todo esto arriba mencionado me he propuesto un pequeño reto. Intentaré contar una pequeña historia colando entre las líneas nombres de canciones que han marcado mi vida (la mayor parte traducciones de títulos en inglés). Mientras que algunas son muy conocidas otras no tanto. A renglón seguido os dejo este pequeño experimento literario. ¿Cuántas sois capaces de reconocer?

Es mi primer día como taxista en un pequeño pueblo cuyo nombre no desvelaré, aunque muchos dicen que en cuanto a belleza está en la cima del mundo. Empieza mi jornada y, de momento, no he tenido ni una sola carrera, yo soy un pasajero, el único que hasta este momento ha tenido mi taxi. Es nuevo y recién salido del taller donde lo han pintado. Tras haber vivido la buena vida durante mucho tiempo decidí, antes del final del verano, que era la situación perfecta para dejar de ser un alborotador y que era momento de mirar alrededor buscando un buen trabajo. Como me dije es el final del verano y aquí estoy, con un trabajo de taxista en una autopista hacia el infierno, porque hace un calor que no me extrañaría ver puentes ardiendo. Aunque el coche tenga aire acondicionado prefiero llevar las ventanas abiertas, con el viento silbando en mi oído y susurrándome “tú vas a llegar lejos, chico”. Sorpresivamente, oigo que algo no va bien en el coche y me echo a la cuneta. Las ruedas traseras se han pinchado, así que pido ayuda por radio y me dicen que la ayuda ya está en la carretera y que vuelva al aparcamiento de la empresa a coger otro taxi. Como la grúa que recogió el coche no me deja allí tengo que caminar y, tras casi una hora de caminar en las sombras debido al sol, llego al aparcamiento. Allí más de una docena de coches me mira con sus faros. Esa compañía tiene la costumbre de pintar el capó de sus taxis con un color verde casi radioactivo, del que hace daño al mirarlo por lo mucho que brilla. Me dan unas ganas terribles de pintarlos todos de negro. Mi jefe  entonces sale de su oficina y reconoce que el coche averiado no debería haber salido hoy a la carretera. Me pide disculpas y me entrega otra llave. Me monto en el coche al que pertenece la llave, la meto en el contacto (la llave), y arranco. Mi jefe se acerca a la ventana y me dice que ponga mi licencia en el salpicadero (normas de la empresa) y que tengo que ir a la calle Panadero. A toda marcha salgo del aparcamiento y emprendo mi largo camino a la perdición (quizás sólo diga esto porque estoy muy enfadado, en el fondo me gusta el trabajo).

Tras un largo viaje llego a la Calle Panadero, paralela a la Calle Agricultor (así son los de mi pueblo poniendo nombres a calles). Desde la otra punta de donde estoy, unos trescientos metros, una chica me hace gestos, debe ser mi cliente, quizás haya reconocido el taxi por su discreta pintura frontal. Al llegar a su altura abro su puerta y saludo con toda la amabilidad que mi enfado me permite. Cuando se acerca veo que tiene una maleta, la coge y abre la puerta trasera para poner allí su maleta. Hecho esto, se sienta en el asiento del copiloto y me sonríe a la vez que me saluda e indica su destino. Eso no hace para nada que mi enfado disminuya ya que apenas he reparado en su presencia, en mi mente sólo veo el coche parar en medio de la carretera, la única mujer en mi cabeza es la señorita tristeza. A pesar de mis malos humos, mi acompañante intenta abrir una conversación.

 - Bueno. ¿y cómo te llamas?- ella pregunta, yo sólo contesto señalando mi licencia en el salpicadero.- Vale, pues, hola Johnny Park. ¿De veras te llamas así?

 - Sí.- Por fin me digno a abrir los labios.- Mis padres son ingleses. ¿y tú? ¿Cómo te llamas?

 - Celeste, mis padres eran hippies.- Este comentario me sacó una sonrisa.- ¡Anda! ¡Pero si sabe sonreír!

 - Digamos que para ser mi primer día he empezado muy mal...

 - ¿Soy tu primera pasajera?

 - Sí, pero antes de este taxi ya he tenido otro, me habían dicho que estaba nuevecito, pero a los pocos kilómetros me ha dejado tirado en la carretera, de ahí mi cabreo.

 - Vaya día, francamente malo ,pero como siempre decían mis padres "no te preocupes, se feliz"

 - Seguro que a tus padres nunca les dejó tirados su furgoneta camino de Woodstock o algo así.

 - No lo sé, pero cosas más han ocurrido a muchas otras personas y no por ello estaban de tan mal humor.

 - Vale, lo siento. Seré más amable. Dime, Celeste, ¿cuál es el motivo de tu viaje?

 - Una ruptura. Era cuestión de tiempo que rompiera con ese estúpido, sólo dos meses de convivencia me han bastado para ver su verdadera cara. No ha sido por una gran cosa, sino por esas pequeñas cosas que, juntas, crean una razón mayor que cien cosas grandes.

 - Parece que ha sido un verdadero desengaño. Lo siento, tienes pinta de  ser una buena chica, de las que buscan el amor verdadero y esas cursiladas.

 - Pues como todo el mundo. ¿es que tú nunca te has enamorado, Johnny?

 - No, nunca...- digo, a pesar de que no me lo creo ni yo.

 - Personas como tú dan mal nombre al amor. Sabes que, yo  creo que ese colgante de un delfín que tienes no es algo que un chico como tú compraría motu proprio. Creo que es un regalo de alguna ex-novia por la que todavía sientes algo y cada vez que lo miras la recuerdas.

 - Sólo has acertado que el colgante es algo que me trae recuerdos, pero no me lo regaló una ex-novia y sí lo compré motu proprio,  cuando era pequeño. Es algo de mi infancia que encierra muchas historias que he vivido desde entonces hasta ahora, son recuerdos de toda mi vida.

 - Cuéntamelas, soy muy curiosa y necesito saberlo.

 - Pues mala suerte, ya hemos llegado a tu destino.

 - Jo... bueno, pues entonces me apearé del vehículo. ¿Cuánto te debo?

 - Dejemoslo en cinco, ya que has tenido que aguantarme el cabreo.

 - Vale, aquí tienes, que tengas un buen día.- Me tiende un billete y un papel. En ese papel hay un número de teléfono apuntado. Acto seguido, sin esperar a que hablara, coge su maleta y se empieza a ir.

 - ¡Espera!- Se gira con una sonrisa, expectante, y continuo hablando.- ¿Este papel es algún tipo de propina o algo así?

 - Si creías que te ibas a librar de contarme esa historia vas listo. Es mi número. Más te vale llamarme y contármelo o sino...- Sin acabar la frase se gira de nuevo y emprende de nuevo su camino.

Reconozco que yo pensaba que cosas así suceden sólo en sueños pero que, por muy surrealista que pareciera. había ocurrido. Aunque cualquiera puede tener un mal día en esos días es en los que más brilla un suceso como este.

Durante el resto del día no puedo parar de pensar en esa chica rubia, blanca como la nieve, simpática como Mickey Mouse tras fumarse un porro y tampoco puedo olvidar su maleta, que tenía unas alas de papel (como si fuera un ángel con ruedas) y el papel que me había dado. Dando vueltas en mi cabeza, la idea de llamar acaba por imponerse, no sólo porque Celeste hubiera llamado mi atención (que era también el caso) sino porque me había comportado como un borde con ella y quería resarcirme. Al acabar mi primera jornada como taxista me dirijo al piso que comparto con mis colegas, abro la puerta, cojo el teléfono y marco.

P.D: Si no os ha gustado la historia, cosa que no me extrañaría, os invito a expresarmelo personalmente, eso sí, a poder ser de forma no violenta.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

El telar de la vida


Pasajero oscuro que rondas en las tinieblas de la noche, que suspiras a mis espaldas y conspiras contra mi conciencia mientras te deleitas con mi locura. Tú que gozas de mis dudas, tú que alimentas mi ira, mi ignorancia y mi sed de venganza. Tú que en mis sueños apareces y me arrastras al rincón más  oscuro del alma. Tú que te haces llamar amigo me has costado mi vida mientras me susurras y me pides que te deje salir una vez más para volver a acabar con todo .¿Cómo te atreves a intentarlo?
 No, esta vez no, ya no volverás a engañarme porque esta vez no seré tu presa, ni tu títere. Esta vez serás tú mi marioneta, y yo el titiritero que controla tus pasos y mueve los hilos de mi propia vida, porque ha si ha de serlo, ha si ha sido escrito no por el destino ni la fortuna, sino porque yo soy el arquitecto de toda esta estructura, dueño de mi propia voluntad y no de los sentimientos de la ira, ni de cualquier dogmatismo, pues todo es un telar y nosotros somos tejedores de el complejo tapiz que es la vida. 

corvus parte 1


Aquella noche lúgubre, mientras me deleitaba con un amargo relato, mis remordimientos y mi conciencia, envenenaban mi mente, suavemente sentí una sombra fría y tenebrosa. Me di la vuelta y no vi a nadie, volví mi vista a la lectura. Con cierto temor bajo la cara y con el orgullo perdido en la lejanía. A los pocos segundos algo golpeó mi ventana, me asomé para comprobar si de verdad alguien me rondaba. Abrí la ventana y asomé mi vista hacia la penumbra de la calle. Las gotas de la lluvia martillaban el suelo como mis recuerdos a mi alma. 

Dulce agonía, recuerdo condenado al dolor y a la muerte de mi alma en penitencia , para siempre fría , eternamente fragmentada de dolor y para el resto de mis días… tres fueron los golpes que oí nuevamente en la ventana, y mientras me intenté esconder tras el sillón asustado y aterrado, algo nuevamente golpeaba mi ventana . No sé quien sería, pues la ventana a ras del suelo oscura escondía tras la cortina, al extraño inclino que pronto aparecería
Nuevamente aterrado volví mi vista a la calle y mientras me daba la vuelta apareció una extraña criatura. Majestuosa y sombría posada en el retrato de mi difunta amada, primero sonreí por temer tal criatura alada  que ahora posa sobre el retrato de mi amada. 
El cuervo posado con sus negras alas y pico afilado se quedó mirándome y con cara burlona graznó -jamás volverá. Para mi asombro esa bella ave de aspecto tenebroso podía hablar, y yo ingenuamente pensé que sería un ave amaestrada, la miré y le respondí. – ¿jamás volverá quién? Y el ave me respondió – la dama que en tus días y noches te acompañó, y que en tus sueños ahora nada perdida y sin vida, ahogándote con pena y culpa de su pérdida y que nunca más volverás a ver porque no volverá nunca jamás. Caído de mi sitio por el asombro de observar tal criatura le respondí temeroso – Cruel criatura o demonio ¿Cómo osas perturbar la calma de mi alma? Yo te imploró que salgas de mi habitación y vuelvas a fundirte con la oscura noche para no volver a verte nunca más. A lo que el ave me respondió. –No volverá jamás.
 Furioso y asustado miré los negros ojos del pájaro, que seguía posado en el dulce retrato de la persona que más he amado. El pájaro inmóvil y estático me miraba con tono burlesco y con cara endemoniada, batió las alas y me dijo – la culpa te seguirá en muerte y vida , en la oscuridad y en la claridad del día , yo castigaré y atormentaré tu alma con el fin de hacerla mía. Y yo le respondí.-Diablo con alas, tú que me atormentas esta noche volarás y al amanecer no serás más que otra pesadilla. Y el diablo alado me dijo – Jamás.
 Yo no sabía si era realidad o fantasía, lo que si sabía era que ninguna pesadilla podría atormentarme tanto como para desear la muerte en vida para no sentir ni dolor ni alegría solo vacía, silencio y calma. El cuervo rió y dijo - Se lo que piensas pues todo lo que imagines o digas ya se me ha pasado por la cabeza , y mi respuesta a tu modesto pensamiento es que todo es realidad y no fantasía, y el dolor te seguirá toda la eternidad tanto en muerte como en vida , no podrás olvidar ni su dolor ni el tuyo pues ahora que lo sabes todo tu alma es mía y la llenaré de dolor simplemente por agrado mío con el que me deleitaré por siempre jamás.