jueves, 14 de febrero de 2013

Reflexiones de febrero



Ya está aquí el 14 de febrero, el día de San Valentín. Ese día que la gente juzga como extremadamente comercial, al igual que se piensa de la Navidad. No les quito la razón. En parte pienso lo mismo, pero no todo en ese día es simplemente consumismo puro y duro, o en el caso de la Navidad varios días. En un mundo cansado, huraño e individualista incluso hasta en las relaciones familiares y amorosas no viene mal un día en el que demostrar que tu pareja o tu familia, si la tienes, realmente te importa. Puede que se aprovechen de esas fechas para vender más, pero la gente no se queda con el hijo que se pide unos días y vuelve a casa desde su trabajo en Sidney o la pareja que por algún motivo no puede pasar mucho tiempo juntos y aprovechan este día como excusa para poder estar juntos y disfrutar el uno del otro.  Puede que al día siguiente no puedan ni pasar cinco minutos juntos, pero nadie podrá quitarles ese día. O el joven que prepara durante meses una velada inolvidable para su pareja. Eso es con lo que me quedo yo de estos días, el consumismo es secundario, no se debería hablar tanto de él, sino que se debería pasar de él, no hacerle caso a tanto anuncio succiona-cerebros. Es un día en el que el protagonista debería ser el amor por otra persona, no por el regalo que recibes, que parece ser lo que sucede. Mejor dejemos este asunto, no tiene tanta importancia como para seguir dándole protagonismo aquí, el protagonista es el amor y punto. Volvamos pues al meollo, el día de los enamorados.

También, aunque no tengas pareja, este día te marca. Te hace plantear muchas cosas, sobre ti, sobre tu entorno. Si ya estás enamorado, te hace reflexionar sobre cómo poder dar el paso, dejar atrás todo miedo y lanzarte a la piscina, haya o no haya agua. Admiro a esa gente, yo soy incapaz. Aunque me digan que es seguro que hay agua, aunque el trampolín sea bajo, no me tiraría, mi miedo es mayor que yo en ese asunto. Sé que lo soy, pero no puedo poner remedio a ello, sólo saltaría si me empujaran,  e incluso mientras caigo y veo el agua, dudaría de caer a salvo. Algunos me llaman precavido,pero esos son los menos, todos los demás me califican con una palabra que empieza por "g-" y acaba por "-ollas", sé que no es un reto mental completar la palabra. Pero mi cobardía extrema no es el objeto de mi escrito, sólo es un condicionante. Con la llegada de este día me he planteado muchas cosas. Puede que en todas ellas me equivoque, pero de momento son lo único que tengo.

En los últimos días he llegado a la conclusión de que estar enamorado puede ser bueno, pero es tóxico. Hace que no duermas, que no te centres, que descuides tus obligaciones y que te pases el día soñando despierto pero, con suerte, el resultado puede ser muy positivo. También puede ser negativo, pero mejor no deprimirnos e imaginar que esa opción no existe, ya que si piensas en esto nunca darás el paso, hablo desde la experiencia. Sueñas despierto, todo el día, mientras lees, mientras intentas estudiar. Sueñas con esa chica, con poder abrazarla, con poder pasear junto a ella, hablar hasta altas horas de la noche, mirar sus dulces ojos y no cansarte nunca de mirarlos, hacer desaparecer todo mientras estás con ella y que todo el mundo se pare para ambos, discutir agradablemente sobre algo, que te diga cualquier cosa y, tras callarla con un beso, lo repita sólo para que la vuelvas a callar de igual forma, sueñas muchas cosas.

 Puede que este asunto en otro momento no tenga tanta repercusión en mí, pero llevaba muchas horas de desvelo pensando sobre esto y creo que escribir esto es la única manera que tengo de sosegarme, al menos un tiempo, hasta que este fantasma vuelva a mí para despertarme y hacerme descuidar todo lo que debo hacer. Es más, este escrito tiene como misión librarme de estos problemas y no sé si alguien llegará a leerlo alguna vez, aún lo estoy decidiendo. Si alguien está leyendo esto, le pido disculpas  por soltarle este rollo sobre mi vida y mis sentimientos. En fin, al menos tras escribir esto podré volver a ser eso que habitúo ser, aunque tanto eso que  se ve como esto que reflejo en mi escrito y que suelo ocultar son sendas caras de una moneda, la moneda de mi vida.


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