lunes, 24 de diciembre de 2012

Anotaciones (I)

Es muy pronto para mí para aseverar verdades irrefutables en lo referido al conocimiento. Pues me considero inmaduro y falto del saber necesario para instruir sin que surja la duda en mi fuero interno. Por ahora, voy a limitarme a proseguir analizando a las autoridades del conocimiento occidental, aquéllas que debieran orientar y no conducir por el camino equivocado, pues aún con fallas crean adeptos, sirven de inspiración y por tanto sus tesis desembocan en una cadena de acciones que atraviesa épocas y afectan a muchas existencias aún a tiempo presente. Asociaré también otros términos que considero estimables y les dedicaré una insignificante valoración. Esta es únicamente una mera exhortación que ha de servir de material dispuesto para analizarme en una ocasión ulterior. 


El bien. Empezaré tratando de analizarlo como objeto. No es algo físico. Ni siquiera sé si existe. O si puedo percibirlo. Es, al igual que distintas e infinitas cuestiones filosóficas, un objeto de duda que causa disconformidad y llega incluso a molestar a todo aquél que lo plantee. Como tema fundamental, lo trataré en particularidad más adelante.     


Platón asegura, en la búsqueda de una respuesta general y absoluta, que las Ideas representan tal totalidad. Aunque en sus inicios prometía que la respuesta parte de nuestro pensamiento, y no es definitiva, sino un alto en el camino; se contradice de manera esperpéntica. Promete la existencia de una definición para un ideal intangible como es el bien, la justicia, o el amor, mas, para comenzar, no puede hallar su percepción en él, y más adelante se decanta por tratar de obtener la respuesta fuera de él, empleando una herramienta con base en su propio interior, la razón. Esta ya conoce todo y por tanto sólo requiere recordar los valores.


Aristóteles, que, justo al contrario, pretende basar todo nuestro conocimiento en la experiencia, también trata de obtener una definición lingüística al uso. Resulta hasta cierta medida, comprensible. ¿Acaso es posible analizar nuestra realidad con un instrumento distinto al lenguaje? ¿Y podemos hacerlo nosotros? Sin embargo, ¿Cómo podemos sugerir una definición para lo llamado conceptual, si no podemos acceder a ello, y por tanto, comprenderlo?


Hasta Spinoza, ningún pensador osa considerar a los términos como definiciones que no pueden aplicarse a las realidades. Respecto a la ética de las cosas, propone el vacío de positivismo o negatividad, e introduce la idea de interés. Curioso que Aristóteles no pudiera ver esto,pues para él, el bien era felicidad. Resulta irrebatible: si marchamos en pos de nuestra felicidad, somos interesados. No importa lo buena que parezca la acción, se estima a través de nuestro juicio parcial. Spinoza arroja la idea del bien, como harían más tarde otros. Se antoja comprensible considerar innecesario el valorar estos entes abstractos con nuestra percepción.


Yo me rehúso a eliminar tales conceptos. Claramente no podemos percibirlos con totalidad, pero no hay pruebas fehacientes de que no existan y no podamos llevarlos a cabo. Esto puede ser considerado en este momento una creencia por mi parte. Yo, que he negado desde que poseo memoria la utilidad de unas creencias, un punto de partida, profeso la fe de la presencia de algo que quizás no podamos captar, pero que existe y sería asimilable con otros métodos de percepción. ¿No existe otra respuesta?


De modo que si persistimos en eliminar lo abstracto, suprimimos también el libre albedrío, pues sólo mediante lo abstracto podemos explicar algo indefinido, como la libertad. Incluso casos como las diferencias entre el individuo y el colectivo se pueden explicar de forma concreta. Pues el individuo es un ser diferente a aquél que predomina en el colectivo, y por tanto, es evidente que actuará de manera distinta. Y no por ello se hallará en menor medida predeterminado respecto a sus acciones. Será esclavo de su noción de libertad. Y para escapar de esta tesis, hará lo que sea. Ya que aceptar nuestras acciones, y todo lo que somos, como resultado de meros impulsos, resultaría devastador.


Aquí tiene cabida, cuestionándonos la completa libertad del humano, mencionar a los existencialistas. La independencia del ser humano, teórica o real, suele atemorizar a personas con un juicio basado en un modelo de estado de los que ha conformado tradicionalmente nuestra historia y emociones operativas. La vesania puede poseernos en cualquier momento, y aquello que se considera irracional sería siempre válido. 


Este pánico hacia la libertad no es compartido por los existencialistas, para los cuales valorar el bien absoluto cuando entra en juego algo como la libertad es sencillamente absurdo. La integridad de las acciones están permitidas si somos libres. No se puede valorar el bien o el mal.Ya que las explicaciones racionales suprimen la proposición de la libertad del hombre. También, si todo tiene una causa, es parte de un plan, un conjunto, un orden, un todo. No hay cabida para la individualidad si todo tiene una justificación basada en la causalidad.


Hay motivos razonables por los cuales la posición existencialista puede considerarse de mayor validez. Para los racionalistas, las causas desembocan en otras y acaban formando la realidad, disponible en su totalidad para nosotros. Es una explicación simple, demasiado simple. Nuestra realidad pasa por unos filtros y apenas disponemos de una nimia porción de ella. Adquirimos una información acerca de nuestro mundo y nuestro interior refleja unas sensaciones que representan las cosas. Y en nuestro contacto con el mundo, no podemos desprendernos de dicha cognición. Captamos la existencia, pero no la naturaleza de aquello que alcanzamos a notar. Pues observamos patrones que no alcanzan a ser absolutos. De ahí que sobre la naturaleza de las cosas sólo podamos conjeturar. De momento.



¿Qué hay de nosotros? ¿Puedo conocer mi naturaleza? Prosiguiendo entre los racionalistas, para Descartes nos imaginamos distintos a lo que somos; podemos ser independientes del cuerpo y de nuestro pasado, así como de las cosas materiales. Ser, en definitiva, la mente, el ente pensante. ¿Pero acaso no se encuentra la mente también sometida a cambio y depende del cuerpo? ¿Qué permanece entonces? Locke retoma la conciencia, la memoria del pasado despreciada por Descartes, y asevera que es lo que nos hace ser las personas que somos. Podría aceptar esto, y aún restaría descubrir la base de tal reminiscencia en nosotros. Pero no es posible. La ciencia contemporánea nos da razones para dudar de Locke retomando las sempiternas presentes capacidades innatas. Estudios actuales arrojan resultados referentes a dispositivos congénitos destinados a la toma del lenguaje en los humanos. El inconsciente colectivo igualmente habría de formar parte del ser, sin que tome lugar la experiencia.


Aquí debo aclarar que elementos como la cultura y la consecuente educación de una persona no pierden su relatividad por el nacimiento con una u otra singularidad. No me parece razonable descartar las experiencias, el pasado y su influencia meramente por las tendencias de las que disponemos desde un comienzo. Sin ellas, queda absolutamente probado que nos convertimos en otra persona que modifica sus acciones a nuevos principios, creencias y convicciones, aún con la intervención del instinto.


Ahora bien, la naturaleza humana ha permanecido casi inalterable, en distintas culturas y sociedades, y no seré el primero en cuestionarme si todos los actos humanos giran en torno al provecho y bienestar propio. O al del clan, en los casos más tristes y trágicos. Aquí es vital el conocimiento. Sin importar el modo de obtención, reaccionaré gracias a él de una manera u otra. Si no, estaré condenado a realizar las mismas acciones predeterminadas que ya han efectuado otros de similar índole. Sin conocimiento, pues, no puede hallarse la libertad en acto puro. Y tampoco hallamos los conceptos abstractos causales y subordinados al orden, como el bien, el mal, o el interés. No se pueden discernir y aplicarlos a la realidad, sin poseer conocimiento. Quien no posea conocimiento actuará, pues, por instinto, y siempre subordinado a sus propios mecanismos. Se esclavizará a sí mismo y construirá los barrotes de su propia prisión.


No es de sorprender por consiguiente que cada cultura haya ejercido una función de corte en el conocimiento que puede obtener cada humano. Quizás la razón por la que el ser humano apenas ha variado es la estructura misma de la sociedad, que siempre se ha asentado sobre la sangre de colectivos desechables y fácilmente manejables. Puede que haya movilidad, pero los humanos tememos el cambio y nos defendemos ante él. Sobre todo si nos hallamos acomodados. Es bien sabido que una población con conocimiento no pediría el poder; sino que lo tomaría. La subordinación, en este caso de otras existencias, se torna necesaria para mantener la jerarquía y priorizar la libertad de unos sobre otros. Aquí se crean ilusiones falsas como los nacionalismos y las religiones, que vienen a imponer un orden no basado en la libertad, sino en el miedo, en el odio grotesco e irrisorio a desconocidos, y en el sustento del colectivo privilegiado, que no deja de ser un engranaje más a esferas superiores.



Este es uno de los temas en los que más me gustaría expandirme. El demonizado conocimiento, si lo perseguimos, nos otorga libertad, y los fundamentos de las cosas abstractas. Notad que separo la libertad de estos elementos abstractos, ya que la libertad no tiene causa ni mayor fin en sí misma que la propia libertad. Si la tomamos como base, es la que da sentido al resto de definiciones abstractas, ya que si no existiera, no tendría sentido plantearse el bien o el mal, y no sería posible curiosamente la existencia de la justicia, que es orden. La forma más perfecta de orden, eso sí; como nos ha mostrado nuestro pasado, este orden puede conducirse horriblemente mal. La libertad no tiene sentido como causa subordinada, pero si la elevamos a máxima causa, puede justificarse no sólo a sí misma, sino al resto de las definiciones abstractas y a su sentido aplicable en nuestra realidad.


Pero no podemos referirnos al conocimiento sin despertar escepticismo, pues hasta que no disponemos de él no estamos seguros de que lo atesoramos, y en ocasiones, ni de su existencia. Cierto es que el lenguaje quizás no pueda exteriorizarlo para otros con total precisión y quizás en este momento ni siquiera se halle en nuestro poder, pero eso no nos exenta de avanzar y reclamarlo eventualmente. La visión negativa de otros pensadores respecto a la imposibilidad de conocer se basa en la superficialidad. Es necesario investigar tanto como se torne necesario, bien hasta que nuestro tiempo vital lo permita o bien hasta que alcancemos la certeza. Ese es el camino de la perfección y de la libertad. Un ser que alcanzara el conocimiento y consecuentemente estos dos valores, superaría la definición de Dios. Porque sería perfecto, libre y real. Adicionalmente, sólo un ser perfecto es capaz de administrar justicia de manera absoluta, en cualquier época, situación y lugar. Respecto a los que se detienen en lo insustancial y no disponen del conocimiento y afirman que no es posible obtenerlo, he de sostener que no avanzaron lo suficiente y claudicaron.



Antes de que se me tache de dictatorial y despreciador del pueblo, y de que mi discurso se emplee con fines jerárquicos y opresivos debo aclarar que todo ser debería buscar el conocimiento y no con la finalidad de superar y dominar al resto, sino con la de colaborar con cualquier otro perseguidor del conocimiento. No tienen porque existir resultados de tiranía en la práctica. El iluminado debe conducir al resto. Y pese a usar esta terminología, debéis quitaros la Revolución Burguesa de la cabeza. Esta guía es desinteresada y no persigue intereses personales.


Había escrito anteriormente que no podemos obtener conocimiento definitivo, y sólo un ser que alcanzara la definición de Dios podría realizar tal gesta. Pero, ¿es posible que un día surja en la humanidad una existencia semejante? ¿Estamos limitados, o existe una evolución de la percepción? ¿Es la captación desarrollable?


Para Hegel, el cambio social es un proceso creciente y lineal que desarrolla la mente hacia la libertad, incrementando en este desarrollo el conocimiento que atesoramos de nosotros mismos. Afirma que la historia es la progresión de estos principios de libertad y conocimiento. Ahora bien, si nada me gustaría más que abrazar este pensamiento, resulta especialmente ilusionado, pues una tragedia bien podría cortar el desarrollo y devaluarnos nuevamente, como acaeció tras la expansión del cristianismo. Incluso pueden coincidir atrasos junto a avances. Basta mencionar como la revolución científica ha sido tristemente acompañada por el capitalismo. O como ocurrencias brillantes como las de Hegel han inspirado algo tan terrible y distinto a la racionalidad como fue el extremo nacionalismo alemán. Diferente es la propia evolución del individuo, diferente a la de la sociedad y el colectivo, y que por lo que sabemos, podría alcanzar la perfección en cualquier momento y situación.


Una vez más, debo insistir en que nada ha probado la limitación de desarrollo en el individuo. Tras todos estos avances, el mismo día de hoy podría ser concebido un ser con unos sentidos de mayor manera desarrollados a los del resto de su especie. Esta evolución, aunque se produzca quizás, citando a Schopenhauer, por la voluntad de sobrevivir y no por la de desear captar la realidad, bien podría regalarnos el total entendimiento. Ahora supongamos que nuestra persona no se halla tan evolucionada. Como bien indicaba el de forma habitual menospreciado Sartre, nuestra persona se encuentra limitada muy especialmente por fobias y en general el miedo. Esto, junto a nuestras posibilidades físicas nos limita. Para conocerlo todo, deberíamos llegar como mínimo hasta donde sabemos que han llegado nuestros predecesores y contemporáneos más brillantes, asumiendo riesgos que pocos quieren sobrellevar. Y por supuesto ni siquiera esto nos asegura la verdad. ¿Por qué debemos buscar el conocimiento entonces?


Porque el conocimiento otorga la justicia. Porque a partir de la justicia podemos saber definitivamente que es el bien, y con estas anteriormente denominadas ilusiones abstractas, nos libramos de luctuosas causas como los estatus sociales e ignoramos la competitividad. No nos urgiría demostrar ninguna de las ilusiones de nuestro yo ni huir de la realidad. Hallaríamos la verdadera felicidad. Parece que al final no podemos librarnos del interés y alcanzar la completa libertad.


A esta teoría del conocimiento Nietzsche soltaría las carcajadas más estridentes, pues para él, tanto el individuo como las civilizaciones pueden soportar hasta una medida el conocimiento, y superado ese umbral este se tornaría dañino y acabarían colapsando. Y bueno, el humor que le produciría sería comprensible, pues Nietzsche al afirmar esto no veía más allá de las civilizaciones y los individuos débiles predominantes en nuestra historia. Recordar que él irónicamente creía en el humano "más allá del hombre", capaz de formar su propia ley única e individual; una justicia más allá del bien y del mal. Sin embargo, aunque abandonó la religión jamás se libró del espectro nacionalista, pues incluso se inclinó al final de sus días por declararse polaco cuando dejó de creer en la Alemania nazi, antes que abandonar algo tan carente de sentido como la nacionalidad.


Tampoco se preocupó demasiado por la cuestión social, desde luego. Se centró mucho más en la autonomía del individuo. La élite ignoraría de forma completa la moral. Aclaro que su obra se interpreta de una manera mucho más agresiva hacia los demás a como en realidad era, y existe un componente, entendiendo nuestra propia debilidad y adoptando la compasión, que desgraciadamente no tomaron los nacionalsocialistas. Incluso resta importancia a la verdad, si ésta ocasiona daño en nuestras vidas. Ante todo, le arrebata valor a lo que no favorezca a la vida.



Le he dado tanta importancia a este tema del conocimiento y a como afecta nuestro desarrollo, porque lo considero un instrumento vital para mutar nuestra realidad. Porque no nos limitamos a conocer y observar, sino que entramos en contacto con otras existencias que también poseen un carácter modificador, de las cuales nosotros tenemos el mayor poder consciente. El conocimiento hace posible la existencia de la libertad para elegir. Nos concede la posibilidad de revolver lo natural y crear nuestra propia naturaleza, permitiéndonos resolver todo conflicto que nos afecte como deseemos.

No alcanza, sin embargo, con disolver los dilemas de carácter personal. Despachado el disgusto particular, las faltas y taras de la naturaleza y en especial, de la naturaleza común humana, la sociedad, siguen sucediéndose indistintamente a nuestra epifanía particular.  Es más, aquél que alcance dicha en un contexto semejante, es a mi más ver un necio, un escapista, o un cobarde que quiere engañarse.



Ahora bien, no todo dilema filosófico es tratable empíricamente, pues el desarrollo de la ciencia experimental no va enlazado al de la ética, y en relación a esto recalco la imposibilidad de obtener una libertad y un orden reconciliados sin una transformación del pensamiento genérico humano, que es defectuoso, inconsciente y apresado. Ni el análisis de la realidad puede realizarse confiando en una sola rama de nuestro saber, ni es aconsejable hacerlo.


Para proseguir en lo que atañe a la epistemología examinaré a Wittgenstein. Es ineludible su teoría en la que identifica los problemas filosóficos irresolutos como confusiones lingüísticas. Para él, debemos adecuar nuestra notación para que no exista duda lingüística. Y lo tenemos todo hecho, porque ya tampoco habrá duda filosófica. ¿La certeza de que nuestro mundo es real? ¿La raison d'être de todas las cosas, individualmente? ¿La justicia ética? No parece tan simple.


Cierto es que comentó sobre la ética (y la estética), apartándola claramente del resto de la filosofía; "el hecho de que no podamos hablar de ellas no les resta importancia". "Todo lo que puede ser expresado en absoluto puede ser expresado claramente, y sobre aquello que no puede ser expresado debemos guardar silencio." Esta proposición declara una neutralidad alarmante, que margina cualquier acercamiento a aquello que plantee siquiera una sola duda para ser definido en cualquier condición y lugar en el campo ético. Se aleja y rechaza con pavor la aplicación práctica. Posición ciertamente huidiza. ¿Cómo podemos enseñar (adiestrar,en lenguaje de Wittgenstein) a un infante un valor ético, si no se puede expresar con el lenguaje? Pues muchos elementos de nuestra realidad quedarían inconclusas al verse imposibilitada su entendimiento mediante el lenguaje. Si bien no escatiman las enseñanzas que obtenemos de dicha manera, la experiencia empírica no lingüística se torna imprescindible para alcanzar una porción del universo, y en especial, para comprendernos a nosotros. Dejar inconcluso, en punto de espera a todo el conocimiento mientras intentamos resolverlo con el lenguaje es inviable para la propia curiosidad humana.



Queda inconclusa la cuestión sobre la naturaleza humana. No tenemos esencia. ¡Y eso es grandioso! Porque podemos tomar decisiones. No necesitamos justificar nuestra existencia. Cualquier decisión, incluso la fútil, confirma la libre voluntad. No importa lo que nos suceda. Nuestras limitaciones, incluso si somos aplastados y derrocados en el camino por el que nos decantemos. ¡Mientras elijamos, nuestra existencia tendrá un significado!

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