- Diego, ¿a dónde vas?
- A la cama, ya es hora.
- Pero, esta es tu habitación, ¿no?
- Sí, lo es. Pero no te voy a hacer dormir en
el cuarto de mi hermano, mi cama es más cómoda.
- ¿Sería muy extraño si durmiéramos juntos?
- ¿Sigues teniendo miedo?
- Un poco, además tengo mucho frío.
- Pero yo me muevo y hablo en sueños.
- Tranquilo, si me molestas te echo de una
patada.
- ¡Anda! Nos ha salido graciosa la niña. Pues
entonces duermes abrazada a la almohada. Adiós.
- Espera. Si te pones así procuraré
comportarme- y sonrió de forma dulce, se veía que realmente necesitaba
compañía.
- Está bien. Pero procura no darme patadas,
¿de acuerdo?
- Es sólo si te mueves, jolín.
- Ya, ya, así tratas tú a quien te da
hospedaje...
Tras
un intercambio de sonrisas, y después de recoger un poco el salón que le hacía
falta, volví a mi habitación y, no sin cierto nerviosismo, me metí en la cama.
Muchos otros hubieran deseado con toda su alma algo así, mas a mí me parecía
muy violento. A ella también, pero el pánico había tomado el control y sólo
buscaba a alguien que le diera seguridad. En ningún momento se me ocurrió
intentar nada, absolutamente nada. Sólo me tumbé, puse mi brazo en la almohada
y Marta me abrazó. Su cabeza descansaba en mi hombro. Su mano derecha reposaba
encima de mi pecho. Era como un espejismo de amor, tan frágil que tenía miedo
de moverme por si se volatilizaba en la noche sin dejar rastro.
No
moví ni un músculo, no hablé en sueños. La razón de esto: no dormí. Durante
horas sólo contemplé su rostro durmiente con la luz de luna que entraba por la
ventana. Ni un solo pensamiento en mi mente. Sólo su rostro, la Luna y el
compás de su respiración sosegada. Para mí fue mejor que cien horas de sueño. Parecía
estar soñando despierto. Aunque fuera un sueño incomodo era un sueño bello.
Pasé mis dedos por su pelo, que aún seguía algo húmedo, y lo retiré de su cara,
pues se le había resbalado por la mejilla y parecía molestarle. Así toda la
noche. Así hasta las ocho y media, cuando decidí bajar a ducharme y desayunar,
mi rutina de los domingos. Una ducha rápida y a la cocina. Como un buen
anfitrión le preparé a Marta el desayuno también. Tostadas de pan de molde,
mantequilla, mermelada y zumo de naranja. Lo puse todo en una bandeja y lo subí
a mi cuarto. Marta seguía en los brazos de Morfeo. Ahora su rostro era
iluminado por los primeros rayos de Sol en aquella mañana tan bella. Aunque
estaba muy nublado y el Sol asomaba tímidamente por un hueco de las nubes. Era
como un foco celestial iluminando su carita de ángel.
Sin
embargo, por muy bonita que fuera la imagen, tenía que despertarla. No sabía
cómo hacerlo sin ser brusco. Normalmente no despierto a gente, y cuando lo hago
es de una colleja o un grito. Sí, así de delicado soy. Obviamente no iba a
hacer eso. Las tostadas se enfriaban. No me decidía. Mi reloj dio con la
solución. El pitido que marcaba las nueve la despertó sin necesidad de mis
“cariñosos métodos”. Con
el pelo algo enmarañado y bostezando abrió los ojos mientras se estiraba. Le di
los buenos días, ella hizo lo propio y le tendí la bandeja. Se sonrojó un poco
y me dio las gracias con una sonrisilla tímida. En el fondo yo estaba igual que
ella o peor, pero procuraba no mostrarlo mucho, como siempre hacía.
Con
la bandeja encima de sus piernas y con ese medroso rayo de Sol iluminándolo
todo, Marta desayunó tranquilamente. Yo la observaba y sonreía cuando me miraba
de reojo y apartaba la mirada sonriendo. Cuando acabó retiré la bandeja y bajé
a la cocina a dejarla. Cogí la ropa ya seca de Marta y me dispuse a subírsela,
pero a mitad de camino la encontré frente a mí, frotándose un ojo, con el pelo
aún alborotado y con unas zapatillas de estar por casa que le había dejado, y
me ofreció otra sonrisa cuando le brindé su ropa. Parecía una niña que se
despertaba el día de reyes buscando sus regalos. Su cara me provocó una
sensación paternalista. Quería abrazarla con fuerza. Me contuve. Suficiente
había tenido con el abrazo de ocho horas que ella llamó dormir.
Ya
se había cambiado de ropa, pero no lo hizo para irse, sino para no dar un mal
estreno a su pijama manchándolo o algo por el estilo. Insistió en volver a
jugar al parchís. Acepté de buena gana. Era un juego que mezclaba azar y
estrategia, lo mejor para empezar el día.
Entre partida y partida aproveché para sutilmente saber cómo estaba tras
dormir y olvidar el asunto. Me alegró saber que ya estaba mucho mejor. Durante
la noche hubo un momento en el que me pareció que estaba asustada, temblaba e
incluso me pareció atisbar un asomo de lágrima correr por su mejilla. En ese
momento de la noche, instintivamente la abracé con más fuerza, apretando su
mano, que descansaba sobre mi pecho. Acto seguido, dejó de temblar y entonces
vi un asomo esta vez de sonrisa.
Partida
tras partida Marta seguía ganando, mientras que yo gané como mucho dos
partidas. Esto no podía importarme menos. El simple hecho de reírnos con cada
chiste o trampa que alguno hacía era para mí como la “Champions” del parchís. Pero
una “Champions” en la que ambos contendientes ganaban y en la
que no había copa o trofeo alguno. Sólo diversión. Sólo risas. Era todo
perfecto. Pero aún podía mejorar.
Llegó
la hora de comer. Obviamente le ofrecí quedarse. No esperaba una respuesta
afirmativa, pero así fue. Eso sí, con la pequeña conversación típica de estos
momentos.
- No, Diego, no quiero molestarte más.
- Ya te he dicho que tú no molestas.
- Gracias, pero quizá no tengas comida para
los dos. Ya has hecho mucho por mí, de verdad.
- Siempre puede ser más e insisto en que te
quedes. La comida no es problema porque hay de sobra.
- ¿Estás seguro? No tienes por qué ser tan
cortés si con ello te vas a quedar sin comer.
- Pero qué dices, mujer. Si no hubiera comida
te lo diría, pero como hay te puedes quedar con total libertad.
- Bueno, pero sólo porque insistes, que
conste.
Puesto
el mantel y colocados los cubiertos en la mesa sólo quedaba poner los platos
con la comida. El menú: flamenquines con patatas fritas. Encendí la cocina y
puse las sartenes (una para los flamenquines y otra para las patatas) al fuego.
Marta me ayudó a freírlo todo y servirlo. Situados como en la cena empezamos a
comer. Apuramos los platos y retiré los platos, insistiendo a Marta que no se
levantara. A la vuelta traje el postre: una enorme fuente con tarta de galletas y dos cucharas (estas
últimas, aclaro, no eran para comérselas). Aunque no comimos mucho de la tarta, Marta me dijo que estaba riquísima. Esto me alagó mucho, pues la había hecho
yo. No se lo dije. No surgió el momento.
A
petición de mi querida invitada puse lo que ella no había visto de la peli, con
la condición de que esta vez no se durmiera. Aceptó con una tímida carcajada.
Esta segunda parte tiene en mi opinión el defecto de que los personajes actúan de un modo demasiado fingido y ficticio,es caso improbable que la situación que se representa en la obra pueda tener el proceso o final que se está llevando a cabo en la obra, podría llevarse a cabo con el paso del tiempo,pero,conociendo el supuesto carácter del personaje principal,esa situación se pondría en duda.
ResponderEliminarNo soy un gran crítico la verdad y puede que me esté equivocando,pero soy un gran lector y me apasiona la lectura y creo que mis consejos podrían ayudar a tu obra.
Mister Critic.